Bahía Blanca | Jueves, 02 de abril

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El "fueye" de "Pichuco", una necesidad para el tango

El nombre de Juan Amendolaro, maestro de música, suele ser rescatado del anonimato cada vez que se lo recuerda como quien le dio diploma de ejecutante a Aníbal "Pichuco" Troilo (11-07-1914/19-05-1975). Sin embargo, dicen los entendidos que la aclamada trayectoria del mítico bandoneonista poco tuvo que ver con la teoría y mucho menos con la complejidad de notas musicales.
Postal. Aníbal Troilo junto a Atahualpa Yupanque, ante el micrófono de LU2 en 1965. (Archivo LNP)


 El nombre de Juan Amendolaro, maestro de música, suele ser rescatado del anonimato cada vez que se lo recuerda como quien le dio diploma de ejecutante a Aníbal "Pichuco" Troilo (11-07-1914/19-05-1975).


 Sin embargo, dicen los entendidos que la aclamada trayectoria del mítico bandoneonista poco tuvo que ver con la teoría y mucho menos con la complejidad de notas musicales.


 Así, por estos días --cuando se están cumpliendo treinta años de la muerte del "gorrión con gomina", según le endilgara la veta poética de Horacio Ferrer-- lo que aparece indemne e impecable en el recuerdo son el talento y el sentimiento con que Troilo se inclinaba sobre el fueye, para forjar una de las más apasionantes historias de las que puedan concebirse entre los hombres del tango.


 "Su cara de luna se quedaba colgada, durante la ejecución, de quién sabe que extraño cielo", escribió alguna vez Ulises Petit de
Murat, quizás después de mucho observarlo sobre las tablas del Marabú, ese templo del 2x4 que lo acogió con su flamante agrupación cuando sólo contaba con 23 años, para cobijarlo hasta el día de su adiós.



 Pero antes de eso, "Pichuco" ya había fortalecido su innata vocación sobre la esencia tanguera que desparramaban Pedro Laurenz, Pedro Maffia y Ciriaco Ortiz, mientras se inscribía en los conjuntos de Juan Maglio (Pacho), Elvino Vardaro y Osvaldo Pugliese. También en el del propio Ciriaco y, nada menos, que en el de Julio Decaro.


 Troilo para escuchar, Troilo para bailar, Troilo escuela de cantores, solía decirse para remarcar el equilibrio que el "Gordo" lograba otorgar a esa triple faceta interpretativa.


 Sobre esa base, elaboró un quehacer tan constante como prolongado. Disfrutó de la gloriosa década del 40, se bancó la crisis de los 60 y desembocó sin mengua en la era piazzoliana, compartiendo de manera pareja su presencia en los escenarios y su labor discográfica.


 Tuvo la virtud de incorporar músicos de primer nivel y arregladores ambiciosos, aspecto en el que le dejó notables rasgos el paso de Astor, al que --sin embargo-- dicen que "Pichuco" no lo dejaba pasarse de vueltas.


 Su incursión como compositor refleja también un notable liderazgo de calidad cuando --entre muchas creaciones-- aparece ese maravilloso Responso, un instrumental de homenaje a la memoria de Homero Manzi, para quien sumó geniales musicalizaciones a Milonga triste, Barrio de tango, Sur y Che bandoneón.


 Enrique Cadícamo lo eligió para las letras de Garúa y Pa' que bailen los muchachos. Homero Expósito para Te llaman malevo. José María Contursi, para Toda mi vida y su gran amigo Cátulo Castillo le pidió música para estrofas que tal vez fueron una semblanza de su propia vida, con La última curda.


 Hacedor de cantores en lugar de estribillistas, pasaron por su agrupación valores de la talla de Francisco Fiorentino, Edmundo Rivero, Alberto Marino, Roberto Goyeneche, Angel Cárdenas, Floreal Ruiz, Nelly Vázquez y Tito Reyes, entre otros; la mayoría triunfadores luego como solistas.


 La sucesión de nombres lo unió con nuestra ciudad, cuando el whitense Roberto Achával se convirtió en el que sería su último vocalista.


 Pero el hijo pródigo fue el "Polaco" a quien cuentan que le dijo: "Usted está llamado a tener popularidad y dinero y no le voy a poder pagar", cuando se desvinculó de su orquesta.


 De cualquier manera, después de eso, sus registros volvieron a agregar los fraseos mezclados con respiración profunda del inolvidable decidor.


 "Te acordás Polaco" y "El Polaco y yo" fueron títulos de placas en las que quedaron convertidos en verdaderas reliquias, temas como En esta tarde gris (Mores y José María Contursi), Fueye (Charlo y Manzi), Barrio de tango, Toda mi vida, Tinta roja (Piana y Castillo), Trenzas (Pontier y Expósito), El bulín de la calle Ayacucho (Servidío y Flores), tan consagrados como sus clásicos Sur o Garúa.


  El respeto que Aníbal Troilo tuvo por la incursión de sus vocalistas lo llevó a enunciar sentenciosamente: "Cuando entra el cantor, los músicos cuerpo a tierra".


 Pero a todo lo suyo no le fue en zaga su calidad humana. Querible y querido, admirado y respetado, no tuvo contras al deparar sentimientos en el generoso devenir de sus noches largas.


 Y, como expresara José Gobello, fue "una necesidad para el tango".


 
Osvaldo De Rosa/"La Nueva Provincia"