Bahía Blanca | Domingo, 14 de agosto

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Ineptos emocionales

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   En épocas en las que las redes sociales permiten exteriorizar y mostrar, la posibilidad de ver, catalogar y juzgar es proporcional. Así, evaluamos a jefes, deportistas, líderes, políticos y establecemos una especie de medición de rendimiento, siendo la peor calificación la de inepto.

   Hay ineptos para los deportes, para las actividades artísticas, en la política y en la gestión pública abundan, pero ¿qué pasa con las emociones y los afectos? ¿Existe la incapacidad afectiva? ¿Es más frecuente en hombres que en mujeres? ¿Se aprende a expresar las emociones?

   Apto es un adjetivo que proviene del latín ‘aptus’ y del verbo ‘apio, pare’ cuyo significado es vincular, ligar o establecer una relación. Apto significa entonces “atado, vinculado a una determinada función, tarea puesto que se tiene capacidad para ello”.

   El antónimo de apto es inepto y refiere a quien se desvincula de algo de forma tal que no puede establecer relación alguna con un conocimiento, destreza o tarea por falta de capacidad. Tras este viaje por el diccionario está claro que no todos pueden ser aptos para determinadas tareas, tal vez por un impedimento físico, disminución en funciones producto del paso del tiempo, accidentes o situaciones, hacen que se pierda la condición de apto de manera transitoria o tal vez permanente.

   Distinto es el “inepto emocional, metáfora sin rigor académico pero que hace referencia a aquel que tienen “ineptitud” para comprender y actuar en el mundo de las emociones y los afectos.

   El inepto emocional se caracteriza por tener escasa o nula capacidad para dar protección y afecto y, obviamente para recibirlo. Le resulta imposible sentir y expresar emociones incluso ante situaciones que a más de uno lo haría vibrar: sorprenderse con un arcoíris, indignarse ante una injusticia, disfrutar una melodía, entristecerse por males ajenos, son estados imperceptibles para quien transita por la vida anestesiado; la ineptitud es el corolario de un aprendizaje al cual no accedió o tal vez no pudo asimilar.

   Karen Horney en The Neurotic Personality of our Time hace décadas definió “necesidad neurótica de afecto” a la incapacidad de ciertos sujetos para recibir y dar afecto, seres insatisfechos emocionalmente, convencidos de no ser amados demandan en forma permanente atención y amor, reprochando “la falta”, al margen de que lo reciben. Paradójicamente son incapaces para retribuir lo recibido y la dificultad reside en su inseguridad ya que la autoimagen remite a la idea de no merecer ser querido.

   Si bien los ineptos experimentan una variada gama de sentimientos respecto del otro, no pueden “poner en palabras” y menos aún expresarla a través del cuerpo. Acciones legítimas y necesarias como besar, acariciar, tocar, mirar, hablar, parecieran prohibidas para un inepto emocional. Malas noticias para los hombres: la estadística refleja que los varones son los más damnificados.

   La posibilidad de aprender o “re-aprender” se da a lo largo de toda la vida. Transitar de la ineptitud a la aptitud no es fácil y para quien es incapaz de sentir y expresar, cultivar la imaginación a través de distintas experiencias lo llevará a enriquecer las fantasías.

   Hacer una pausa y saborear un chocolate puede ser el comienzo de una sucesión de vivencias que conecte con los sentidos y permita distinguir sensaciones corporales y emociones. Después habrá que trasladarse de lo concreto y externo hacia lo interno y abstracto: sentir, procesar, y posteriormente poder expresar con palabras y actos será la tarea más difícil pero el comienzo de un recorrido plagado de gratificaciones.