Luces y sombras del primer mes de Alberto Fernández

12/1/2020 | 07:30 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Por
Eugenio Paillet

     Alberto Fernández acaba de cumplir su primer mes como presidente de los argentinos. Por lo tanto era de esperar que abundasen los análisis y comentarios, las revisiones y hasta las proyecciones, luego de estos 30 días de gestión. Una primera y rápida conclusión que encuentra mayoría de adeptos entre analistas y observadores es que Fernández aprendió la lección del arranque de Mauricio Macri en 2015 y resolvió mandar todas las malas noticias de una vez. Sin anestesia. Convencido él y sus colaboradores que todo lo que no se haga en el primer trimestre de gestión después se hará cuesta arriba.

     En función de esa mirada estratégica fue que Fernández logró un tratamiento de shock para su tan polémica ley de Emergencia Social, considerada por no poco analistas independientes como el arma con la que Fernández, o Cristina Kirchner y el cristinismo duro y vengativo, decidieron "castigar" a los sectores medios y pudientes de la pirámide social que votaron a Macri el 30 de octubre. Un paquetazo de impuestos y nuevos ataques al campo y al bolsillo de los jubilados, que de hecho nunca podría haber  visto la luz en un gobierno no peronista.

     Se sabe que para los seguidores del matrimonio Kirchner que abrazó un  presunto progresismo económico a partir del 2003, del que Alberto fue parte, si hay que sacarle plata a los jubilados para darle a los que menos tienen eso es "solidario".

     Como sea, con sus mas y sus menos, Alberto comenzó a construir su mandato de cuatro años con gestos contundentes, como aquella ley de emergencia, pero también de la mano que les ha ido tendiendo a casi todos los gobernadores para cubrir baches o pagar sueldos, de modo de cumplir con la palabra de gobernar con sentido federal. Mientras su ala económica asegura que tiene todo cubierto en el tema de los vencimientos de la deuda de aquí al mes de marzo. 

      El mes de marzo aparece justamente marcado en amarillo en los tableros del albertismo. Suponen los estrategas, sin que les falte razón, que la dureza de las medidas tomadas en el arranque, que vale insistir afectaron a sectores medios y no solo altos de ingreso, como del mismo modo ocurrirá con la ley de emergencia aprobada en la provincia aunque con recortes obligados a los que Axel Kicillof se vio llevado por el bloque de la oposición en la Legislatura, es una "fecha de corte". 

     La paciencia de las capas sociales afectadas podría empezar a perderse si a partir de esa fecha la gestión de Fernández no ofrece más que sinsabores como ha ocurrido hasta ahora. Estaría bueno recordar que la franja media de la pirámide social que se vio afectada por las medidas de emergencia también votó a la fórmula de los Fernández en las elecciones de octubre. 

     Se dice en las catacumbas del poder que en ese primer tránsito al frente de la Casa Rosada, Alberto debió optar entre las presiones del cristinismo duro, y por qué no de la propia vicepresidenta que lo ungió candidato, para prácticamente "romper todo" en materia de vinculación internacional y volver al aislacionismo de "vivir con lo nuestro". 

     Lo que hubiese llevado a males mayores que los que se quería evitar. El presidente ganó esa pulseada y se colocó del lado de los racionales. Lo obsesiona tanto como sacar del pozo a los que menos tienen, la necesidad de cumplir con los compromisos externos, con el Fondo Monetario y con los acreedores privados. 

     Seguir los consejos de aquella tropa que exagera hasta el paroxismo la consigna "volvimos", y cree que eso les da derechos porque además la historia la escriben los vencedores, hubiese significado un golpe fatal para las aspiraciones del presidente, que es "copiar" a su maestro y mentor de ir hacia el tan ansiado superávit fiscal gemelo, que el santacruceño plantó como guerra santa cuando llegó al poder de la mano de Eduardo Duhalde.

    Podría decirse que Fernández ha ido de a poco desmontando la idea del "poder bicéfalo" que sus opositores ven que encarna el tándem presidencial, bajo el simple pero contundente argumento de que la realidad finalmente quedo sobre la mesa, pese a algunas rabietas de la doctora: no hay espacio para ninguna locura del tipo de "rompamos con el mundo".

    Para quienes en el albertismo ponderan aquella "independencia" de su jefe, cabria recordarles que Cristina sigue teniendo peso político, poder de votos y poder de veto. Otra cosa es que en este último caso no lo ejerza, o lo haga desde las sombras como ya ha ocurrido en otras oportunidades. 

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