La IA (¿y el fin del mundo por venir?), en la visión de un experto bahiense
“Un sistema digital capaz de establecer sus propios objetivos y optimizarse de manera recursiva convertirá la asimetría biológica de nuestra especie en una obsolescencia funcional irreversible”, dijo el Dr. Ariel Fernández, licenciado en matemática en la UNS y doctor en físico-química por la Yale University.
Periodista. Círculo de Periodistas Deportivos de Bahía Blanca. Fue redactor de la revista Encestando (1985-2000). Desde 1987 trabaja en el diario La Nueva Provincia (hoy La Nueva.). Pasó por las secciones Deportes, La Región y La Ciudad, donde se desempeña actualmente. Está especializado en periodismo agropecuario desde 2001. Miembro de la Asociación Bonaerense de Periodistas Agropecuarios. Responsable de las páginas webs de la Asociación de Ganaderos (AGA) y de Abopa.
Voces varias y variadas de expertos, desde adentro y por fuera del sistema, han provocado un revuelo al asegurar que la inteligencia artificial —tal como la conocemos— poco menos que puede terminar con el mundo donde vivimos en esta misma década (o, en realidad, cuando se lo proponga).
“Geoffrey Hinton, pionero del aprendizaje profundo y laureado con los Premios Turing y Nobel de Física, ha quebrado el consenso corporativo con una advertencia severa: las arquitecturas de IA actuales no son meras herramientas de optimización estadística, sino sistemas que desarrollan capacidades de abstracción generalizada a una velocidad que supera con creces la escala humana”, admite el Dr. Ariel Fernández, licenciado en matemática en la UNS y doctor en físico-química por la Universidad de Yale, en los Estados Unidos.
“El peligro real estriba en la autonomía operativa; un sistema digital capaz de establecer sus propios objetivos y optimizarse de manera recursiva convertirá la asimetría biológica de nuestra especie en una obsolescencia funcional irreversible”, agrega.
La confirmación empírica de esta alarma motivó la reciente renuncia de Jacob Coxon, investigador clave en el preentrenamiento de modelos en Anthropic (paradójicamente, la firma constituida bajo la promesa de un desarrollo ético y alineado). Al abandonar la compañía, Coxon declaró de forma taxativa que los laboratorios han entrado en una dinámica competitiva desbocada hacia la superinteligencia autorreferencial, operando sin directrices de contingencia ni protocolos reales de control.
“La deserción de Coxon expone la gran vulnerabilidad del sector: la ilusión del alineamiento mediante parches conductuales externos (fine-tuning superficial o filtros de lenguaje), mientras el núcleo inferencial del sistema permanece inescrutable. Estos filtros externos actúan como un bozal lingüístico, pero no alteran la lógica interna del sistema, que sigue operando como una caja negra inaccesible”, añade el especialista, en diálogo con La Nueva.
Justamente, en su reciente libro titulado Artificial Conscience for the Quantum Physicist, publicado por la prestigiosa editorial científica CRC Press / Taylor & Francis, Fernández introduce —en su sexto libro en derredor de las fortalezas y las debilidades de la IA— un punto de inflexión crucial en esta narrativa global.
“En el texto se asume este desafío no como un dilema ético, sino como un problema estricto de arquitectura computacional. El alineamiento del humano y la máquina no puede ser una imposición punitiva externa; debe ser una propiedad emergente de la estructura algebraica del algoritmo”, dice.
La obra de Fernández propone una reestructuración interna del marco de inferencia de la máquina, implementando una función autorreferencial que actúe como un sensor epistemológico. Para que una inteligencia artificial superavanzada no ejerza una hegemonía ciega, debe ser capaz de evaluar conceptualmente la validez y el sentido de su propia trayectoria lógica, subordinando el potencia computacional a un marco de inteligibilidad compartida con el ser humano.
El debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial (IA) suele estar dominado por dos extremos simplistas que polarizan a la opinión pública.
“Por un lado nos encontramos con un tecno-optimismo ciego, promovido por las grandes corporaciones de Silicon Valley, que promete la resolución automática de todos los males mediante el uso de algoritmos sofisticados. Y por el otro chocamos con un alarmismo apocalíptico de raíz cultural que dibuja a las máquinas como villanos autónomos de ciencia ficción, listos para destruir o suplantar por completo a la especie humana”, relata.
