Entre el miedo y el desánimo: cómo impactan tantos días de lluvia en los bahienses
Tras las catástrofes climáticas, el cielo encapotado puede despertar recuerdos difíciles y reactivar la sensación de peligro.
Periodista y comunicadora. Forma parte del equipo de redacción de La Nueva desde 2022, donde cubre eventos locales, nacionales e internacionales, generando contenido para las ediciones impresa y digital, además de sus redes sociales.
En Bahía Blanca, mirar el cielo ya no siempre es un gesto inocente. Para algunos, las nubes anuncian una jornada de lluvia; para otros, pueden ser el comienzo de una preocupación que cuesta apagar.
Revisar el pronóstico, prestar atención al ruido del viento, observar cómo cae el agua o preguntarse si las calles volverán a inundarse son acciones que, después de las catástrofes climáticas que golpearon a la ciudad, adquirieron un significado diferente.
Por estos días, la sucesión de jornadas grises y lluviosas vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que va más allá de lo meteorológico: ¿qué pasa con el ánimo de una comunidad que todavía guarda las huellas de lo que vivió?
El 16 de diciembre de 2023 y el 7 de marzo de 2025 quedaron grabados en la memoria de Bahía Blanca. Fueron acontecimientos que alteraron la vida cotidiana, dejaron pérdidas y cambiaron la relación de muchos vecinos con el agua, el viento y las alertas. En ese contexto, una nueva seguidilla de lluvias y lloviznas puede despertar algo más que incomodidad o desánimo.
"La lluvia puede dejar de ser un fenómeno meteorológico cotidiano y convertirse en una señal asociada al peligro", explica la psicóloga Guillermina Aramendi (MP 871).
La especialista señala que, cuando una persona atraviesa una situación que amenaza su integridad, su seguridad o la de sus seres queridos, el sistema nervioso puede permanecer más atento a las señales que podrían indicar que el peligro vuelve a presentarse.
"Es una respuesta de protección: el organismo aprende a reconocer aquello que, en una experiencia anterior, estuvo asociado a una amenaza", agrega.
Así, un pronóstico de lluvias puede reactivar el miedo, la angustia o la necesidad de comprobar constantemente las alertas, incluso en personas que sentían que habían recuperado cierta tranquilidad. El sonido de una tormenta, las ráfagas de viento o la oscuridad del cielo también pueden funcionar como disparadores de recuerdos difíciles.
El cuerpo recuerda lo que pasó
No siempre hace falta que ocurra una nueva emergencia para que reaparezca la sensación de peligro. A veces, alcanza con una señal que remita a lo vivido.
Aramendi explica que algunas personas pueden experimentar taquicardia, tensión muscular, inquietud, dificultades para dormir o una necesidad permanente de controlar qué sucede afuera. Otras pueden tener imágenes involuntarias de lo ocurrido o sentir que, emocionalmente, vuelven a aquel momento.
Esto se relaciona con los mecanismos de aprendizaje y memoria asociados al miedo: el cerebro establece conexiones entre determinados estímulos y las situaciones de amenaza atravesadas, con el objetivo de anticiparse y protegernos.
En una ciudad que sufrió una inundación de semejante magnitud, además, el impacto no se limita a las experiencias individuales.
"No hablamos únicamente de experiencias individuales. Existe una dimensión colectiva: compartimos imágenes, relatos, pérdidas, preocupaciones y recuerdos. La lluvia puede activar esa memoria común, aunque cada persona la experimente de manera singular", sostiene la psicóloga.
Por eso, una misma jornada puede transcurrir de maneras muy distintas para quienes viven en la ciudad. Mientras algunos continúan con sus actividades sin mayores dificultades, otros pueden sentir temor, permanecer pendientes de las alertas o experimentar una inquietud que no consiguen explicar del todo.
En ese sentido, la especialista plantea una distinción importante: que vuelva el miedo no significa necesariamente que una persona haya retrocedido en su recuperación. "A veces significa que algo de aquella experiencia todavía necesita ser elaborado", afirma.
Cuando el cielo gris también pesa en el ánimo
Pero el impacto de una seguidilla de días nublados y lluviosos no se limita a quienes relacionan las precipitaciones con las inundaciones. La falta de luz natural, los cambios en las rutinas y la reducción de las actividades al aire libre también pueden modificar el estado de ánimo, la energía y la motivación.
La disminución de la exposición a la luz natural puede influir en los ritmos de sueño y vigilia, mientras que permanecer más tiempo en casa y reducir los encuentros sociales puede generar una sensación de encierro, apatía o desánimo.
En una ciudad donde el clima adverso también puede despertar recuerdos de situaciones traumáticas, ambos factores pueden superponerse: al malestar que generan las jornadas grises se suma, en algunas personas, la preocupación por la posibilidad de que vuelva a ocurrir una catástrofe.
