HOY: Graciela Maglia La voz de Homero que aún nos guía
Pocos ºsabrán que cuando en el año 2002 Colombia homenajeó a Gabriel García Márquez con motivo de cumplirse veinte años de su acceso al premio Nobel, una bahiense, egresada de la UNS, tuvo a su cargo la conferencia central del acto. Es como si de haberlo recibido Borges, el homenaje evocativo le hubiera sido encomendado a una colombiana o a una brasileña. Una distinción singular. En el caso de García Márquez, la paralelamente distinguida por esa designación fue Graciela Maglia. Y de inmediato surge una pregunta: ¿quién es Graciela Maglia? Se lo preguntamos a ella, que está de paso por Bahía Blanca, visitando familiares. Precisamente su respuesta comienza por la evocación del seno familiar.
--Me marcó haber nacido en una familia de artistas --nos dice--. Mi madre, María Esther, pianista; mi tío Alberto, pianista; mis dos hermanos, músicos; mi hermana, escultora; mi papá, poeta --dice Graciela.
Su padre, Fernando Maglia, fue quien le marcó el camino. Discípulo y amigo de Angel Battistessa, Maglia fue muy buen poeta, quizás "errante y bohemio", como adjetiva el tango, por su manera de soslayar la vanidad de los halagos superficiales.
"Mi padre fue un faro en mi vida, un maestro espontáneo, severo crítico de mis escritos cuando yo no sabía siquiera qué significaba la palabra literatura.
"Recuerdo mi casa siempre llena de música, discusiones filosóficas, lecturas de poesías. Una casa con mucho desorden pero desbordante de vida".
Otro nombre que Graciela asocia a su despertar literario es el de Mirta Ezcariz, una profesora del Ciclo Básico Normal "que lograba captar la atención de los alumnos".
"Recuerdo que un día nos leyó un poema común, simple, de Conrado Nalé Roxlo: El gallo de la veleta. Y nos mostró cómo esa plasmación poética constituía una forma diferente de mirar y comprender el entorno. A través de la metáfora nos brindaba una clave cifrada que nos ayudaba a descubrir el sentido de la existencia y a movernos en el mundo".
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El paso inicial, transformador, en su escalamiento hacia la plenitud del saber, se lo proporcionó la Universidad Nacional del Sur.
"La Universidad del Sur me dio --como lo comprobé después en el exterior-- una base sólida y ampliamente documentada. Siempre estuve orgullosa de ella".
En aquellas aulas de la demandante juventud emerge, casi mítica, la figura de Antonio Camarero Benito, "el maestro por antonomasia, una persona leal, carismática. Todavía recuerdo sus revelaciones de las raíces griegas y latinas que nos enseñaron a percibir nuestra propia identidad cultural".
Justamente en uno de los libros que entonces pasaron por sus manos, Graciela encontró la guía que iluminó sus búsquedas interiores: La Ilíada.
--El libro de Homero me marcó para toda la vida. Al principio no lo entendía ni lo valoraba. Me llevó casi un mes leer las primeras páginas. Apenas comprendía de qué mundo me estaba hablando. Pero, de pronto, me sentí introducida en un universo vivo, latente, que orientaba en sus proyecciones mi propio mundo y mi espíritu. Se convirtió en el libro rector de mi formación".
Ese mundo fue ensanchado y enriquecido luego por otros profesores que no olvida, como Beatriz Fontanela de Weinberg, Rubén Florio, Héctor Maydagán y Manuel Trías. Pero la voz de Homero la sigue acompañando, ejerciendo su docencia cada día.
Curiosamente, el otro universo de Graciela se sitúa en un mundo más próximo, o para ser más certero, más prójimo geográficamente hablando. Y también reflejado en una insinuante y reveladora literatura. Nuestra América: Colombia. Concluida la universidad y tras el matrimonio que le deparó sus dos hijos, asistió a un congreso de semiótica realizado en Rosario, donde conoció a un grupo de colombianos
--Me enamoré del dialecto y del uso que los colombianos hacen de la lengua y de las fórmulas de cortesía. Escuché recitar un poema de Alvaro Mutis, Sonata, y fue como un flechazo. Me dije, tengo que conocer ese país. Y leí desde sus clásicos hasta García Márquez.