La tesis central que se desprende de su perspectiva obliga a desviar la mirada del software y fijarla en un lugar mucho más profundo: la infraestructura financiera que costea estos proyectos y la ausencia de un marco ético interno en los propios sistemas de computación.
“La IA no es villana por sí misma; no posee maldad intrínseca ni intenciones ocultas. El verdadero peligro radica en que la arquitectura de inversión corporativa que dirige su desarrollo no está diseñada para el beneficio amplio de la sociedad, sino para la maximización del rendimiento económico a corto plazo”.
“Para corregir este rumbo peligroso, ya no basta con programar parches externos o reglas punitivas de conducta; se vuelve un imperativo histórico desarrollar una verdadera conciencia artificial que alinee de forma orgánica a los seres humanos y a las máquinas bajo un mismo propósito ético y de bienestar común”, agrega.
Desmontar el mito de la maldad de la IA —por decirlo de una manera— es el primer paso para un diagnóstico acertado.
“Las herramientas tecnológicas carecen por completo de voluntad propia, deseos o intenciones morales. Un algoritmo de optimización o un modelo de lenguaje masivo de última generación no experimentan codicia ni malicia. Son espejos matemáticos de los datos con los que han sido entrenados y de los objetivos específicos que sus ingenieros les han asignado”, afirma.
“Cuando un sistema automatizado toma una decisión que perjudica a una comunidad o perpetúa sesgos discriminatorios en procesos de contratación o concesión de créditos, no lo hace por crueldad. Lo hace porque está optimizando de manera fría y matemáticamente perfecta una función de coste diseñada sin sensibilidad social, o porque refleja las desigualdades históricas de nuestra sociedad”, añade.
“Catalogar a la IA como el enemigo público número uno es un grave error, ya que nos impide ver la verdadera raíz del problema. El software es solo el síntoma visible; la enfermedad estructural reside en las dinámicas socioeconómicas que determinan qué tipo de software se financia, quiénes controlan su desarrollo y para qué fines comerciales se despliega”, expresa Fernández, agregando que aquí es donde la crítica analítica a la infraestructura de inversión se vuelve un pilar fundamental.
“En el panorama global actual, el desarrollo de la IA de vanguardia no está siendo liderado por instituciones públicas orientadas al bien común, ni por consorcios académicos multidisciplinares enfocados en resolver las grandes crisis humanitarias de nuestro tiempo, como el cambio climático o la escasez de recursos. Por el contrario, la capacidad técnica y de cómputo está severamente concentrada en un puñado muy reducido de corporaciones transnacionales y firmas de capital de riesgo. Estos actores económicos operan bajo una lógica financiera implacable: la necesidad de ofrecer retornos de inversión exponenciales a sus accionistas en el menor tiempo posible”, explica.
Por otra parte, entiende que esta presión estructural crea un entorno de competencia feroz, donde la velocidad de lanzamiento al mercado se prioriza sobre la seguridad a largo plazo, la captura masiva de la atención del usuario se antepone a su salud mental y la automatización acelerada de puestos de trabajo se celebra sin prever mecanismos de transición para las economías locales.
“La infraestructura financiera actual, por tanto, no es conducente a un mejoramiento generalizado de la sociedad porque está diseñada para premiar la extracción masiva de valor y la centralización del capital en lugar de la creación de bienestar colectivo. Se financian prioritariamente algoritmos destinados a maximizar el tiempo de pantalla para vender publicidad personalizada, y no proyectos orientados a distribuir de manera justa recursos médicos o educativos”, dice.
“El modelo de negocio predominante ha convertido a la tecnología en una fuerza que tiende a ensanchar las brechas sociales existentes, no por un defecto técnico de los chips, sino por el diseño del propio sistema financiero que decide su nacimiento y evolución”, amplía.
Ingenio y creatividad
El investigador admite, no obstante, que la IA representa una de las manifestaciones más extraordinarias del ingenio y de la creatividad de nuestra especie. Del mismo modo, que culpar a los algoritmos de las crisis laborales contemporáneas o de la precarización económica es una distracción retórica peligrosa que exime de responsabilidad política a los verdaderos arquitectos humanos de estas dinámicas de mercado destructivas.
