La singular historia de un palacio mágico
"Es absoluta y totalmente difícil alquilarlo". De esta manera, concisa y contundente, definió Lucio Crivaro, titular de la inmobiliaria que lleva su apellido, la búsqueda de interesados en el histórico inmueble de calle Brown y avenida Colón, desocupado desde hace cinco años, en un estado cada vez más preocupante como consecuencia de su falta de uso.
Definido al momento de su inauguración, en 1909, como un verdadero "palacio mágico" y considerado bien patrimonial de Bahía Blanca, esta situación es considerada por sus administradores como una de las trabas más complicadas, por cuanto limita y condiciona muchas de las intervenciones que la propiedad requiere para adaptarla a nuevos destinos.
Envuelto en ese laberinto, la esquina donde funcionara el hotel más lujoso de Sudamérica amenaza con convertirse en una barrera para el desarrollo urbano.
Hotel no rentable
La historia del edificio de Brown y Colón comenzó en 1909, cuando, luego de un incendio que destruyó las instalaciones del hotel Apolo, la compañía de seguros La Previsora, la más importantes del país, decidió levantar un nuevo inmueble, con la idea de concesionarlo como hotel.
El bien, de líneas historicistas con influencia francesa, fue diseñado por el arquitecto Alberto Coni Molina, el autor de la vecina sede del Club Argentino (avenida Colón y Vicente López), y ejecutado con la calificada mano de obra de la empresa de Nicolás Pagano, constructor italiano que por la época erigía el palacio municipal.
Licitado, el hotel, bautizado como Sudamericano, fue adjudicado a The South American Hotels Company, una de las cadenas más afamadas del continente.
La empresa no escatimó dinero en equiparlo con mobiliario importado de Europa y dotarlo de las comodidades propias de la vida moderna, dando una clara señal de la consolidación de Bahía Blanca como gran urbe.
"Es una especie de palacio mágico, tan suntuoso que para buscarle dignos competidores hay que irse a Buenos Aires", aseguró la revista Comercial.
Un mobiliario suntuoso, un trato excelente y la "afabilidad exquisita" del personal daban cuenta del "lujo principesco" del lugar.
Lamentablemente para los inversores, el hotel no fue rentable, al punto que tampoco fue suficiente que la poderosa empresa del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico asumiera su administración.
En 1915, el gerente inglés adelantó el posible cierre del establecimiento. "El negocio, planteado en un momento de bonanza y con mirada resuelta hacia el futuro, no ha compensado en forma alguna los sacrificios realizados, sino que, por el contrario, ha producido fuertes perdidas mensuales", señaló, por entonces, este diario.
A fin de ese año el hotel cerró sus puertas. A pesar de que reabrió pocos meses después, su destino estaba escrito: en 1919 cesó definitivamente sus actividades.
Durante un año hubo un signo de interrogación sobre su futuro hasta que, finalmente, la propia propietaria del bien, La Previsora, decidió tomar su administración, procediendo a su reequipamiento completo.
El 21 de noviembre de 1920 se presentó en sociedad el "Gran Hotel Atlántico", que mantuvo la jerarquía y calidad de su antecesor.
"Mueblazgo nuevo en todas sus dependencias, amplio confort, calefacción y lavatorios con agua caliente en sus habitaciones, servicio de teléfonos con el exterior, peluquería y salón de lecturas", eran algunas de las propuestas que colocaban al establecimiento "a la altura de los principales hoteles de la Capital Federal y Europa", según aseguró "La Nueva Provincia".
La reapertura fue tomada como una muy buena señal. "Demuestra una convicción fortísima en que el achatamiento de nuestro ambiente es pasajero y que la reacción no ha de tardar en producirse", indicó este diario.
La historia de la firma se extendió por casi dos décadas, hasta que, en 1936, pasó a nuevos dueños, quienes modificaron levemente su nombre, mutando a "El Atlántico".
En abril de 1942, y abriendo su última etapa hotelera, el establecimiento modificó su nombre al de Ocean Hotel.
