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Surgió en River, fue el “Maradona de Cabildo” y hoy es feliz en el pueblo que creyó que era Bahía Blanca

Una historia que pocos conocen y que su hija Gianella tiene decidido publicar en un libro. Omar Ferrari, el “Chiquito” que hoy vive a lo “grande” después de superar una depresión y de descubrir su “lugar en el mundo”, lejos de Buenos Aires y su Quilmes natal. ¿Lo dejamos ahí?

Fotos: Archivo La Nueva, Matías Salvador (prensa Pacífico de Cabildo) y facebook Omar Ferrari

Instagram: @sergiopeysse

Twitter: @elpeche1973

Llegó a Cabildo creyendo que era Bahía Blanca y es hincha de Boca pese a haberse formado futbolísticamente en River, club en el que dejó amigos y que todos los años lo reconoce por haber sido parte activa de las distintas categorías formativas del Millonario entre 1973 y 1981, donde compartió planteles con Sergio Goicochea, Jorge Gordillo, Carlos Karabin, Alejandro Montenegro y Claudio “Chacho” Cabrera, entre otros.

“Nací en Quilmes y me sumé a las filas riverplatenses a los 10 años, escalando desde octava a Reserva, hasta que me dejaron libre y el sueño de convertirme en futbolista profesional me partió el alma al medio. La desilusión me hizo caer en depresión y me salvé por la insistencia de mis padres (Mary y Eduardo), que mantenían un marcado respeto por el amor familiar y valores de fierro que me hacían creer y confiar más en ellos que en mi propia forma de ser y proceder. Y eso que no habían terminado el colegio primario…”

Elegí empezar la historia de Omar Norberto Ferrari por su frustración deportiva más impactante, aunque es un ganador de la vida y un poeta de lápiz y papel que le supo escribir a la pelota el sentimiento más puro de un “noviazgo” interminable.

No quiero ser profundo en su bibliografía ni alterar su paz interior, de eso se está encargando su hija más chica, Gianella, que aclara que el bestseller de su padre está en su etapa más emocionante, la del ex jugador y el actual “viejo” compinche y piola.

“Mi papá trabajaba en una empresa textil de sol a sol, y como compañero tenía a un compadre cuyo hijo estaba jugando en River y era tan fanático del fútbol como yo. Como yo estaba en la calle todo el día, me prendía a los picados del barrio y de la escuela, dele que dele con la pelotita. Un día ese señor le manifestó a mi papá que me quería ir a ver, y a partir de ahí mi cabeza y mis modales cambiaron para siempre”, inició el “Chino”, como lo conocen en el mundo de la banda roja.

“Mi mamá se quejaba de que me iban a buscar a cualquier hora para jugar a la pelota. Los fines de semana eran libres, pero de lunes a viernes no me dejaban salir, tenia que estudiar y cumplir con las tereas de mi casa. Muchas veces me escapé, hasta que un día el hombre que tanto escuchaba mis historias y travesuras con los pibes en el potrero, le confesó a mi papá que yo tenía que ir a un club, que mi futuro podía estar en el fútbol”, admitió mientras aumentaba su caudal de voz.

“Mi papá tenía que confiar, porque de fútbol no sabía ni entendía nada. Era hincha de Independiente y la única vez que fue a la cancha se enamoró del despliegue y la voz de mando del `Pato´ Pastoriza, por eso cuando yo nací me puso Omar”, declaró el segundo de tres hermanos (el más grande es Eduardo y la más chica Patricia).

“Justamente Eduardo era bueno en serio con la N° 5 en los pies. Se fue a probar a Racing y quedó, pero cuando fue a fichar se sinceró así mismo: ´Esto no es para mí´. Volvió a los campeonatos barriales y nadie dijo nada, porque en mi casa no se hablaba de fútbol”, señaló quien ascendió con Pacífico de Cabildo en el Promocional de 1984, aunque de eso vamos a hablar más adelante.

