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Las sedes llenas también son parte de los Juegos: el impacto de acercar el deporte a los chicos

Miles de estudiantes recorren las sedes de los Juegos Suramericanos, descubren disciplinas desconocidas y le aportan una energía particular a cada jornada.

Fotos: La Nueva.

Hay una escena que se repite en las sedes de los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026 y que, después de verla varias veces, deja de parecer casualidad: chicos y chicas entrando en grupos, docentes intentando mantenerlos juntos, mochilas apoyadas en las tribunas y una mezcla de curiosidad, entusiasmo y sorpresa frente a competencias que, para muchos, son completamente nuevas.

No llegan de a poco ni como visitantes ocasionales. Durante buena parte de la jornada, especialmente durante la mañana y las primeras horas de la tarde, las escuelas forman parte del paisaje de los Juegos.

Las tribunas se llenan de estudiantes. Algunos miran atentamente la competencia que fueron a ver; otros conversan, hacen preguntas, sacan fotos o descubren qué ocurre en otro sector de la sede. Y entre una competencia y otra aparecen propuestas recreativas, espacios para jugar y el Fan Fest, que también se convierte en una parada casi obligada.

La postal tiene algo particular: a pocos metros de un atleta concentrado antes de competir puede haber un grupo de chicos jugando o recorriendo el predio.

Los Juegos conviven así con una escena que no aparece en el marcador ni en las estadísticas deportivas, pero que ayuda a explicar el espíritu que se respira en las calles.

163.648 estudiantes y una ciudad que los recibe

La dimensión de esa presencia se entiende mejor con los números.

Según datos oficiales, 163.648 estudiantes de 3230 escuelas de los 19 departamentos de Santa Fe forman parte del programa de visitas organizado durante los Juegos.

La cifra impresiona sobre el papel. Pero adquiere otra dimensión cuando se observa lo que sucede en una sede: grupos que llegan, ocupan las tribunas, recorren los espacios y convierten por unas horas a los escenarios deportivos en lugares de encuentro.

Para muchos de ellos, además, la visita representa algo más que salir del aula.

Los Juegos reúnen 43 deportes y 60 disciplinas, una variedad que abre la puerta a competencias que habitualmente tienen poca presencia en la vida cotidiana. El fútbol, el vóley o el atletismo resultan familiares para buena parte de los chicos, pero no necesariamente ocurre lo mismo con la esgrima, las bochas, el tiro con arco, el esquí náutico o la pelota vasca.

Verlos en una pantalla es una cosa. Encontrarse con ellos en vivo es otra.

Un arquero tensando la cuerda antes de lanzar, un gimnasta colgándose de las anillas o un esgrimista frente a su rival pueden convertirse, casi sin proponérselo, en el primer contacto de un chico con un deporte que hasta ese momento ni siquiera estaba dentro de su radar.

Esa posibilidad no es menor porque es difícil interesarse por una disciplina que nunca se tuvo la oportunidad de conocer.

Una tribuna que también juega

La presencia de los estudiantes no pasa inadvertida para quienes están del otro lado. Las competencias adquieren otro sonido cuando las tribunas están ocupadas por grupos escolares. Hay aplausos, gritos, comentarios y reacciones espontáneas. También preguntas que surgen en medio de una competencia y que obligan a mirar con más atención aquello que está ocurriendo.

Para los atletas, ese público tiene un efecto concreto porque modifica el clima. Pasó ayer con la competencia de patín en el que cientos de niños no pararon de alentar a Juanse Rodríguez y a Donato Mastroianni.

No es lo mismo competir frente a una tribuna vacía que hacerlo mientras decenas de chicos siguen cada movimiento, celebran un punto o reaccionan ante una jugada.

La postal de Rosario también permite mirar hacia otros Juegos recientes.

Durante los Juegos Panamericanos Junior de Asunción 2025, Paraguay, la presencia de estudiantes en las sedes fue una constante. Los grupos escolares aparecían con frecuencia y aportaban movimiento a los escenarios, aunque la sensación general era que su presencia resultaba menor que la que se observa ahora en Rosario.

Este año, en cambio, durante los Juegos Suramericanos de la Juventud en Panamá, ocurrió prácticamente lo contrario. La ausencia de estudiantes fue particularmente evidente durante los días de semana. Mientras los chicos permanecían en las aulas y los adultos continuaban con sus jornadas laborales, las sedes reunían principalmente a periodistas, autoridades, voluntarios, organizadores y los propios protagonistas de las competencias. Había movimiento, pero faltaba algo.

Las calles y los escenarios podían estar ocupados, aunque por momentos transmitían una sensación extraña de quietud, casi de desolación. Faltaba ese ruido difícil de contabilizar: las voces, las risas, las corridas, las preguntas, el entusiasmo espontáneo.

Ese contraste permite entender mejor lo que ocurre en Rosario, como pasó allá por 2022.

Acá los Juegos no parecen estar encerrados dentro de las sedes. Salen de ellas, se mezclan con la rutina y generan una escena en la que el deporte convive con el paseo y el descubrimiento.

Un evento deportivo puede terminar cuando se entrega la última medalla. Pero si alguno de esos chicos se va pensando en probar un deporte nuevo, volver a una sede o seguir una competencia que hasta ese día desconocía, entonces algo de los Juegos habrá quedado después del aplauso final.

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