"Un poeta, ensayista y bibliófilo, Juan Gustavo Cobo Borda, agregado cultural de la embajada de Colombia en la Argentina, me orientó en mi postulación a la beca Caro y Cuervo, y la obtuve. Viajé primero sola, en 1989. Apenas había estrenado la casa que acabábamos de construir en Bahía. Después fueron mi esposo Alberto y mis hijos Ludmila y Maximiliano".
El desafío colombiano adquirió connotaciones no previstas.
Llegó a Bogotá en un momento de terrible violencia. El del Septiembre negro. Haciendo detonar poderosos explosivos, habían reducido a escombros, entre otros, el edificio del DAS, Departamento Administrativo de Seguridad.
--Sin embargo mis compañeros colombianos se comportaban como si no hubiera ocurrido nada. Y empecé a trabajar en la Universidad Nacional de Colombia, que tiene un campo fabuloso, una verdadera Arcadia.
"Significó un gran cambio. Yo pensé que llegaba al trópico. Para mí trópico y Caribe eran lo mismo. Y resulta que Colombia es un país con pisos térmicos que se divide entre tierras ardientes y tierras frías, y no tiene estaciones. La capital está a 2.650 metros de altura, por lo tanto es tierra fría, con clima otoñal todo el año. Bogotá es la antípoda de la imagen tropical y mulata de Colombia. Los bogotanos visten al estilo británico, tienen una elegancia señorial hispánica en los modales, y una hidalguía en la frase que yo, que estaba tan orgullosa de mi dialecto rioplatense, sentí que debía aprender a hablar de nuevo.
"Por otra parte, caminando por la calle, me encontré con Latinoamérica --cosa que no me ocurría en Bahía Blanca-- en su raíz triétnica: rostros, dialectos, gastronomía y vestidos diversos en los que se perciben huellas de africanía, de la supervivencia indígena transculturada, de la hibridación étnica y cultural visible en el mestizo, el mulato y el zambo, en una convivencia en contrapunto con el legado europeo, especialmente hispánico. Por ejemplo, los sábados veía bajar a las campesinas con su pipa y sus sombreros negros para vender los frutos de su región: curubas, guayabas, lulos... mientras pasaban modestos burritos cargados de leña junto a poderosos Mercedes Benz".
"Lejos de mi país sentí nostalgia. Pero pude consolarme con la calidez de los colombianos, que son maravillosos, y sobre todo me refugié en los libros. Cuando llegaron mis hijos a la gente le causaba gracia su pronunciación, como cuando decían 'poyo' en lugar de pollo".
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Para completar sus recursos, Graciela hizo otros trabajos relacionados con la literatura.
--Una importante editorial me encargó la dirección de una colección clásica orientada a la divulgación y el comentario de obras griegas y latinas. Ocasionalmente también tuve que escribir biografías de figuras de la escena política nacional.
"Por ejemplo, la del alcalde de la provincia de Arauca, Cisneros, que medía como dos metros. Un personaje singular. Llegué en avión y desde el aeropuerto me llevaron a su finca, totalmente tapizada en piedra caliza. No sabía cómo comenzar mi reportaje para ganarme su confianza. Intuía que no era fácil hacerlo hablar, yo era mujer y extranjera en el seno de una cultura machista y regionalista.
"Lo encontré sentado en un chinchorro, comiendo una enorme costilla de ternera a la llanera.
"Rodeando la hamaca estaban sus consejeros, sentados en unas sillas chiquitas, escuchándolo. Empecé refiriéndome a una canción popular que acababa de oír, y como mencionaba una fruta de los llanos, le pregunté sobre su significado. Eso me facilitó el diálogo. Pero cuando abordamos la cuestión histórica, advirtió: 'No, m'hijita, yo no tengo memoria pa' eso', y me derivó al archivero del pueblo. Cuando nos reencontramos, me dijo:
--Acompáñeme, que a esta hora le damos de comer a las babillas.