--¿Qué pasó con tu llegada a River?

--Nunca había jugado en cancha de 11 y el día de la prueba tenía un miedo atroz. El compadre de mi papá me había dicho que diga que era wing por la derecha, una posición que yo conocía más allá de que en el potrero eras delantero a secas, no existía otra denominación. Así que me probaron de 7 y superé el examen. Me llamaron para ficharme pero nunca me dijeron qué habían visto de mi ni que tenía que mejorar.

“Arranqué con el entusiasmo de un chico que se quiere llevar el mundo por delante. En todas las divisiones fui titular y en algunas de ellas lucí la cinta de capitán. Casi siempre era el segundo o tercer goleador del equipo, detrás del 9 y el 10. Como me encargaba de las pelotas paradas y de los penales, llegaba seguido a la red contraria”, esgrimió el abuelo de Giovanni.

“Después de los entrenamientos me quedaba a patear tiros libres y a tirar centros con el maestro Martín Pando. Era derecho, pero le daba fuerte y preciso con la izquierda; tanto insistí que cuando me fui de River, a los 19 años, le pegaba con las dos piernas”, comentó el “Chiquito” que en el tifón cabildense disputó 98 encuentros y convirtió 11 goles.

“Cuando pasé a la quinta de River, desde Trenque Lauquen llegó Jorge Alberto Tévez, un puntero derecho que volaba y que era más que todos en esa posición. Como yo era el 7, era seguro que iba a perder el puesto, pero ahí me acordé lo que me repetía Pando sobre la importancia de aprender a pegarle con las dos piernas. Eso me salvó, me pasaron de 11 y me pedían lo que mejor sabía hacer: desbordar y tirar centros”.

Cuando empezó a incursionar en Reserva, sus decisiones fueron de la mano con un compromiso que quería asumir: “Apuesto al fútbol y sé que voy a llegar, en River o en cualquier otro club”, le reclamó hasta el hartazgo a su “yo” interior.

--Sin embargo, el golpe fue durísimo.

--Ufff… Caí en depresión, un mes exacto sin levantarme de la cama. Iba al baño a llorar y mi mamá me sacaba con abrazos y consuelos, pero no quería escuchar a nadie, ni siquiera a una tía que venía todas las tardes y se cansaba de tirar: “Este chico tiene que dejar de dormir todo el día, necesita ir a trabajar, ahí se le va a pasar todo”. En ese momento no sabía lo que era la responsabilidad ni tenía idea sobre la cultura laboral.

“Mi mamá se daba cuenta de mi angustia, de que me habían arrancado lo que más amaba en la vida. Hasta que un día vino a visitarme un amigo y me pidió que lo acompañe al último entrenamiento de Racing, a una prueba en el Cilindro y frente al equipo titular de la Academia”.

--¿Te llevaste el bolso por las dudas?

--Más vale, y cuando entré al vestuario a cambiarme mi amigo no entendía nada. Al pisar el césped, varios de los jugadores de Racing me miraron como dudando si era o no el que conocían de las inferiores de River. En eso vino el DT, un tal Santiago (José), y dio la lista. Cuando preguntó si faltaba alguno, yo levanté la mano. Cuando giró la cabeza, se sorprendió: “Chino, ¿qué hace acá?” Le contesté que había quedado libre de River y me apuró: “Mire, me gustaría que se quede, pero lo mejor del equipo --cuarta división-- son los dos wines”, que dicho sea de paso yo los conocía y eran superdotados.

--¿Y qué hiciste?

--Le pedí que me pruebe de 8, una posición que me encantaba. Santiago aceptó y jugué todo el 1983 en cuarta y Reserva. En esa temporada Racing se va al descenso, se originó un enorme caos institucional y a los jugadores que habíamos quedado de la última prueba no nos hicieron contrato pese a que ya estábamos en edad. Me dirigí a la sede, no me dieron explicaciones y me ofrecieron el pase libre.

