Seis de cada diez chicos de 8 años ya tienen celular: “Poner límites es cuidar”
Una psicóloga bahiense analizó qué implica la incorporación temprana de las pantallas, el impacto en el juego y en los vínculos.
Periodista y comunicadora. Forma parte del equipo de redacción de La Nueva desde 2022, donde cubre eventos locales, nacionales e internacionales, generando contenido para las ediciones impresa y digital, además de sus redes sociales.
Audionota: Danilo Belloni
A los ocho años, seis de cada diez chicos argentinos ya tienen algo que, hasta hace no tanto, parecía reservado para los adultos: un teléfono celular propio.
El 59 % de los alumnos de tercer grado cuenta con uno. Otro 23 % no tiene un dispositivo personal, pero utiliza el de su madre, padre u otro familiar. Apenas el 18 % no tiene acceso a un teléfono móvil.
El dato describe una escena que ya forma parte de la vida cotidiana: chicos que usan el celular para comunicarse, mirar videos, jugar, escuchar música, hacer tareas o mantenerse en contacto con sus amigos.
Pero detrás de esa naturalización aparece una pregunta más difícil de responder: ¿qué implica para un niño de ocho años tener en sus manos un dispositivo que lo conecta con un mundo para el que todavía está construyendo herramientas?
Para Alba Picardi, licenciada en Psicología y especialista en clínica de niños y adolescentes (MP 0490), el porcentaje es algo más que una cifra. “Me llama a reflexionar, dado que esto no es solo un dato estadístico, sino que podríamos pensarlo como algo propio de esta época”, planteó.
La especialista observa en este fenómeno una aceleración de los tiempos de la infancia, que definió como una suerte de “adultización”. Los chicos reciben cada vez más temprano herramientas, estímulos y responsabilidades propias del mundo adulto, mientras al mismo tiempo disminuye la tolerancia de los mayores frente a la espera, el aburrimiento o las respuestas que se salen de lo esperado.
“A los 8 años, el psiquismo de un niño necesita apoyarse en el juego tangible, el movimiento y la mirada del otro para ir construyendo su identidad y su mundo interno”, explicó a La Nueva.
Ahí aparece una diferencia fundamental: tener un celular no significa necesariamente estar preparado para todo lo que el dispositivo ofrece. Para Picardi, cuando se incorpora demasiado pronto y sin acompañamiento, la pantalla puede interponerse entre el mundo afectivo del niño y la realidad que necesita explorar.
“Cuando le entregamos un celular, interponemos una pantalla entre su mundo afectivo en formación y la realidad exterior”, señaló.
No se trata, entonces, solamente de cuánto tiempo pasa un chico frente a una pantalla. También importa qué lugar ocupa ese dispositivo en su vida y qué está reemplazando.
En determinados contextos, advirtió la psicóloga, las pantallas pueden terminar ocupando espacios que antes requerían tiempo y presencia adulta. Aparecen para entretener, calmar, evitar una discusión o llenar un momento de espera, pero también pueden funcionar como respuesta frente a la falta de tiempo, escucha o disponibilidad de los adultos, atravesados a su vez por la urgencia y la exigencia de productividad.
“Se le otorga al niño un objeto tecnológico ‘de adultos’ cuando lo que necesita es la presencia de un ‘otro’ que decodifique sus estados y sostenga su actividad esencial que es el juego”, afirmó.
Por eso, la discusión sobre la edad adecuada para tener un celular tampoco puede resolverse con un número mágico. Cada chico madura de manera diferente, pero el desarrollo emocional no necesariamente avanza al mismo ritmo que la incorporación de dispositivos.
En su práctica clínica, Picardi suele desaconsejar el acceso sin supervisión a teléfonos con internet y redes sociales antes de los 12 años. No porque exista una frontera exacta a partir de la cual la tecnología deje de representar riesgos, sino porque la capacidad de utilizarla de manera autónoma va más allá de saber manejar un aparato.
“La madurez no llega sola con los años, se construye en el lazo afectivo con los adultos significativos”, sostuvo.
Por eso también propone distinguir entre una necesidad concreta de comunicación y el acceso irrestricto a internet. Un teléfono básico puede permitir que un niño se comunique con su familia. Un smartphone, en cambio, abre la puerta a contenidos, contactos y estímulos que no necesariamente están mediados por un adulto.
“La madurez no es solo saber utilizar el aparato o acceder a las redes sino que es la capacidad del niño para sostener la frustración, tolerar la espera y tener noción del autocuidado y la intimidad”, explicó.
