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El rey de la telepolítica que se hizo solo o cómo saltar de la cancha de Argentinos a la alta sociedad

"Hay dos tragedias en la vida: no conseguir nada y conseguirlo todo", supo clarificar Oscar Wilde hace mucho, mucho, tiempo. Como tantos, Bernardo Neustadt fue un inconcluso alumno marista y salesiano; casi de pantalones cortos, el periodismo lo fascinó. Con el mismo cosquilleo en el estómago que un jugador debutante, empezó cubriendo partidos de fútbol. Lo mandaron a la cancha de Argentinos Juniors, que estaba en la B. Al regresar, y tras leer la media cuartilla que el pibe había redactado, el jefe de Deportes del diario "El Mundo" le espetó, sin anestesia, que le faltaba pasta.


 "Hay dos tragedias en la vida: no conseguir nada y conseguirlo todo", supo clarificar Oscar Wilde hace mucho, mucho, tiempo.


 Como tantos, Bernardo Neustadt fue un inconcluso alumno marista y salesiano; casi de pantalones cortos, el periodismo lo fascinó. Con el mismo cosquilleo en el estómago que un jugador debutante, empezó cubriendo partidos de fútbol. Lo mandaron a la cancha de Argentinos Juniors, que estaba en la B. Al regresar, y tras leer la media cuartilla que el pibe había redactado, el jefe de Deportes del diario "El Mundo" le espetó, sin anestesia, que le faltaba pasta.


 Nacido quince años antes en el norte de Rumania --puntualmente, en Iasi, provincia de Moldavia--, Bernardo salía de una niñez entre pupilos y sacerdotes, lejos de sus padres y su hermano, Miguel. Pese a ello, el impacto de la descalificación no lo arredró; por el contrario, emergió fortalecido.


 Poco después, la pasión por la prensa --sólo comparable al frenesí racinguista, que tatuó su piel con franjas celestes y blancas-- le impidió calibrar adecuadamente un ultimátum paterno: don Marcos lo intimaba a abandonar el berretín de escribir, considerado entonces como pura bohemia, para que se concentrara sólo en el estudio. ¿Consecuencia? Debió armar la valija y marchar.


 Enseguida, se deslumbró con la revista del club de sus amores, donde entró como colaborador. A base de entusiasmo y dedicación, fue ascendiendo hasta ocupar la dirección. Ahí se quedó veinte años. En los momentos de esplendor, Racing vendió más de 90.000 ejemplares. "Criticar con dolor y elogiar con pasión". Nadie mejor que él para poner en práctica el axioma del periodismo futbolero partidario.


 Según narra, no le gustaba el juego de un tal Juan José Pizzuti --tiempo más tarde, DT del equipo récord de 1966--. Un día, coincidieron en el vestuario y el "8" lo insultó con ganas. Neustadt se hizo el desentendido. Pasaron varios meses, Pizzuti ya era estrella y volvieron a verse las caras.


 --Y, ¿qué me dice ahora?, lo interpeló el consagrado, con aire de suficiencia.


 La respuesta de Bernardo fue seca y filosa como un puñal.


 --¿Qué le voy a decir? Nada. El que cambió fue usted; no yo.


 Centenares de anécdotas cobija en su memoria; las hay risueñas, pintorescas, esclarecedoras o tiernas. Sólo resta oír y predisponerse a disfrutarlas... aquella sobre cómo José María Guido --jefe del Senado y catapultado a la primera magistratura, tras el derrocamiento de Arturo Frondizi-- lo urgió a que le redactara un discurso clave o las jugosas intimidades de la complicada relación con dos de los tres últimos presidentes radicales. Sólo Fernando de la Rúa no lo tuvo en la mira; quizá, porque a fines del '99 ya no estaba en la TV abierta.


 El primer sinsabor lo paladeó hace medio siglo. Corría 1955, y tras la remoción de Juan Perón --de quien había sido un fugaz funcionario de jerarquía menor--, los radicales lo echaron de "El Mundo". Premonitoriamente, no lo dejaron solo: también despidieron al humorista Landrú. Ambos, de acuerdo a Bernardo, por razones ideológicas.


 --Casi diez años después, ¿qué pasó con Arturo Illia?


 --Hacía un programa, Incomunicados, y no tuve mejor idea que invitar al doctor Frondizi. Me borraron de las pantallas y estuve sin TV durante más de cuatro años.


 --¿Y con Raúl Alfonsín?


 --Un buen día, "el jefe de la democracia total" decidió que no quería verme más con Tiempo Nuevo y me sacó del intervenido Canal 13.


 Pese a la fama de presunta complacencia que algunos le crearon, no fueron los únicos cortocircuitos con el poder político. Alejandro Lanusse y María Estela Martínez de Perón también prohibieron sus opiniones.


 --¿Cuál fue el problema con el último presidente de la Revolución Argentina?


 --Le dije, en presencia de Francisco Manrique, "si usted trabaja para la historia, vuelve al poder. Si trabaja para el poder, se va a quedar sin historia". Al segundo, fui reemplazado por Jerry Lewis.


 --¿Y con "Isabel"?


 --Estuve bastante osado. "Señora, ¿por qué no se libera de nosotros y nosotros nos liberamos de usted?", le sugerí la renuncia. Con un decreto-ley, calificó mi programa de subversivo. Hace poco me la crucé en una librería de Madrid; de entrada, no la reconocí... ella se acercó y me dijo: "Ahora que no estoy, ¿están mejor sin mí?". ¿Qué le podía contestar?