--¿Pensaste en que el fútbol ya era historia?

--Casi en un 50 por ciento. En enero de 1984 me fui a probar a Quilmes, estuve entrenando 20 días, me dieron muchas vueltas y al momento de firmar contrato me informaron que el club no estaba dispuesto a gastar en jugadores que no eran surgidos o estaban vinculados a a la entidad.

“De ahí sin escalas a El Porvenir con dos chicos que eran de mi categoría. Nos prometieron el oro y el moro, me acuerdo que enseguida nos avisaron que debíamos firmar un vínculo contractual por un monto que no íbamos a recibir nunca. Ese contrato era ficticio, no se presentaba oficialmente en AFA, según ellos era para cumplir con la ley administrativa. Es más, un alto dirigente nos dijo que debíamos ser vivos: jugar gratis y usar a El Porvenir como vidriera. Yo había cumplido los 21 y no quería seguir siendo un mantenido de mis padres”, admitió.

“No había trabajado nunca, pero las necesidades me estaban pidiendo que debía ayudar a los míos, una familia de clase media solventada por mi padre, que dicho sea de paso, de renegado, no quería que yo me convierta en empleado y esté bajo patrón, Por un amigo comencé a hacer horas extras y a cubrir francos en una curtiembre de Villa Domínico. Cobraba bien y me empezó a gustar el hecho de tener mi plata, así que en ese momento guardé los botines y no miré más fútbol. El cambio era para siempre”.

--¿Para siempre? No te creo

--Había terminado la secundaria y el destino era claro: estudiar o trabajar. Me sumé al equipo de fútbol de la curtiembre y, como estaba entrenado y a otro nivel, volaba, ganaba en velocidad y marcaba diferencias en los torneos que participábamos. Al poco tiempo me vino a ver un delegado gremial del Sindicato del cuero, que conocía a un muchacho que llevaba jugadores a Bahía Blanca, a la Liga del Sur, y ahí nace la parte más emotiva de la historia.

“¿Porteño yo?”, nooo...

“Cuando llegué a la casa de la persona que me habían dicho, me encontré con un hombre de pelo largo, chueco y con un pantalón verde que, después, me enteré que era de Pacífico de Cabildo. Vivía en la zona sur de Buenos Aires, se llamaba Julio García y todos los veranos o antes de los inicios de los campeonatos, le solía recomendar futbolistas a los equipos de la Liga del Sur que hacían contacto con él”, expresó quien arribó a Cabildo en febrero de 1984 sin saber a donde realmente llegaba.

“En 1978, Julio fue por primera vez a Bahía para jugar en Pacífico de Cabildo, aunque regresó en 1979 para reforzar a Pacífico, el verde bahiense que ese año llegó a las finales con Olimpo. Cuando se retiró siguió su vínculo con la Liga del Sur acercando pibes jóvenes que jugaban en los barrios, en los papis o de forma amateur en Buenos Aires”, esbozó con entusiasmo antes de encaminarse al presente.

“Confío en mi sin haberme visto jugar, así que agarré viaje, me subí al tren y de Constitución a Cabildo. Cuando llegué me encontré con un gran equipo, con buenos jugadores y dos wines (el ´Puma´ Cáceres y Monzón) que venían de Buenos Aires y tenían una enorme jerarquía”, aseveró quien se recibió de Director Técnico Nacional en 2014 y en 2015 estuvo al mando de la Primera del verde cabildense (7 partidos), su única experiencia en mayores.

“Como nadie me había dicho nada, estuve una semana creyendo que Cabildo era Bahía. Pensé ´Más que ciudad parece un pueblo’, y mi mayor preocupación era que había una sola cancha, la del tifón. ¿Y las otras?, me pregunté varias veces, porque miraba en el diario La Nueva Provincia que existían dos categorías (A y B) en la Liga del Sur. Nunca había sentido escuchar hablar de Bahía, pero ahí lo nombraban muy seguido y me empecé a dar cuenta que la ciudad de la que hablaban no era esa pero estaba cerca”.