Una vez más renovó su mobiliario, esta vez colocando en sus 80 habitaciones camas de acero "Sello de Oro", con elásticos del mismo material, marca "Dulce Reposo".
La mueblería La Española, de la familia Taberner, se encargó de la provisión de ese equipamiento, además de colocar colchones de resortes con lana de un lado, para el invierno, y crin del otro, para el verano.
El Ocean Hotel cerró la página de hospedaje del lugar, al entornar sus puertas en 1978.
Usos comerciales
No es tarea simple adecuar un edificio pensado como hotel, organizado en planta baja y dos pisos, para otros usos.
Sin embargo, en 1979, un grupo de inversores se animó a readecuar la planta baja, con una inversión millonaria, para desarrollar una propuesta comercial novedosa para la ciudad: las Galerías Ocean, una alternativa diferente y de avanzada.
Fue un fracaso. En menos de un año terminó esa propuesta. Pero la idea fue interesante y un año después, en 1980, se estableció en el inmueble el que puede tomarse como primer shopping de la ciudad: el Centro de Compras de la Cooperativa Obrera Limitada, ocupando cada planta con distintas propuestas.
Funcionó hasta 1997, en que los propietarios del edificio decidieron no renovar el contrato de locación.
"El Centro de Compras funcionaba bien, pero no hubo acuerdo al renegociar el alquiler", explicó un directivo de la Cooperativa.
Esa salida fue, de alguna manera, el comienzo del fin. Ese mismo año se instaló en la planta baja la empresa de electrodomésticos Ventura, que nunca logró consolidarse y un par de años después abandonó el lugar. A partir de ese momento, el inmueble aguarda un nuevo ocupante.
La timba de Sofovich, IRSA y cocheras
En los últimos años fueron varios los rumores sobre la ocupación del edificio. Algunos fantasiosos, como el que aseguró el supuesto interés del empresario teatral Gerardo Sofovich en instalar una sala de juegos, otros más certeros, como la voluntad de alquilarlo de un supermercado vecino, aunque su propuesta económica --12 mil pesos mensuales-- no entusiasmó a los propietarios.
También fue desmentido el comentario acerca de la compra realizada por el grupo IRSA, el mayor inversor del país en bienes raíces, desarrollo y administración de oficinas, hoteles y centros comerciales.
"No compramos ninguna propiedad en Bahía Blanca", aseguraron a "La Nueva Provincia" desde el área de prensa de la empresa que administra, entre otros, el Abasto Shopping, Alto Palermo, Patio Bullrich, Mendoza Plaza Shopping y Córdoba Shopping.
Lo concreto por estas horas es que al bien, que pertenece a familias residentes en Buenos Aires y Mendoza, le cuesta encontrar interesados.
"Es muy grande y tiene un importante costo de mantenimiento", señala Crivaro, agregando el inconveniente que implica su calidad patrimonial, que condiciona ciertas intervenciones o mejoras.
"Los propietarios manifestaron varias veces su preocupación por las exigencias que les hace el municipio", indicó Lucio Crivaro.
No a las cocheras
Uno de los proyectos planteados en los últimos meses fue realmente singular, por cuanto significaba un cambio radical a su destino. Fue cuando se pretendió convertir su planta baja en una cochera.
"Realicé un anteproyecto, un estudio preliminar, que no afectaba la fachada, mantenía la estética del edificio y lograba estacionamiento para 40 automóviles", explicó el arquitecto Carlos Schargrodsky, responsable del trabajo.
Presentado a consideración del municipio, la propuesta fue elevada al Concejo Deliberante, organismo que la rechazó de plano.
"Era una idea que, además, proponía tareas de mantenimiento en las plantas altas", agregó el profesional.
Crivaro señaló que el negocio del estacionamiento no era "muy interesante", pero permitía generar ingresos para mantener el edificio y cubrir sus gastos.
