Bahía Blanca | Domingo, 04 de diciembre

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El ciudadano ilustre

Juan Carlos Cabirón, mucho más que el primer intendente desde la vuelta de la democracia.

Fotos: archivo-La Nueva.

 

Por Mariano Buren / elpais@lanueva.com

 

   Si es verdad que, como afirmaban los románticos alemanes del siglo XVIII, existe un zeitgeist, un espíritu de época que explica cabalmente las ideas, palabras y acciones temporales de cada sociedad, el segundo semestre de 1983 fue para los argentinos una etapa decididamente atravesada por la esperanza.

   El retorno del sistema democrático después de siete años de barbarie y oscurantismo militar representaba entonces mucho más que una simple campaña proselitista, seguida de un escrutinio, un puñado de festejos callejeros y un acto formal para el traspaso del mando.

   Aquello se trató más bien de una epopeya, una gesta verdaderamente nacional y popular que quedó sintetizada a la perfección en uno de los spots del candidato radical, Raúl Alfonsín: "Más que una salida electoral, es una entrada a la vida".

   Así lo entendían todos, más allá de los sentimientos partidarios.

   Bahía Blanca, por supuesto, no fue ajena a ese clima de efervescencia, compromiso y renacimiento que parecía desbordar a cada ciudad y pueblo del país.

   Ese fenómeno pudo percibirse desde el arranque de la campaña a nivel local: en cada acto, afiche o pintada callejera, los bahienses se encolumnaban detrás de sus postulantes con el fervor de quienes son conscientes de que están escribiendo una página de historia en tiempo real.

   De entre los 234 mil habitantes, unos 130 mil mayores de 18 años estaban habilitados para votar. 11 de ellos eran, además, candidatos a la intendencia.

   ¿Quiénes eran los aspirantes al Sillón de Bordeu? En la grilla de nombres figuraban el abogado Juan Carlos Cabirón (UCR), el dirigente gremial Ezequiel Crisol (PJ), el ingeniero químico Lionel Ramos (MID), el agrimensor Luis Bottazzi (Alianza Federal), el arquitecto Jorge Prieto (PI), el fomentista Angel Pilotti (Socialismo Auténtico), el médico Norberto González Codony (Democracia Cristiana), el bancario Juan Larrea (PC), el ferroviario Osvaldo Ceci (MAS), el gremialista Dionisio Achares (PO) y el comerciante Aldo Buffa (FIP).

   “Algunos querían ir de diputados, de senadores, de concejales, pero de intendente no quería nadie. Yo digo: ¿Qué puede pasar? ¿Que salga segundo? No tenía posibilidades de ganar en los papeles”, contó Cabirón alguna vez, al recordar la trastienda de esas elecciones.

   Como es sabido, el triunfo del radicalismo aquel 30 de octubre fue tan contundente como sorpresivo: Alfonsín aplastó a Italo Luder en la carrera presidencial, el saladillense Alejandro Armendáriz superó holgadamente a Herminio Iglesias en la elección para gobernador, y Cabirón, con el 54,36 % de los votos, derrotó por 24 puntos a Crisol.

   Casi 40 años después todos coinciden en que su gestión al frente de la comuna fue, más allá de los avatares económicos que caracterizaron a los '80, un símbolo de austeridad, de convivencia pacífica y democrática. Con carácter firme pero cordial.

   “Era una responsabilidad. Estabas en la mirada de todos. Había que salir adelante y salir bien. Pero yo fui inflexible, el que se mandaba una macanita volaba. Si la hubo, no me enteré, pero si me enteraba, a otra cosa”, reveló en una entrevista.

   El historiador Hernán Molina enumera en su libro “Intendentes de Bahía Blanca, 1886-2003” algunas de sus principales obras como jefe comunal: la ampliación del sistema de aguas corrientes para reducir las canillas públicas, la extensión de la red de gas natural a Harding Green, Villa Floresta, Cerri y Cabildo, la conclusión del entubado del Napostá entre las calles Casanova y Brown, el aumento de la capacidad de atención del Hospital Municipal, la organización de los festejos por el Centenario de White, la creación del Museo del Puerto, la apertura del acceso al barrio Patagonia desde 14 de Julio, la inauguración de salas médicas en Bordeu y Villa Nocito, y la pavimentación de 170 cuadras.

   Pero al margen de la Memoria y Balance, hay otro dato significativo.

   No sólo quienes lo acompañaron, sino también muchos de los que entonces eran sus rivales políticos señalan con cierta nostalgia que ese hombre fue posiblemente el último intendente bahiense con un marcado perfil de vecino.

   Es decir, alguien que aparecía en el título principal del diario, en una entrevista radial o en el noticiero de la noche pero que, al mismo tiempo, se lo podía encontrar en un comercio, en la parada del colectivo o en un partido del torneo de básquet. Un tipo común, al que las caprichosas vueltas de la política lo llevaron a protagonizar la reconstrucción de la democracia en la ciudad.

   “Digamos que tuve criterio y suerte. Y armé un buen equipo de colaboradores”, reflexionó al ser consultado sobre su paso por Alsina 65.

   Los datos biográficos siguieron, lógicamente, acumulándose con los años: fue nuevamente jefe comunal en 1987, precandidato a gobernador en 1991, diputado nacional entre 1993 y 1997, interventor en la Dirección Nacional de Pesca y Agricultura en 2000, y precandidato a intendente en 2015. En paralelo, siempre siguió bien de cerca los vaivenes de comité.

   Hoy, a los 82 años, la mención de su nombre sigue generando tanto respeto como en aquel lejano 1983 que cambió a Bahía y a la Argentina para siempre.

   “Así como Raúl Alfonsín es un ícono de la democracia para el país, en la ciudad ese ícono es Juan Carlos Cabirón”, se escuchó la semana pasada en el Concejo Deliberante, en medio de los discursos de la ceremonia en la que se lo reconoció como “Ciudadano Ilustre”.

   Un homenaje a un hombre, pero también a toda una época.