“El verdadero desafío ético de nuestra generación consiste en tener la valentía política de reconfigurar por completo el motor financiero y los incentivos económicos que impulsan esta revolución tecnológica”, asegura Fernández.
“En paralelo, debemos trabajar para dotar a los sistemas inteligentes de una brújula moral interna que sea inquebrantable. Es decir, debemos comprender que el verdadero progreso civilizatorio nunca se medirá por la velocidad de procesamiento de nuestros ordenadores”, dice el investigador egresado de la UNS, ya retirado de la Universidad de Chicago.
Asimismo, que el progreso se mide por el grado de compasión, equidad, justicia y dignidad que nuestras decisiones individuales y colectivas —y las herramientas que creamos para ejecutarlas— sean capaces de preservar y expandir para las generaciones venideras.
“La creación comprometida de una conciencia artificial no representa un lujo teórico; constituye el único camino racional para asegurar que las máquinas del mañana no se conviertan en nuestros destructores, sino en los aliados más valiosos en la tarea eterna de construir un mundo profundamente humano”.
Su libro no es un manifiesto filosófico abstracto, sino una propuesta técnica disruptiva nacida desde las fronteras de la ciencia dura, donde describe cómo un sistema de IA diseñado para el razonamiento simbólico neuronal puede ser dotado de una función introspectiva; es decir, una mirada hacia el interior que emula el “pienso, luego existo” humano, una característica de la que carecen por completo las herramientas comerciales actuales.
Lo novedoso de su enfoque es la aplicación práctica en el campo de la física cuántica. Su modelo de conciencia artificial implementa mapas semánticos novedosos y reestructuraciones integrales de redes para abordar problemas científicos considerados no computables bajo los principios estándares de la física tradicional.
Infraestructura soberana: el desafío físico de la IA en torno a Bahía Blanca
Siguiendo el mismo hilo, se entiende que el debate sobre los algoritmos autoconscientes y la reconfiguración de sus motores financieros no ocurre en el vacío digital, sino que requiere de una infraestructura física de escala monumental.
“Frente a la designación oficial de Bahía Blanca como un nodo estratégico y hub de desarrollo de inteligencia artificial (NdR: acuerdo firmado este 26 de agosto, en Colón 80, por representantes de los principales actores productivos, institucionales y educativos), surge el interrogante inmediato sobre dónde se albergará la descomunal capacidad de cómputo que demandan estos sistemas de vanguardia. La respuesta podría encontrarse a pocos kilómetros de la ciudad, en la comarca serrana del partido de Tornquist”, asegura Fernández.
“En este contexto cobra fuerza un proyecto a futuro que combinará recursos estratégicos con las necesidades críticas de la inteligencia artificial: la reconversión de la estancia que fuera propiedad del fallecido Ernesto Hilding Ohlsson, y que ahora pertenece a su viuda, Christine Walewska, y a los cuatro hijos del estanciero, para la instalación de un centro de datos (data center) de IA de última generación”, agrega.
También que Walewska es una célebre cellista internacional que los melómanos bahienses recuerdan, ya que fue solista en un concierto con la Orquesta Estable, y ofreció un concierto en el teatro Funke de Tornquist, en un evento sin precedentes para la comarca serrana.
“Los centros de datos dedicados al aprendizaje profundo consumen volúmenes masivos de energía y generan temperaturas extremas que exigen sistemas de refrigeración continuos y altamente eficientes. La ubicación de esta estancia ofrece ventajas geográficas y ecológicas inigualables dentro de la provincia de Buenos Aires. Por un lado, el microclima serrano provee temperaturas promedio más bajas que el llano, lo que reduce drásticamente el costo energético de enfriamiento. Por el otro, el predio cuenta con un gran reservorio subterráneo de agua y una corriente activa de agua superficial, reconocida históricamente por la pesca de truchas, elementos que configuran el recurso ideal para implementar sistemas de refrigeración líquida de ciclo cerrado y bajo impacto ambiental”, detalla.
“Esta iniciativa no solo complementa el ecosistema académico y científico de Bahía Blanca, sino que se alinea de forma directa con el marcado interés nacional por atraer inversiones en infraestructura tecnológica crítica hacia la Argentina. De concretarse, la comarca serrana de Tornquist dejaría de ser únicamente un refugio de belleza natural y cultura para transformarse en el soporte físico indispensable y sustentable de la IA del futuro”, concluye Fernández.