Bahía Blanca | Martes, 29 de noviembre

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De corazón nostálgico

José Lucero llegó a Punta Alta de mano de la Armada. Además de su vocación militar, es docente y escritor. Como autor, fue homenajeado en su provincia natal por el valor histórico y cultural de su libro “De Mendoza al mar. Vivencias de aquel niño que no fue”.

Por Gustavo Pereyra

 

José Tiburcio Lucero (85) dice que en su vida siempre tuvo mucha suerte. “Pero a la suerte la ayudé”, aclara y la frase sirve como introducción para relatar cómo pasó de su humilde morada en el medio del monte mendocino, a su vocación por el mar y la enseñanza, su reflexión sobre la historia y una prolífica pasión por escribir.

Lucero, radicado en Punta Alta desde hace décadas, lleva varias obras publicadas. Como marino de profesión (ingresó a la Armada en 1956 y se retiró con el máximo grado al que puede aspirar un suboficial), su primera obra es un recorrido histórico sobre el almirante Guillermo Brown. “Para mí, es el padre de la patria en el mar”, afirma.

La última obra narra la historia del Club Sporting. Pero es en “De Mendoza al mar. Vivencias de aquel niño que no fue”, donde el autor despliega todas sus memorias más personales.

“A veces me visitan mis amigas soledad y tristeza, y traen nostalgia a mi corazón, recordando ese pasado que está más presente que nunca”, dice en la contratapa.

El libro es tomado como referencia cultural e histórica en sus pagos, tal es así que recientemente el Concejo Deliberante de La Paz (Mendoza) lo declaró de interés municipal y homenajeó a Lucero por su labor literaria.

“Siempre me gustó la Historia —dice José, que de grande se recibió de profesor de esa materia—. Nunca supe por qué siempre fui una criatura demasiado curiosa para la edad que tenía.”

José pasó su infancia bajo algarrobales, en una casa de adobe en La Dormida, un pequeño pueblo mendocino por donde pasó el general San Martín rumbo a los Andes.

Para estudiar, recorría 2 kilómetros hasta la escuela rural “Francisco Capdevilla”, en Las Chacritas, porque aprender era lo más importante en su niñez.

“Era ir a la escuela o ir a trabajar al campo —rememora, mientras invita una copa de un vino blanco y dulce que él mismo elabora con las uvas de su patio—. Automáticamente pasabas de jugar a la payana a agarrar el azadón. Así era la vida, nos exigían como a un adulto.”

La escuela todavía existe y obviamente figura en su libro. José es un asiduo colaborador de la institución. Semanas atrás fue convocado por los directivos para que contara su recuerdos. En una pared del colegio, como si fuera un altar, hay una foto de cuando José era marino, junto con recortes de diarios y otros detalles. Y las maestras les leen su libro a los alumnos, porque es lo único que queda del pasado de la escuela.

“Hubo un incendio y el único registro que tienen de su historia es lo que yo cuento en mi libro”, dice Lucero.

Vocaciones

José nunca había visto el mar, pero tenía un deseo inexplicable de ser marinero. “Había una foto de un tío en uniforme y yo quería usar uno como ese”, dice.

También quería ser docente, como sus admiradas maestras: “Eran como nuestra madre, nos escuchaban y orientaban”.

Pero había algo que José no quería para su vida: “Me gustaba trabajar y sobraban labores en el campo, pero yo notaba que las personas a mi alrededor estaban totalmente envejecidas y no tenían más de 30 años. ¿Esto es lo que me espera? Tenía 17 años y quería salir de eso”.

Entonces, una intervención divina, su suerte o la simple casualidad ocurrieron. José consiguió un trabajo de desmalezamiento y nivelación con tractores en el campo de un suboficial retirado de la Marina.

“Aproveché y le dije que quería ser marinero.”

José apenas tenía cuarto grado y necesitaba el sexto, pero el suboficial lo preparó, le pagó una maestra que le enseñó los contenidos que exigían en el ingreso y lo acompañó cuando fue a rendir a la Delegación Naval mendocina.

“No sé si rendí bien o mal, pero la cuestión es que de la noche a la mañana aparecí en la Isla Martín García como aspirante de la Escuela de Marinería”, recuerda.

Era 1956 y ese era un mundo nuevo para José, que debió adaptarse para no defraudar a este hombre que lo apoyó y para satisfacer su propio sueño de toda la vida.

“Me exigí tanto que a veces no dormía. De 900 aspirantes quedamos 280, y de la especialidad Comunicante salí primero. Fue una gran alegría, porque como premio me tocó viajar al extranjero. A los pocos meses de haber salido del campo, ya estaba viajando por Pernambuco, Curazao... Yo, que nunca había visto un buque”, señala José.

Y su vocación por la enseñanza empezó a cumplirse cuando siendo apenas cabo primero, un jefe le ordenó que les explicara cómo leer, escribir y firmar a tres conscriptos analfabetos.

—Pero, señor, ¿yo? Si no soy maestro… —se excusó el joven Lucero.
—No le pregunté qué títulos tiene. Usted me les enseña. En dos meses les tomo examen —sentenció el jefe.

“Esos chicos venían de las tribus del Chaco. Cuando vi el amor y la voluntad que ponían para aprender, se despertó mi vocación por enseñar”, relata José.

En los 80, el ya suboficial Lucero fue el primer instructor de las primeras mujeres que ingresaron a la Armada. “Estaban todas muy preparadas porque ya tenían algún estudio empezado, tal es así que yo aprendí más de ellas”, dice.

José se retiró en 1986, como suboficial mayor en la Escuela de Operaciones de la Base Naval Puerto Belgrano. “Mi vida en la Marina fue muy fructífera. Tuve mucha suerte, pero también la ayudé”, repite.

Había terminado de estudiar de grande; el primario lo hizo en la Escuela Nº 9 y el secundario en el CENS Nº 11. Después vino el profesorado de Historia en el Instituto de Formación Docente Nº 79 (egresó en 1999) y toda una carrera dedicada a la docencia en el ámbito naval.

Su prolífica obra no se circunscribe sólo a libros: también es autor de la letra de la marcha de la fragata “Libertad”, cuya música fue compuesta por el pianista puntaltense Rubén Lasdica.

El himno de su escuela de la infancia también es de su autoría.

José confiesa que siempre está estudiando, investigando y escribiendo y que ya prepara algo nuevo.