Vivir inseguros y con miedo: ¿realidad o simple paranoia?
Para algunos la inseguridad puede ser el peor de los virus. Uno que se expande como una epidemia por los barrios de la ciudad, sin encontrar cura alguna. Uno que infunde el miedo y pánico en la sociedad, que se contagia con sólo consumir los medios de comunicación o escuchar las historias de sus vecinos.
Otros, en cambio, llegan a percibir la realidad separada de una ficticia "sensación de inseguridad". Toman los recaudos necesarios para no caer en las redes de la delincuencia, pero se niegan a vivir condicionados por ésta.
La licenciada Patricia Gubbay de Hanono, directora de Hémera (Centro de Estudios del Estrés y la Ansiedad), trabajó sobre los efectos negativos de esta "sensación de inseguridad" en la salud de la comunidad.
Uno de ellos es la elevación de los niveles de ansiedad que se produce en aquellas personas que sienten amenazada su seguridad.
La profesional indicó que si bien la ansiedad es necesaria para llevar a cabo las acciones de la vida cotidiana, cuando esta se vuelve muy elevada, se convierte en patológica y allí comienzan a manifestarse efectos colaterales en la salud.
"Empiezan a aparecer síntomas como taquicardia, falta de aire, mareos, todas señales que por lo general van acompañadas de pensamientos catastróficos", señaló.
"En estas condiciones, llevar una vida normal de trabajo, de relación y de esparcimiento se hace difícil y problemático".
Consecuencias alarmantes.
Ante la ola de robos, asesinatos, secuestros y demás formas de violencia, los comportamientos sociales cambian.
Según Gubbay, frente a estas situaciones la solidaridad social deja de existir y los individuos se aislan aún dentro de su comunidad restringida, que hasta el momento había sido percibida como única fuente de seguridad y sostén.
"Más grave es cuando las personas y sus familias se ven afectadas directamente por la violencia en sus diferentes formas"
Para la profesional las consecuencias de un arrebato simple o de situaciones más traumáticas, como el asesinato de un familiar o el secuestro, pueden ser devastadoras.
"Se pueden desarrollar síntomas como dificultad para conciliar el sueño o concentrarse y la hipervigilancia.
"Además, se pueden producir respuestas exageradas de sobresalto, irritabilidad, malestar o miedo psicológico intenso".
Agregó que, en algunos casos, las personas sometidas a este tipo de violencia pueden desarrollar un trastorno por estrés post traumático.
Conciencia e integración.
Tras haber sufrido un acto de delincuencia, la víctima debería realizar una consulta con un terapeuta especializado.
Sin embargo, la psicóloga destacó que es importante que las personas no afectadas también tomen conciencia de que estos incidentes pueden sucederles a ellos, lo que ayudará a que se disminuya el factor sorpresa y la posibilidad de un trauma.
"También hay que incorporar la idea de que los riesgos pueden reducirse pero nunca pueden ser eliminados totalmente. Esto ayuda a disminuir la sensación de impotencia", indicó Gubbay.
"La colaboración e integración con los vecinos, la participación como ciudadano para resolver los problemas compartidos nos hace sentir que formamos parte de un todo más amplio y más fuerte. Un todo más apto para enfrentar los desafíos de la inseguridad."