--¿Cuál fue el arreglo entre vos y el club?

--Entrené un mes y, cuando me vieron jugar, enseguida los dirigentes me llamaron para reunirnos. Además del sueldo, arreglé casa y comida. Aunque yo escuchaba “Este Chiquito que vino pinta bien ehhh”, y me agrandé un poquito. Eso hizo que me le vaya al humo a los directivos o allegados que iban a ver la prácticas: “Si no me dan trabajo, me vuelvo a Buenos Aires”. Simple y claro.

“Entrenábamos a las 9 de la noche y era insufrible estar todo el día en el pueblo sin hacer nada. Me iba a sentar al banco de la plaza, pero la gente pasaba y no me saludaba. Después entendí que los porteños tenían fama de agrandados y mujeriegos, pero al no poder charlar con nadie se me hacía pesado permanecer ahí”.

Aunque encontró una alternativa: “Había dejado una novia y muchos amigotes en Quilmes, y en Cabildo me sentía un cero a la izquierda, sin teléfono y sin un conocido a quien poder ir a visitar. Las chicas me huían y todas las noches, cuando pasaba el tren que iba de Bahía a Constitución, aparecían el diablito y el santito sobre mis hombros:´¿Me subo o no me subo?´ Finalmente resistí”.

“Yo venía solo por cuatro meses, a hacer una diferencia económica, pero después pasó mucha agua por abajo del puente y acá estamos…(risas)", aseveró el “porteño” que se casó con Cecilia Gabbarini y de esa unión matrimonial nacieron Gina (30 años, ex jugadora de Libertad), Gianni (27) y Gianella (20).

“Cuando me vine, toda mi familia me fue a despedir, se emocionaron como si yo me iba a Europa. Pese a que la idea me daba vueltas en la cabeza, no me podía volver a la semana. Al menos un mes tenía que estar, por orgullo y porque en el club me habían recibido con todos los honores y un buen arreglo salarial”, se sinceró este marmolero (trabajó en Papasidero, el de Brandsen 777) y vendedor de libros en Agencia Sur.

“Cuando llegué el DT era Carlos Tejeda, y como eramos pocos en el plantel pasábamos el rato jugando al papi fútbol. Ese año logramos ascender y en el pueblo me tildaban como `el Maradona de Cabildo´, solo por ser distinto al resto y encarar con la 10 en la espalda, porque con el Diego no me podían comparar ni con el peinado. Una locura que me daba risa, aunque el tiempo iba a poner todo en su lugar y yo iba a demostrar que era tan normal como los otros…(risas)”, confesó quien, con el verde cabildense, fue subcampeón de la B en 1993.

“El primer amistoso que hicimos fue un rejuntado: los 5 de Buenos Aires que vivían en una misma casa, los dos o tres talentosos del pueblo que entrenaban cuando querían y los de Bahía, que viajaban todos los días. Cuando Tejeda me preguntó ´Chiquito, usted de qué juega?´, le respondí ´¿Y usted qué necesita?´ Ya estaba el plantel armado y a Carlos le faltaba un 10, por eso insinuó: ´Preciso uno que me maneje la pelota en el medio´. Y, ni lerdo ni perezoso, salté ´Cuente con eso´. Y arranqué como volante por la izquierda”.

--Nunca habías jugado en esa posición.

--No, por eso en la última reunión con mis ex compañeros de River salió ese tema, lo cara dura que fui para decir que podía jugar de volante cuando era wing. Obviamente se volvieron a c… de risa. Después de ascender con Pacífico, me llamaron algunos clubes de la Liga, y ahí surge el primer conflicto con el verde de Cabildo, porque tener que quedarme no fue una decisión personal sino una obligación.

--¿Por?