La diferencia es importante: saber utilizar una aplicación no equivale a saber manejar todo aquello que esa aplicación puede generar.
Y ahí entran algunas de las experiencias que, según Picardi, resultan fundamentales durante la infancia. Un chico necesita moverse, tocar, explorar, manipular objetos reales y relacionarse cara a cara con otros. Necesita también jugar, no solamente como una forma de entretenimiento, sino como una manera de procesar lo que vive, poner en escena sus experiencias y construir respuestas propias.
La pantalla puede reducir parte de ese espacio cuando ocupa demasiado lugar. Y también puede dejar menos margen para una experiencia que suele ser mirada con demasiada impaciencia por los adultos: el aburrimiento. “La creatividad se nutre del momento en que el niño se aburre y se ve obligado a generar nuevas vivencias desde su fantasía”, planteó.
El aburrimiento, desde esa perspectiva, no es necesariamente un vacío que haya que llenar. Puede ser precisamente el punto de partida para que aparezca una idea, un juego o una forma nueva de resolver algo. Algo similar sucede con la frustración. Mientras la pantalla ofrece respuestas rápidas y gratificaciones inmediatas, la vida cotidiana obliga a esperar, insistir y aceptar que algunas cosas no suceden cuando uno quiere.
La diferencia entre ambas experiencias también permite observar cuándo el uso del celular empieza a ocupar un lugar problemático. Para Picardi, el tiempo de pantalla por sí solo no alcanza para determinarlo. Lo importante es qué sucede con el resto de la vida del niño.
En un uso saludable, el teléfono es una herramienta secundaria: puede utilizarse para algo puntual y luego quedar a un lado sin que eso genere un conflicto importante. El chico conserva el interés por jugar, hacer deporte, encontrarse con amigos, compartir actividades familiares o simplemente estar sin hacer nada.
Cuando esa relación cambia, el dispositivo comienza a desplazar otras experiencias. Y una de las señales puede aparecer justamente cuando llega el momento de apagarlo: angustia, desbordes o agresividad frente a los límites, especialmente si se combinan con aislamiento, irritabilidad, ansiedad, uso a escondidas o dificultades para dormir.
Pero Picardi hace una aclaración central: “Uso problemático no es igual a patología del niño”. “El uso compulsivo no es una enfermedad ‘del chico’, sino una respuesta a la soledad o a la falta de presencia afectiva por parte de su entorno”, explicó.
Desde esa mirada, quitar el teléfono no necesariamente resuelve aquello que llevó al chico a refugiarse en él. “El celular funciona a menudo como un objeto anestesiante: el niño se ‘conecta’ a la pantalla para ‘desconectarse’ de sufrimientos, tensiones o angustias que no puede reconocer o nombrar”, profundizó la psicóloga bahiense.
Por eso, cuando un chico reacciona con furia al momento de dejar el dispositivo, la pregunta no debería quedarse únicamente en la conducta. También puede ser necesario escuchar qué hay detrás de esa reacción. “El síntoma habla a través de la conducta”, planteó Picardi.
La preocupación no se limita, además, al uso del teléfono como tal. También importa qué ocurre dentro de la pantalla. Los videos breves de TikTok, Reels y otras plataformas están diseñados para encadenar rápidamente un estímulo con otro, con recompensas inmediatas y poco espacio entre una imagen y la siguiente.
“El formato de videos breves está diseñado para capturar y sostener la atención de manera pasiva”, explicó.
“El psiquismo no tiene tiempo de procesar una imagen antes de que aparezca otra. Se dificulta la posibilidad de un pensamiento reflexivo”, señaló.
El problema puede aparecer cuando ese ritmo se traslada a la vida cotidiana. “Es un ritmo que luego se vuelve irreplicable desde lo real”, sostuvo.
Una clase, una conversación, un libro o incluso un juego con otros chicos tienen otra velocidad. No ofrecen un estímulo nuevo cada pocos segundos ni una recompensa inmediata. Para Picardi, la diferencia puede contribuir a una atención más fragmentada y dificultar, a largo plazo, la capacidad de sostener el esfuerzo que requieren aprendizajes más profundos.
El impacto tampoco queda reducido a la atención. El sueño puede verse afectado cuando el dispositivo permanece al alcance durante la noche, porque mantiene al niño en un estado de alerta constante y puede interferir con el descanso. Y también cambia la forma de relacionarse con los demás.
“Se confunde ‘estar conectado’ con ‘estar vinculado’”, advirtió Picardi.