Sin embargo, Aramendi advierte que es importante no patologizar estas respuestas.
"Sentirnos con menos energía o más introspectivos durante algunos días no significa necesariamente que estemos atravesando un problema de salud mental", señala.
La manera en que cada persona atraviesa estos períodos depende de sus experiencias, sus condiciones de vida y los recursos con los que cuenta. Por eso, el malestar no puede explicarse solamente por el clima: también importa el significado que adquiere esa situación para cada uno.
Entre la prevención y la ansiedad
Después de una inundación, estar atentos al pronóstico no solo es comprensible: también puede ser necesario. La dificultad aparece cuando la preocupación empieza a ocupar cada vez más espacio y limita la vida cotidiana.
La psicóloga señala que la diferencia no está simplemente en sentir miedo, sino en observar su intensidad, su duración, su relación con las condiciones objetivas y el impacto que tiene en las actividades diarias.
La necesidad de comprobar el pronóstico de manera constante, la imposibilidad de descansar, la anticipación permanente del peor escenario o una sensación de peligro que no disminuye aun cuando se dispone de información tranquilizadora pueden ser señales de que la ansiedad se está volviendo más difícil de manejar.
También conviene prestar atención cuando el temor lleva a evitar salir, trabajar, dormir o realizar actividades necesarias por miedo a que vuelva a ocurrir una inundación.
En esos casos, no alcanza con decirle a alguien que se tranquilice o que lo peor ya pasó. Para Aramendi, es necesario reconocer lo que siente, ayudarlo a recuperar la sensación de seguridad y ofrecer información confiable sobre las condiciones actuales.
Esto implica encontrar un equilibrio entre mantenerse informado y quedar atrapado en un estado de alerta permanente. Consultar los canales oficiales, seguir las recomendaciones de las autoridades y evitar la exposición continua a rumores, imágenes o mensajes alarmistas son algunas de las medidas que pueden ayudar.
Frente a un entorno que vuelve a sentirse incierto, recuperar algunas rutinas puede ser una forma de cuidado. Sostener horarios de descanso, alimentarse adecuadamente, realizar las actividades posibles y reservar espacios para el disfrute contribuye a restablecer cierta previsibilidad.
También es importante reconocer las emociones sin juzgarlas. Poder decir "tengo miedo porque recuerdo lo que pasó" puede ser más útil que exigirse no sentir temor.
Hablar con familiares, amigos, vecinos o personas de confianza permite compartir las preocupaciones y evitar que queden encerradas en la experiencia individual.
En ese punto, la dimensión comunitaria adquiere un papel central. La solidaridad entre vecinos, las instituciones y las organizaciones comunitarias pueden ayudar a restablecer la sensación de seguridad, especialmente cuando las experiencias difíciles afectaron a una comunidad entera.
"Desde una perspectiva comunitaria, el cuidado no consiste únicamente en aprender a gestionar lo que sentimos. También implica construir entornos más seguros, fortalecer las redes de apoyo y garantizar que las personas tengan acceso a información y recursos", plantea Aramendi.
La especialista también destaca la importancia de respetar los tiempos de cada persona. No todos procesan las experiencias difíciles de la misma manera ni al mismo ritmo. Algunas personas pueden encontrar sostén en sus vínculos y redes comunitarias; otras pueden necesitar acompañamiento terapéutico individual. En ocasiones, ambas dimensiones son necesarias.
Cuándo pedir ayuda
El miedo, la angustia, la irritabilidad, la tristeza o las dificultades para dormir pueden aparecer frente a situaciones que recuerdan una experiencia difícil. En muchos casos, estas respuestas fluctúan y disminuyen cuando se recupera la sensación de seguridad.
Sin embargo, es importante consultar con un profesional de salud mental cuando el malestar persiste, aumenta o empieza a interferir significativamente en la vida cotidiana.
La presencia de crisis de angustia frecuentes, varias noches sin poder dormir, un estado de alerta constante, el aislamiento, la evitación de actividades necesarias, las pesadillas o la sensación persistente de estar reviviendo lo ocurrido son algunas de las señales que conviene atender.
"Pedir ayuda es una forma de cuidado y una posibilidad de elaborar la experiencia con acompañamiento", afirma Aramendi.
En una ciudad atravesada por dos catástrofes climáticas en poco más de un año, el cielo gris puede despertar sensaciones que van mucho más allá del desánimo. Para algunos bahienses, la lluvia todavía está asociada a la incertidumbre de no saber qué puede pasar.
Aprender a convivir con esos recuerdos, reconocer las emociones que despiertan y encontrar espacios de contención también forma parte de la reconstrucción. Una reconstrucción que no se mide solamente en infraestructura, sino también en la posibilidad de volver a sentirse seguros.