Bahía Blanca | Miércoles, 29 de junio

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El balcón de Pilatos y el hilo del telégrafo: los últimos en llegar a la manzana fundacional

Muy a pesar de todo, aquellas huellas fundacionales, esas primeras obras precarias pero tan significativas, desaparecieron para siempre.  Apenas comenzó el siglo XX todos estos inmuebles fueron demolidos.

Archivo La Nueva.

Por Mario Minervino / mminervino@lanueva.com

   El 11 de abril de 1828 los hombres que integraban el grupo fundacional de nuestra ciudad acompañando al coronel Ramón Estomba pusieron manos a la obra y palas en la tierra para iniciar la construcción del fuerte que daría la necesaria e indispensable protección a los primeros habitantes ante la certera amenaza de los indígenas que habitaban esta zona de la provincia.

   No era una muralla china, claro, pero la tarea demandaría enormes esfuerzos para completar sus mil metros de extensión (cuatro lados de 262 metros) además de un foso perimetral. La misma tierra que se extraía de la zanja se utilizaba para construir el muro defensivo, de cuatro metros de alto por dos de ancho. En las cuatro puntas del trazado se ubicaron los baluartes, que daban forma a la característica forma estrellada, ventajosa para ubicar los cañones y establecer fuego cruzado ante un eventual ataque.

   Otro grupo se dedicó a elaborar los ladrillos de adobe y paja y a ordenar todo el material llegado por el mar para armar ranchos y demás componentes de la fortaleza. 

   A partir de 1878, la denominada Campaña al Desierto liderada por Julio Argentino Roca puso punto final a la presencia de los indígenas y el fuerte dejó de tener razón de ser. Poco a poco sus partes se fueron demoliendo para dar lugar al primer trazado del pueblo. 

   La manzana fundacional –Vieytes-Brown/Estomba-Chiclana, entre Moreno y O’Higgins- quedó rápidamente seccionada en dos con el trazado de una calle central --hoy parte de la avenida Colón— luego de que la mitad de su superficie fuera cedida al municipio, quedando el resto en manos del estado nacional. 

El balcón de Pilatos y un hilo suelto

   Hacia fines del siglo XIX apenas un par de edificios quedaban de pie en el sector que ocupara la fortaleza. Uno en particular era el que más actividad registraba. En su fachada, sobre calle Estomba, se destacaba una construcción de dos plantas, con un portal de acceso y una puerta de hierro que se cerraba por la tarde. 

   Ese edificio estaba organizado en varias salas donde funcionaba el correo, el telégrafo, la receptoría de rentas, oficinas varias, letrinas, la cocina y el típico zaguán. 

   Sobre el portón central se ubicaba, en altos, un local con balcón, al que los vecinos llamaban “el balcón de Pilatos”. No se sabe sí porque alguien se lavó las manos luego de tomar alguna decisión en tiempos complicados –emulando al prefecto romano Poncio Pilatos-- o simplemente como producto de una ocurrencia popular.  

   En una instalación completamente precaria, por una de las ventanas de planta baja ingresaba a una de las salas el hilo del telégrafo, el único medio de comunicación del pueblo con el país.

   Sobre la calle bautizada Buenos Aires (hoy avenida Colón), que cruzaba el fuerte, se ubicaba la cuadra, el característico edificio organizado en tira con las habitaciones de los soldados.

   De estos edificios se puede dar cuenta gráfica a partir de un par de fotografías fechadas en 1881. Una que muestra el exterior del edificio con su singular balcón, la otra tomada en el patio, posiblemente por la necesidad de disponer de buena luz para realizar la toma. 

   Es en esta última donde más detalles se pueden apreciar de su funcionamiento como correo: las mesas con los operadores de los aparatos Morse, cada uno con su palanquita, las balanzas para pesar la correspondencia, los testafeteros y los repartidores de carta, a pié y a caballo.

   Apenas comenzó el siglo XX todos estos inmuebles fueron demolidos. En 1904, en la esquina de la avenida Colón y Estomba se construyó el primer edificio del banco de la Nación Argentina (actual Aduana), dando lugar a otro paisaje urbano, con otra arquitectura y otras pretensiones. 

   Muy a pesar de todo, aquellas huellas fundacionales, esas primeras obras precarias pero tan significativas desaparecieron para siempre, incluso de la memoria de los nuevos pobladores que por miles comenzaron a llegar a La Gran Perla del Sur, a La Liverpool sudamericana, a una ciudad de la que muchos presintieron su gloria mundial.