La diferencia está en todo aquello que sucede cara a cara: interpretar gestos, tolerar diferencias, atravesar un conflicto, negociar, pedir algo, aceptar una respuesta que no gusta y buscar una solución. En el mundo virtual, algunos problemas pueden resolverse simplemente bloqueando o desconectándose. La vida cotidiana no siempre ofrece esa salida.
Para las familias, además, existe una dificultad que no puede ignorarse: el grupo de pares. “Todos mis compañeros tienen” es probablemente uno de los argumentos más difíciles de sostener cuando un chico pide su primer celular. No tenerlo puede generar la sensación de quedar afuera. La necesidad de pertenecer es real y no debería ser desestimada. Pero Picardi propone distinguir entre el deseo y la necesidad.
Que un niño quiera un teléfono porque sus compañeros tienen uno no significa necesariamente que esté preparado para todo lo que viene detrás. Eso tampoco implica desconocer su enojo. “Entiendo que te dé bronca sentirte afuera”, propone como una manera de reconocer la emoción sin convertir esa comprensión en una obligación de ceder. “Poner límites es cuidar”, resumió.
La alternativa tampoco consiste en negar la tecnología. Convertirla en un objeto prohibido o misterioso puede volverla todavía más atractiva. El desafío pasa por acompañar su incorporación de manera progresiva, explicar las decisiones, establecer límites y sostener una presencia cercana.
También por construir acuerdos entre los adultos. “Cuidar resulta más sencillo cuando no se hace en soledad”, afirmó.
En ese punto, la discusión llega inevitablemente a la escuela. En Argentina, al menos 11 de las 24 jurisdicciones ya avanzaron con regulaciones sobre el uso de teléfonos en las instituciones educativas. Las restricciones reducen la utilización de los dispositivos y las distracciones durante las clases, aunque la evidencia internacional ofrece resultados mucho menos concluyentes cuando se busca determinar si esas medidas producen, por sí solas, mejores aprendizajes.
Para Picardi, la escuela tiene un papel importante, pero no puede resolver sola una problemática que excede el aula. “La escuela debe ser un espacio de resguardo para la infancia”, sostuvo.
Ese resguardo, sin embargo, no debería construirse únicamente desde la prohibición. “Prohibir no es una respuesta adecuada si la escuela no propone a cambio espacios vinculantes y atractivos de encuentro con el aprendizaje y los otros”, planteó.
Además, existe un límite evidente: la jornada escolar termina: “La prohibición escolar es una regla externa; si no hay un trabajo familiar para que el niño internalice ese límite, el conflicto reaparece apenas sale de la escuela”.
Sacar el celular del aula puede reducir una distracción, pero no necesariamente modifica la relación que ese chico tiene con la tecnología cuando vuelve a su casa. La discusión, por eso, no termina en la puerta de la escuela ni empieza con una aplicación.
Quizás la pregunta más importante sea qué queda cuando la pantalla se apaga. Un chico aburrido. Uno que se enoja. Uno que espera. Uno que no sabe qué hacer. Uno que está triste. Para los adultos, esos momentos pueden resultar incómodos. Para un niño, forman parte del aprendizaje.
“Si ante el llanto, el aburrimiento o el enojo del niño se le ofrece una pantalla, se le está enseñando a anestesiar las emociones con un objeto externo en lugar de tramitarlas mediante el afecto y la palabra”, sostuvo Picardi.
Y ahí vuelve el principio de toda la discusión: la infancia tiene sus propios tiempos. “Si cada vez que aparece una emoción displacentera la tapamos con una pantalla, el niño no desarrolla su capacidad de autorregulación”, avisó.
El desafío, entonces, no parece ser elegir entre tecnología sí o tecnología no. Tampoco encontrar una edad mágica a partir de la cual todo sea seguro. Los celulares ya forman parte de la infancia y difícilmente dejen de hacerlo.
La cuestión es otra: cómo acompañar esa realidad sin permitir que la velocidad de la tecnología termine imponiendo sus propios tiempos sobre los de los chicos.
Porque aprender a usar un celular puede llevar unos minutos. Aprender a esperar, frustrarse, jugar, imaginar, vincularse y poner en palabras lo que uno siente lleva bastante más.
Y ese tiempo no se puede acelerar.
“Proteger las infancias en el mundo digital no es una tarea que recaiga únicamente en las familias o en las escuelas, sino un compromiso compartido por toda la sociedad”, concluyó Picardi.