"Lo acompañé para ver cómo cumplían aquella tarea. Ni bien arrojaron la carne al pozo de agua empezaron a salir centenares de babillas, es decir cocodrilos, que la devoraron. No me olvidaré jamás de aquel escenario sorprendente: había muchos pavos reales y hasta un tigrillo en una jaula... Después, a Cisneros lo derrocaron y no supe más de él. La biografía no se publicó nunca.
"Pensé que estaba viviendo en un país en el que lo real era maravilloso. Decía la verdad García Márquez al afirmar que él no había inventado nada, sino que toda su ficción no era más que el relato de la realidad. 'Macondo está en la calle', afirmaba.
"En la Guajira, los wayús se integran a la vida cotidiana. Se trata de culturas que aún viven según las leyes tribales y que todavía suelen cambiar mujeres por chivos".
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"Hay una abierta contienda entre capitalinos o cachacos, de tradición hispánica, y caribes o costeños. El cachaco es alto, delgado, elegante, un híbrido entre la cultura nativa de los chibchas y el español. El costeño, que según el prejuicio del resto del país vive tirado en el chinchorro o bailando vallenato, tiene detrás al africano y en la región costera occidental, al indígena.
"Lo que llama la atención en los colombianos es el respeto, el culto a las reglas de cortesía. Las estudian en manuales. Tratan de 'usted' a la madre, al padre, a los hermanos y cuando un joven se levanta de la mesa familiar dice: '¡Qué pena!, les pido un permisito'. En la zona andina, el vocativo preferido para llamar a alguien es 'su merced'. Y hasta son educados cuando insultan. Nuestro terrible 'la...madre que te...' ellos lo reducen a dos palabras: "su madre".
"La costa siempre se vio denostada con relación a los Andes capitalinos. Sin embargo, la gran renovación literaria en Colombia --García Márquez al frente-- la produjeron los escritores costeños. García Márquez describió el otro rostro de la realidad hispanoamericana".
Graciela conocía su obra, la había estudiado en profundad y había publicado diversos artículos, cuando la invitaron a escribir y pronunciar la conferencia en su homenaje al cumplirse los 20 años del Nobel. El acto se realizó en el Observatorio del Caribe Colombiano, en Cartagena de Indias.
--Lamentablemente García Márquez estaba enfermo y no pudo concurrir. Asistió toda su familia. La conferencia se tituló "Rostros y rastros del Nobel, veinte años después". Mencioné el poder de la literatura que universalizó a Macondo, nombre ficticio, con sus típicas características de la sabana caribeña, entre el río y el mar, mientras que del auténtico Aracataca --verdadero nombre del pueblo-- nadie se acuerda.
"Supo ensamblar ese matiz local con lo global, y extrajo una veta del realismo maravilloso que es completamente americana. Y da una respuesta al mundo sobre lo que es América. Universalizó lo típicamente regional, al punto de que lo pudieron entender en Japón, en Arabia o en Europa".
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Graciela admira a aquel país. Insistimos en el tema de la violencia:
"La violencia está en los campos --señala--, no en la ciudad, dice la gente. Luego comprendí que invisibilizar la realidad era el mecanismo defensivo favorito empleado para poder seguir viviendo. No se habla de ella, salvo que se ponga de moda por algún motivo excepcional, como ocurrió con el caso Betancourt. De lo contrario se lleva una vida totalmente normal, común y corriente. Por supuesto, como ocurre en cualquier ciudad populosa, gigante, todos saben que existen algunos lugares de riesgo a los que no conviene concurrir".
Tras su visita a nuestra ciudad, Graciela retorna a Colombia donde se desempeña como Directora de la Maestría en Literatura de la Universidad Javeriana.
Ha recorrido otros países; se doctoró en La Sorbona y mereció diversas distinciones. Un día feliz e inolvidable de sus últimos años lo vincula con el recital de su poesía traducida al inglés, en el auditorio Holyke Community College, en Massachussetts. En esa ocasión se leyó el poema Caribeño, el preferido de su padre. (Ver "Ideas/Imágenes").
En Colombia participará, además de su actividad universitaria, en otro encuentro titulado Geografías y travesías garciamarquianas, que incluye una recorrida por la topografía literaria de García Márquez.