--Antes, en el primer semestre del año se jugaba la A y en julio arrancaba el Promocional. En ese 1984 ascendimos y jugamos en la categoría superior en la parte final de la temporada. En ese interín de un torneo y otro, había arreglado de palabra ir a Olimpo por intermedio de su técnico, Eduardo Grispo. Me entusiasmé mucho porque me dijo que iba a pelear el puesto con Favret y Palacio, pero no se dio porque después Grispo se fue a Independiente Riovadavia de Mendoza y ese acuerdo, del que seguramente no sabían los dirigentes, quedó en el aire y en la nada.

“Iba a jugar un Regional, a compartir equipo con Roberto Depietri, del que todos hablaban en ese momento, pero el salto de calidad no se dio y me quedé en Cabildo silbando bajito y sin hacer bandera”.

--Al otro año tuviste revancha en Liniers, ¿o no?

--Sí, me pide el club por referencia de Orlando Videla, que había sido compañero mío en Cabildo. Me senté a arreglar mi pase con Raúl Dignani en su inmobiliaria, era mí momento y estaba feliz, pero me llevé una gran desilusión con los dirigentes del Tifón. El presidente era Carlos Angelini (como se llama hoy el estadio verdolaga), quien me negó el traspaso. Todavía hoy él me sigue diciendo que al no firmarme la libertad de acción me salvó, porque después me terminé casando y formando una familia en Cabildo, donde hoy sigo viviendo.

“Todavía me sigo preguntando que hubiese pasado si iba a Liniers, con 21 años y un futuro tal vez garantizado en el fútbol. En Cabildo yo estaba trabajando en las oficinas de Garmendia (empresa que vendía maquinarias agrícolas y cerró en 1993). Cuando estaba por arrancar el oficial de 1985, me llamó Sergio Botta, dirigente de Tiro, y fui a cambio de un juego de camisetas y 15 pelotas (lo que arreglaron entre los clubes). Jugué todo el año (12 cotejos, sin tantos) y me di el gran gusto de compartir plantel con mi ídolo, el Gringo Nani, quien había pasado por Lanús y Boca y estaba de regreso por sus pagos”.

“Un vecino mío de Quilmes me llevaba siempre a la cancha de Boca y, por intermedio de un padrastro de él, que regenteaba el acceso a plateas, entrábamos a ese sector sin pagar. Y en el xeneize vi a Juan Carlos Nani, un delantero potente y goleador que mereció ser convocado a la Selección Argentina”.

“Al otro año volví a Cabildo, que me quería dar a préstamo otra vez. Vinieron a buscarme algunos clubes de la zona, pero Pacífico pedía mucho dinero y me tuve que quedar. Me casé en 1988 después de tres años y medio de noviazgo y, como había renunciado a Garmendia después de mi paso a Tiro, entré a Arcor. Estuve 10 años y pasé a Cánepa (desaparecida empresa de golosinas y artículos de kiosco), para después vender acumuladores, siempre como viajante, hoy llamado asesor comercial”.

“En 1992, ya casi retirado de la Liga, jugué un año en Unión de Tornquist sin tener que mediar o renegar con el pase. Me dieron libre y salimos campeones de la Liga de las Sierras. En 1993 retorné a Cabildo, era el primer cambio de Tejeda en el plantel y llegamos a las finales con Comercial en cancha de Olimpo. Las grandes campañas del tifón fueron con Carlitos al mando”.

“En 1993 me retiré del fútbol oficial y seguí en la Liga Comercial hasta los 50 años. Después de un impasse, me sumé al equipo Agroveterfarm de la Liga de Profesionales, pero a los 61 años me lesioné feo la rodilla y dije ‘ Nunca más´. Pasaron unos días y en un viaje de trabajo (ya siendo parte de la empresa Los Pinos), al parar en una confitería de Punta Alta, escribí la carta a la pelota, a modo de despedida".

--La que titulaste “Mi novia la pelota”.