 --¿Le encargaron alguna vez el tipo de gestiones que los libros de historia califican como trabajo sucio?


 --Jamás. Apoyé todo lo nuevo, aun algunas veces en que se abandonó la Constitución. En mi locura de cambiar la Argentina, me parecía que los medios no eran tan importantes como los fines. Terminé frustrado. Mire: también me prohibieron (Juan Carlos) Onganía y (Eduardo) Massera. Durante el segundo mandato de Menem, como no estaba muy de acuerdo con la reelección --pese a tener buena relación personal con él--, el canal donde estaba me propuso condiciones que no juzgué lógicas y opté por no renovar el contrato.


 --¿Le ofrecieron cargos políticos?


 --Nunca. Vea: la izquierda siempre recalcó que el periodista no debe estar en el poder, pero Héctor Timerman apareció en el programa de (Mariano) Grondona y a los seis meses fue designado cónsul en Nueva York.

¿Descanso del guerrero?




 La entrevista estaba pactada para las 18.30; diez minutos antes, un custodio --ubicado detrás de las verjas de hierro forjado-- me franquea el acceso a "Tiempo mío", la hermosa mansión que Neustadt posee en Martínez, la zona más cotizada de San Isidro. Tras atravesar el breve parque y la explanada, una sonriente empleada de uniforme rosa invita a la amplísima sala con desniveles. Desde los ventanales, el apurado crepúsculo de invierno tiñe cielo y Río de la Plata de gris uniforme. Una especie de terraza, el jardín, la piscina, una pequeña barranca y una bicisenda separan a la residencia --de dos pisos y con estudio de radio-- de la ribera. Hasta el agua habrá, a lo sumo, unos 150 metros.


 "Se la compré a un fabricante de figuritas. Saqué un crédito bancario por la mitad del valor y el resto lo pagué en efectivo", comenta sobre la operación inmobiliaria que, unos trece años atrás, le insumió entre U$S 700.000 y 800.000, según crónicas de la época.


 En la profesión, Bernardo se siente un precursor. Razones no le faltan. Cuando arrancó con los programas periodísticos en radio y TV, sólo había locutores. Abrió el camino para muchos. Les dio alas, entre otros, a Carlos Ulanovsky, Rolando Hanglin, "Pepe" Eliaschev, Marcelo Longobardi, Clara Mariño y Daniel Hadad. "Algunos colegas de izquierda me criticaban porque tenía avisadores; hoy todos ellos los tienen", subraya.


 --¿Por qué le pegan tanto?


 --Tengo un defecto fundamental: nunca fui de izquierda. Nunca me incliné a ser su teólogo. Y eso se paga. Por mi entrada con doña Rosa --cuatro millones de personas seguían Tiempo Nuevo--, fui un enemigo temible.


 --¿Por qué Diego Maradona dijo que no quería ser entrevistado por usted?


 --Fue al revés. No quise pagar por una nota. Ocurrió en Canal 9; quería cobrar para aparecer y me negué. Desde ahí, el odio fue definitivo.


 Cree que sus experiencias --donde ocupan sitio destacado las revistas Gaceta del Foro, Todo, Extra y Creer-- lo emparentan, salvando las distancias, con el renovador del tango Astor Piazzolla. "A él muchos músicos no lo querían y no tocaban sus obras. Era exitoso afuera y perdía adentro", argumenta; ya en la faz personal, evoca que para no otorgarle el premio Martín Fierro lo declararon desierto y que le negaron el acceso a la Academia Nacional de Periodismo. "En 1992, cuando vislumbraba el `primer poder' (ver texto principal) pedí la formación de un código de ética. Pero nada", lamenta.


 --Las imitaciones de los humoristas, ¿lo benefician o lo perjudican?


 --Me hicieron conocido. Muchos vivieron de mí. "De esa plata que le sacó el `corralito', ¿cuánta hay mía?", suelo decirle a Nito Artaza (risas).


 Hace veinte años se operó de la vista y jamás volvió a usar anteojos. Al principio, le pasaba algo gracioso: temía no ser reconocido por el público y, entonces, igual se calzaba los lentes, pero sin cristales de aumento. Ahora, a los 80, se siente vital y, sin falsa modestia, señala que está tan activo como a los 40. Se levanta a las 4.15, hace radio en su casa --"al no escucharme nadie, estoy feliz porque no tengo críticos"--, mantiene dos programas de cable, dicta conferencias y colabora con medios gráficos.


 --Con casi sesenta años de periodismo político, y viendo cómo está el país, ¿no tiene la sensación de haber perdido el tiempo?


 --Sí, muy seguido. Me rescata una frase de sor Teresa de Calcuta. "¿Se da cuenta de que apenas es una gota en el mar?", le preguntaron una vez. "Bueno, debe ser así, pero si yo no estuviera faltaría una gota en el mar", respondió. Personalmente, siendo un triunfador, me considero un fracasado.


 --Cuando le toquen timbre para ir al cielo, ¿con quién le gustaría compartir la nube y charlar de todo un poco?


 --Con mi mamá (Etty Regenstraich), que falleció a mis doce años, para preguntarle por qué me puso pupilo, y con mi papá, a quien volví a ver veinte años después de que me echara de casa.