Unos meses después, el mismo Schargrodsky realizó el bosquejo de un centro comercial, iniciativa que tampoco prosperó.
Así entonces están las cosas. Un inmueble relevante, cargado de historia, que sufre la peor de las suertes: la del no uso y la desocupación.
"Lo más grave es ver cómo se degrada. Nosotros realizamos tareas de cuidado, como limpieza y desratización, pero eso no es suficiente", explicó Crivaro.
Aseguró, además, que por ahora "no hay ninguna propuesta en marcha", más allá de algunos llamados, que por lo general resultan "disparatados o con propuestas poco creíbles".
Habrá que esperar la llegada de alternativas válidas. La frase menos pudorosa que podría ensayarse es aquella de que "siempre hay un roto para un descosido", si se asume que el lugar aparece casi como un "elefante blanco".
Otras frases, acaso más respetuosas y sensatas, es que la esperanza es lo último que se pierde y aquello de que nada se pierde, todo se transforma.
Entre uno y otro, acaso surja la deseada salida.
Alejandro Novacovsky
"Hay que flexibilizar exigencias y consensuar nuevos destinos"
El arquitecto Alejandro Novacovsky es uno de los más calificados y reconocidos especialistas en materia de patrimonio arquitectónico y urbano del país.
Director de la Maestría que en el tema dicta la Universidad Nacional de Mar del Plata y encargado --entre tantísimas obras-- de la puesta en valor del Hotel Provincial de Mar del Plata, nos brindó su lectura sobre una situación como la del ex Hotel Sudamericano.
¿Es válido en estos casos ser flexible y admitir modificaciones?
--Se pueden hacer muchas cosas. Lo ideal es analizar cuidadosamente la cuestión. El límite de cualquier intervención es no poner en riesgo los valores por los cuales el edificio fue declarado bien patrimonial.
--En este caso, se trata de un ex hotel que conserva muy poco de su destino original. ¿Se puede analizar otro faceta?
--Claro. Habría que realizar un anteproyecto, una idea de las cosas que se quieren hacer y, a partir de allí, consensuar y plantear soluciones para que el edifico se pueda seguir usando.
--¿Incluso modificándose su interior?
--Seguro, porque tirar paredes interiores no significa necesariamente desnaturalizar el edificio.
--¿Es necesario respetar todo lo existente?
--Primero está la idea de cuidar la fachada. A veces se puede mantener un cielorraso y dejar algunos elementos que den cuenta del valor del lugar. De esta manera, quizás se generen superficies para mayor variedad de destinos.
--Hubo una propuesta de hacer cocheras en la planta baja, que fue rechazada por el Concejo Deliberante. ¿Qué opinión le merece ese proyecto en particular?
--Me parece muy bien que se haya evitado esa obra, porque es una exageración. Resulta fantástico, además, que un CD rechace esas cosas a diferencia de otros, que permiten intervenciones que terminan en la demolición del edificio. Si el CD tomó esa postura, habría que bancarlo.
Del hotel, poco y nada
Es difícil evaluar la situación del ex Hotel Sudamericano cuando la realidad señala que del hotel poco y nada queda.
Sus modificaciones interiores han sido drásticas. Las 80 habitaciones son parte del recuerdo, los sótanos y la bodega ya no existen y el mobiliario que despertara la admiración de propios y ajenos ya no está.
Apenas la escalera de mármol y el centenario ascensor dan cuenta de su calidad interior. La fachada ha resignado su revoque símil piedra, así como la rejería de sus balcones y su ornamento de remate.
Tampoco configura una gran propuesta artística su estilo, ya que existen ejemplos más valiosos de esa arquitectura.
Quizá sea momento de discutir la realidad del lugar, respondiendo a la dinámica de todo inventario patrimonial y replanteando, en general, qué bienes quizá ya no se justifique preservar, cuáles --ignorados hasta ahora-- merecen ser incorporados al mismo y cuántos otros --reconocidos-- están librados a la buena de Dios.
Mario Minervino/"La Nueva Provincia"