--Exacto. Siempre escribí, pero esa poesía surgió en un momento triste, de melancolía. Yo había dejado el fútbol, pero un amigo, Alejandro Papasidero, que me tiró una mano cuando más la necesitaba, porque me dio trabajo y me mostró que es un ser humano de bien, me convenció para que vuelva a jugar en súper veteranos de la Lida. Me fue claro: “Decíme que no en la cancha, pero quiero que te sumes”. Cuando fui, un equipo de + 55, cancha de 9 y un grupo espectacular. “Acá tengo que andar bien”, me dije, y junto a gente maravillosa, me quedé 4 años”.

--Después sí, ¿listo?

--Fue hasta que me rompí el menisco y el doctor Ignacio Barga me dio el ultimátum: “El fútbol fue, ahora mucha natación y bicicleta”. Claro, tenía las rodillas a la miseria, con una osteocondritis galopante y avanzada..

--¿Para bailar folklore no te molesta?

--Ja, ja, ese es otro de los sueños de pibe; vengo de una familia de folkloristas. ¿La pelota?, nunca más, me duele todo cada vez que corro. Solo puedo caminar, trabajar y saltar si quiero, para eso no hay molestias ni quejas.

“Pero el hecho de extrañar a la pelota me llevó a probar una vez más, con un amigo (Angel Gobbi) en un equipo de Seniors en la Liga Tercer Tiempo. El primer partido jugué 15 minutos, después fui titular casi todo un tiempo y, con el ego altísimo, toqué dos o tres balones y sentí que todavía podía. Hasta que la rodilla me jugó una mala pasada, se me trabó y me sacaron entre dos compañeros a un costado de la cancha (UTN)”.

“Mi hijo me dijo ´basta´, me aconsejó de ir a un psicólogo para que me saque el fútbol de la cabeza porque ni él ni nadie podía entender que a los 61 años quiera hacer lo de un pibe de 20 dentro de una cancha. Tengo las rótulas muy gastadas y no aguanto el dolor, por eso ya me curé de espanto: desde mayo que no toco una pelota”.

Se quedó en Cabildo por trabajo, despachó combustible en la estación de servicio del pueblo y en un momento fue comisionista entre la localidad de la ruta 51 y Bahía Blanca.

“Hice de todo”, aclara, aunque le faltó dar una mano en la peluquería de su señora.

“Siendo comisionista fundí una camioneta, ahí fue cuando Ale (Papasidero, con él en la foto) me ayudó, aunque a los 15 meses de haber aprendido el oficio de marmolero, entré a Los Pinos. Me dieron 10 clientes y ahora tengo 180”, afirmó.

Su hijo Gianni es el actual goleador de Pacífico de Cabildo en el Promocional liguista.

--¿En qué se parece a vos?

--En nada, ni dentro ni fuera de la cancha. Cuando mi papá lo vio jugar, me dijo: “Mi nieto va a llegar, no como vos, porque este pibe tiene hambre, corre mucho y se esmera por sus metas”. Yo nunca me caractericé por correr mucho, tenía otro estilo, Gianni es más de ir a los bifes, de luchar, de poner sangre y sudor en todo.

“Lamentablemente se terminó quedando en Cabildo; estaba para más. Nos diferencia que él no siente el amor que yo sentía por el fútbol, más allá de sus condiciones y su personalidad. Es algo que discutimos siempre. Lo que hice a los 21 años, irme de mi casa a vivir solo, el no lo hizo, pese a que yo había hablado con el `Tapón´ Gordillo para que se vaya a probar a River”.

--¿Y no fue?

--No, tenía 15 años, la edad justa para dar el salto. Todavía hoy estoy esperando que me diga porque decidió no ir. No mostró ganas y, en una charla subida de tono con mi señora, me puso en contexto: “No te das cuenta de que juega al fútbol por vos, que Gianni no juega porque le gusta”. Ahí entendí todo.

