Bahía Blanca | Domingo, 08 de febrero

Bahía Blanca | Domingo, 08 de febrero

Bahía Blanca | Domingo, 08 de febrero

Historias mínimas

El trabajo periodístico abre puertas a lugares inaccesibles para el común de los mortales y permite entrevistar a figuritas difíciles o prófugos célebres.

Hotel Waldorf Astoria

No encontré mejor título que este que tomo prestado de Carlos Sorín, el director de la aclamada película ambientada en la Patagonia.

En las caminatas diarias que oxigenan el corazón se inspiran nuevos proyectos y también asoman momentos de la vida que por algo permanecen vivos en nuestra memoria.

El trabajo periodístico abre puertas a lugares inaccesibles para el común de los mortales. La Casa Blanca, el Kremlin, la Santa Sede, el Palacio del Pueblo de Pekín. También permite entrevistar a figuritas difíciles y hasta prófugos célebres, que por sus andanzas cada día se les hace más difícil moverse por el planeta sin que los atrapen.

Simples en apariencia, estas historias resisten el cesto de la papelera del olvido. Por algo perduran. Será por andar por el fuego sin quemarnos y sobrevivir para contarlas.

Roma, otoño del 92

A metros del Coliseo, junto al camarógrafo y el productor del ciclo Edición Plus que se emitía por Telefé, alquilamos un Fiat Tempra y emprendimos un viaje de 900 kms camino a la guerra de los Balcanes, como ir de Bahía a Bariloche de un tirón pero con mucha más adrenalina. Vimos de lejos Florencia, Venecia, Verona y Milán. Cruzamos la frontera en Trieste, pasamos por Eslovenia e ingresamos a Croacia. En el acceso a Zagreb nos detuvo un semáforo rojo. De la nada apareció un pibe rubio, de ojos azules. Con balde de agua y trapo en mano se abalanzó a limpiar el parabrisas, repleto de insectos estrellados durante la travesía. Nunca olvidé su rostro. Se ganó la propina. En la despedida nos saludamos con la mirada, esa que comunica tanto o más que la palabra.

Allí, por primera vez, sentí la presencia cercana de un tanque de guerra. Y por primera vez vi un trapito en acción, en el minuto exacto que dura la luz roja del semáforo. El tiempo necesario para contar esta historia y salvarla del olvido.

Croacia otoño del 92

Esa noche nos recomendaron cenar en un restaurante a las afueras de Zagreb, famoso por su especialidad en frutos del mar Adriático, a menos de 200 kilómetros de la ciudad. Al pedir el menú, el mozo nos indicó que debíamos acercarnos a una gran pecera a un costado del salón comedor: allí elegir el pez y el chef, con una pequeña red, lo capturaba vivo para cocinarlo de inmediato, según nuestra indicación.

Mientras aguardamos en la mesa me imaginé estar en la cubierta del Titanic. Frente a Venecia en la otra orilla del Adriático, a una hora de avión de Roma, sentados en un restaurante europeo aguardando una cena de primer mundo. Y la guerra ahí nomás, pisándonos los talones.

Polonia, primavera del 90

Camino a Europa en el avión presidencial para cubrir la gira del presidente Menem por Italia, Polonia y Rusia. La exUnión Soviética se desintegraba, Gorbachov comandaba la Perestroika. Luego de visitar a Juan Pablo II en el Vaticano arribamos a Varsovia. La capital polaca era literalmente gris: los edificios, el transporte público, el hotel donde nos alojamos.

Al día siguiente viajamos a los astilleros de Gdansk, sobre el Báltico. Menem quería conversar con el dirigente obrero y futuro presidente Lech Walesa, que por entonces era perseguido por el régimen y se movía en la clandestinidad. El frío congelaba las manos. En vez de cobijarse con un abrigo largo, Menem llevaba un poncho que le cubría apenas los hombros y el cuello.

De pronto, rodeado por polacos de espalda ancha y lentes oscuros, apareció Walesa. Se saludaron a las apuradas y sin mucho protocolo se alejaron para conversar a solas, lejos de miradas y oídos indiscretos. Cuando finalizó el diálogo y la comitiva partió rumbo al aeropuerto, vi el poncho presidencial apoyado en el respaldo de una silla. Era de vicuña: lo confirmé al comprimirlo con una mano. Esperé la oportunidad para devolverlo. Fue en el vuelo rumbo a Moscú. Me anuncié, ingresé a su espacio reservado, lindante con la cabina de mando y le dije dónde lo había encontrado y se lo di.

Menem estaba distendido en un sillón giratorio, con un jogging deportivo blanco y el traje de ceremonia oficial en el ropero. Me agradeció con énfasis. Sentí que le devolvía algo más que un poncho. Efectivamente, me dijo que era un legado familiar. Este episodio lo relaté en la revista SOMOS, en un recuadro titulado: “Gdansk, donde Menem (no el diablo) perdió el poncho…”.

Rusia, primavera del 90

El programa de la visita oficial a Rusia comenzaba con un encuentro entre Menem y Mijaíl Gorbachov en el Kremlin. El Presidente llegó acompañado por la comitiva integrada por ministros, el sindicalista Diego Ibáñez y el presidente de la Casa de la Moneda, Armando Gostanián. Junto a ellos, los tres periodistas que cubríamos la gira aguardábamos el ingreso de Gorbachov cuando, de repente, en medio del silencio comenzó a escucharse un sonido tenue pero audible de la marcha peronista en versión instrumental.

Los agentes de seguridad del Kremlin se miraban desconcertados, intentando descubrir de dónde provenía esa música exótica para ellos. Gostanián permanecía inmutable, manos atrás, como el resto de la delegación. Luego supimos que había sido él quien activó el mecanismo de un pequeño llavero musical que reproducía la famosa marcha del partido de Perón. Por estas cosas insólitas a Gostanián lo habían bautizado Don Fulgencio, personaje de historieta, el hombre que no tuvo infancia.

EEUU, extraños en la noche, primavera del 89

Fui enviado para cubrir la visita oficial del presidente Menem a los Estados Unidos. El presidente George Bush (padre) lo recibió en el Salón Oval de la Casa Blanca. Entrar allí, respirar ese aire cargado de secretos, estar en la sala de conferencias parado frente al atril desde donde hablan los presidentes. Una experiencia única, inolvidable.

De Washington volamos a Nueva York. El Presidente se hospedaba en el legendario hotel Waldorf Astoria. Los periodistas compartimos una habitación, la más económica, sin vista a la calle, al alcance del viático diario que disponíamos. Siempre es recomendable estar cerca de las fuentes y el lobby del hotel era el punto de encuentro para obtener información. Esa noche antes de regresar a la habitación, en el pasillo que comunicaba con el restaurante, escuchamos una discusión entre personal del hotel y extraños en la noche que rodeaban al hombre de polera negra y cabello canoso, que fugazmente pasó frente a nosotros. Cuando volvió la calma me acerqué a un empleado y le pregunté qué había ocurrido.

--Es Frank Sinatra que se estaba retirando del hotel-- respondió sin sorprenderse, con la naturalidad de algo cotidiano. Efectivamente, el Waldorf Astoria era su casa. Hasta 1987 fue su residencia permanente. Se alojaba en un ático exclusivo del hotel, por el que abonaba un millón de dólares anuales, algo así como 85 mil dólares por mes. Por si algo faltara, Sinatra había debutado allí en 1944.

Esa noche entendí que el periodismo también requiere un poco de suerte, estar en el lugar justo en el momento indicado y no dejar que una historia, por simple y fugaz que parezca, se escurra como agua entre los dedos.

(Continuará)