El día que necesité al viento bahiense
Texto: Sol Azcárate / sazcarate@lanueva.com
Fotos: Pablo Presti
Prende el motor. Me agarro a la estructura de caños que me abrazan sobre cada hombro. Carreteamos unos metros. Se levanta el parapente. Y cuando mis pies están por despegarse del piso, el viento se calma y nos comemos otro amague.
Así, unas 4 veces.
Siento olor a pasto verdino, avivado por las tres ruedas del paratrike.
Fabián Meschini es el encargado de este vuelo de bautismo. Sus hijos de 6 y 9 años son sus asistentes. Saben perfectamente de qué lado está el viento y si se da vuelta, acomodan el parapente y le aconsejan a su papá desde qué parte conviene despegar.
La pista de despegue es un terreno ubicado en Zelarrayán y Sesquicentenario. No hay árboles en unos 500 metros alrededor porque “podrían producir turbulencias al momento del despegue o aterrizaje”.
Detrás de mí, en otro asiento, Fabián me explica que el viento tiene que estar a favor nuestro y que el parapente no sé qué, para que la hélice no sé qué cosa. Después le preguntaré. Con el miedo en la panza, sólo pienso en volar.
Y los pozos que agarramos con esas ruedas chiquitas también me inspiran ganas de despegar: sería más digno caer desde el aire que terminar enterrada de cabeza.
El viento no aparece. En algún lugar debe estar riéndose de mí: me despeina desde hace 6 años y ahora no da señales de que exista.
Por fin llega y sopla con un poco más de fuerza y arrancamos. El paratrike primero carretea sobre el costado derecho, el suelo me queda de reojo y justo cuando empiezo a sentir que el miedo me anuda la panza, se endereza.
Pegamos un giro al mejor estilo DeLorean de Volver al futuro y el pasto empieza a tener efecto teclas “Ctrl” más “-“.
En menos de un minuto estamos a unos 500 metros de altura y podríamos sobrevolar el Cerro del Amor si estuviéramos en Sierra de la Ventana.
Hace más frío que en la tierra y quiero que quede de excusa para el temblequeo de mi pulso en la cámara con la que filmo el vuelo.
Sobrevolamos Sesquicentenario. Es una frenética pista de autitos. Me dan ganas de tener un joystick.
Me pongo de nombre “Ojos de Google Maps” y veo.
Todos los autos son iguales.
Todas las casas son habitables.
Las piletas son figuras de mugre.
Se ven los techos despintados.
Las distintas tonalidades del pasto.
Los dibujos de las arboledas.
Y la ría le gana a las fábricas.
Pero también miro arriba. Arriba queda menos arriba que desde el piso. Metida dentro del cielo encuentro más azules de los que conozco.
Me olvido de que llevo una cámara en la mano derecha, extiendo los brazos y me siento un pájaro. El único, porque no cruzamos a ninguno.
Y el atardecer bahiense al fin no tiene edificios.
Tenemos que bajar. Pero no sin antes hacer piruetas espiraladas y hacerles vuelo rasante a los espectadores –próximos pasajeros- como si fueran la presa de una gaviota.
Después de unos 15 minutos de no poder contener la sonrisa, de estar descubierta a un aire más puro y de tener los ojos desorbitados, siento que vuelvo con la cara de E.T. en la bicicleta voladora de Fabián.
Algo quedó muy claro: desde arriba no existe aquello a lo que le damos importancia.
Toda la data
El paratrike es una aeronave nacida en Europa. Se utiliza un motor aeronáutico de unos 40 caballos de fuerza, un carro con tres ruedas y un parapente.
Vuela más de 100 kilómetros gracias a su autonomía.
Si se apaga el motor durante el vuelo, no pasa nada porque vuela por la acción del parapente.
“De hecho, los días que hay corrientes ascendentes de calor llamadas 'térmicas', se apaga el motor a propósito a unos 500 metros de altitud como para seguir ascendiendo pero utilizando la naturaleza como fuerza motriz”, contó Fabián.
Como medida de seguridad el paratrike cuenta con un paracaídas de emergencia que protege todo el conjunto.
Pesa 30 kilos en vacío y puede llegar hasta los 95.
Realiza maniobras extremas a ras del piso y puede subir hasta 4.000 metros en unos minutos.
El piloto lleva radio y tiene comunicación con otras aeronaves en vuelo.
Cuánto cuesta, dónde y cómo
El valor del vuelo de bautismo es de $ 1.000 y hay dos modos:
* Normal: Fabián dice que es ideal para nenes, personas mayores o tomas fotográficas porque es suave y tranquilo, sin sobresaltos.
* Adrenalina: se vuela desde el comienzo con maniobras acrobáticas extremas. Por ejemplo, un centrifugado de 300 metros donde se llega a ver el parapente "debajo".
Para contactar a Fabián Meschini, tenés que comunicarte al 2914728712. En Facebook lo encontrás por su nombre o “Vuelos de Bautismo”.