“Más que sentirme frustrado me quedé con la duda, porque a los 17 fue a Olimpo y metió goles de todos los colores Tiene facilidad para estar donde debe estar un goleador, pero buehhh. Entrenó tres veces en doble turno y decidió no ir más. Entró a trabajar al frigorífico de Cabildo y hoy es empleado de la Cooperativa Eléctrica del pueblo. Como rota con las guardias semanales, eso le impide ir a jugar a otro equipo de la Liga o a la zona”.

“Vivió dos años en Bahía, pero es el típico pibe de pueblo, se crío en Cabildo, lo ama y se va a quedar ahí para siempre”.

Todos los 14 de agosto de juntan los ex jugadores de River que pasaron por sus divisiones menores. Es un encuentro abierto en la confitería del club, que se empezó a organizar gracias a que una comisión de ex futbolistas de Primera (entre ellos Fillol, el Negro Astrada y algunos otros más) juntó firmas para que también tengan la posibilidad de ser reconocidos los que no tuvieron el privilegio de llegar a la mayor del “Millo”.

“River siempre fue una familia, nos juntamos como ex compañeros, con tu división o con el que sea, pero ya quedó establecido, por estatuto, que el 14 de agosto es el día del ex jugador de River de inferiores, hayan llegado a Primera o no”, adelantó Omar.

--¿Es un día especial?

--Sí, porque el 14 de agosto de 1978 el River de Labruna sale campeón de AFA después de 18 años de sequía. En el último partido del torneo, los jugadores profesionales declaran una huelga y River salíó a jugar en cancha de Vélez con una formación amateur, con pibes del club que pusieron la cara para ganar 1-0 y gritar campeones.

“En la última cena, donde nos entregaron un vino del club y una medalla, la organización invitó a los campeones del mundo del 86, aquel equipo que dirigía el Bambino Veira. Estuvieron Pumpido, Ale Montenegro, Morresi, Goicoechea y Dalla Libera. Fueron muchos recuerdos y anécdotas, por momentos todos sentimos que volvimos a tener 20 años”.

Mi novia, la pelota

“Hoy me di cuenta q perdí a mi novia. Sí, la que amé toda la vida, fue mi compañera... Nací con ella, no me la presentó nadie. De casa me escapaba para verla y adorarla, por suerte para mí, Dios me dio una habilidad para tratarla bien, fui cariñoso con ella y gracias a ella conoci barrios de chicos y ciudades de grandes.

Hice amigos porque si yo la trataba bien, hacía más amigos. Bien acompañado con ella, no te separaba la religión, ni la política, ni los colores. Yo era feliz, muy feliz, y no me daba cuenta... Gracias a mi mamá, que un día preparo mi bolso y me dijo “Andá tras ella, la amás”, y me fui solo y muy lejos.

Extrañé. Lloré. Noches de soledad. Pero el amor por ella fue más fuerte y ya no retrocedí. Conocí otro amor, otra novia que no solo me dio una familia, sino que no rompió el idilio que yo tenía con mi primer amor. Me alentó a seguir. Pasaron los años, un día me entrené más, nunca fumé, jamás escabié, porque solo ella importaba; sabía q cuidándome podía seguir respetándola.

Y un día te das cuenta que pasaron los años, que sos abuelo, y ella entiende que ya no sos el mismo, que las caricias no son las mismas, porque son mas suaves. Claro, perdiste un poco de sensibilidad. Ella no me quiere dejar, si yo la traté bien. Estoy llorando, ¿estoy grande?

Pero, si en mi trabajo rindo bien y de la cabeza estoy de 10. Sigo actuando a ser vendedor y me va muy bien, como hace 40 años. Ni ahí de jubilarme, odio esa palabra, no quiero retirarme y descansar. No nací para eso. No quiero deprimirme. Pero si estoy triste, a mi novia, la PELOTA, la dejo yo.

Me duelen las rodillas para correr tras ella. La tengo que dejar ir. Gracias a ella tengo una hermosa familia, un millón de amigos que me hacen recordar que a ella la traté bien y la amé con locura".

Omar Ferrari

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