Fiestas y algo más
Como tantos otros, la llegada de las Fiestas de Fin de Año constituyen, para mí, un tiempo de esperanza, de unión familiar, de balances y proyectos.
En estos días todos somos un poco más buenos, andamos contentos y deseamos a cualquiera, incluso a aquel con el que no nos hemos visto en todo el año, una muy feliz Navidad y un próspero Año Nuevo.
Colapsan los mensajes de texto y ni hablar de Facebook: campanas que resuenan, tiernas imágenes del Niño Jesús y emotivos, inesperados saludos de todos. De cualquiera.
Pero a medida que va pasando el tiempo, los roles van cambiando y la magia de Papá Noel queda en el olvido, la realidad nos golpea y el desengaño aumenta.
Porque, más allá de la esperanza y del amor, los conflictos empiezan a aflorar, a desplazarse como reguero de pólvora.
¿Dónde se hará la celebración?
¿Quién se hará cargo de las compras, quién cocinará y trasladará a los mayores?
¿Qué invitados incluirá la lista y qué otros quedarán afuera?
¿Dónde van los hijos de padres separados?
El 25 a la tarde, cuando el brindis ya era historia, escuché montones de situaciones similares. Y aún más graves.
La suegra de una amiga dijo algo inapropiado en la mesa y todos terminaron peleados.
Una conocida estuvo a punto de ahorcar a su abuelo, que mientras hacía el asado repetía que faltaba leña. Ella misma, flaca como un fideo, tuvo que ir al supermercado y cargar con las bolsas, arriesgando sus lindos taquitos y maldiciendo al veterano.
La falta de hielo fue el detonante en otra familia cercana: casi llegan a las piñas.
En casa de otra mujer, el dinero que desembolsó cada uno para la cena navideña ocasionó discusiones.
¿Y el trabajo? ¿Quién tiene en cuenta el trabajo que realiza aquel que recibe a los familiares en su casa?
El tío que prometió el postre cayó a lo de mi vecina con las manos vacías. Dijo que no encontró ninguna heladería abierta, pero, claro, no aclaró que buscó dos horas antes del brindis...
A mí me sucedió algo parecido.
Mandé a cortar el césped, ordené la casa, desplegué manteles inmaculados, inauguré cristalería y cubiertos "Verbano", encendí velas, trasladé mesas y sillas y me puse mi mejor vestido.
¡Hermoso!
Más tarde llegaron todos --incluso Ciro, un perro al que no quisieron dejar solo y a merced de los cohetes--, serví una exquisita cena, destapé botellas, renové el hielo, preparé los regalos y atendí pedidos inesperados, inapropiados: tijera, cargador de celular, almohadón...
Después empezó el diluvio.
En el barrio Patagonia el cielo se venía abajo. Brindamos. Eran las 12.05 y todos se agolparon en los ventanales.
--¿Y ahora cómo hacemos para irnos?
Navidad y Año Nuevo son sinónimo de esperanza.
Pero seamos sinceros, los conflictos personales, familiares y matrimoniales parecen confluir en estos días.
¿Quién puede decir lo contrario?