La economía acelera de la mano de la inversión

22/12/2017 | 18:55 |

Por
Pablo Wende

   Los datos divulgados por el INDEC relacionados al tercer trimestre arrojaron un balance favorable, en línea con lo que venían estimando los analistas privados. La economía se encamina a crecer el 3%, o al menos un valor que terminaría rozando esa marca. El nivel de actividad superó el pico que se había registrado en septiembre de 2015, apenas un mes antes de las elecciones presidenciales de ese que de todas maneras terminó perdiendo el oficialismo. Esta situación permite afirmar que a partir de ahora lo que se agrega en materia de aumento de actividad será ya crecimiento genuino y no una mera reactivación tras la pronunciada caída de 2016.

   El aumento del PBI en el tercer trimestre llegó a 4,2% en términos interanuales, lo que confirma una aceleración luego de un arranque del año más tímido. Pero se trata de una mejora que tiene un aspecto particular: la inversión empieza a tomar un protagonismo mayor, mientras que el consumo no termina de repuntar. En ese sentido, el modelo es bien diferente al que caracterizó el período kirchnerista, donde claramente era la demanda interna la que impulsaba la recuperación.

   Según la información oficial, la inversión trepó más de 13%, mientras que el consumo apenas lo hace a niveles cercanos al 2,5%. La suba de las tasas de interés, el incremento de las tarifas y la aparición de otras opciones como los créditos hipotecarios están poniéndole un límite a la demanda interna. Además, se observa un desvío de comercio, con un récord de viajes al exterior. Eso significa que más gente termina realizando sus compras en países limítrofes o en otros destinos internacionales. Ropa y artículos electrónicos serían los productos más afectados por esta tendencia.

   Las ventas en los shoppings y en los supermercados evidencian esa tendencia, con flojos resultados interanuales, claramente muy rezagadas en relación con el resto de la actividad económica.

   Pero como contracara todo indica que el repunte de la inversión llegó para quedarse. No fue la “lluvia” que anunció Mauricio Macri al inicio de su presidencia, pero claramente ya se empieza a ver una clara reacción. El sector agropecuario empezó liderando, con muchas compras de maquinarias, pero este año fue clave la obra pública y de la mano de ella la construcción. El gran éxito que obtuvo el Gobierno en la licitación de energías renovables también evidencia este interés por hacer apuestas de mediano y largo plazo, en un sector clave para la economía.

   En 2018 será clave el funcionamiento de los programas público-privados (PPP), un esquema copiado de experiencias ya exitosas en países europeos como Inglaterra pero también en Latinoamérica, especialmente el caso de Perú. En este caso se trata de obras llevadas adelante por empresas locales o internacionales, que son repagadas por el Estado en un plazo de varios años. Para que esto funcione hay dos requisitos centrales: que los inversores privados confíen en la capacidad del Gobierno de honrar sus compromisos, pero también que no demanden una tasa de interés excesivamente alta para llevar adelante el proyecto con la promesa de un futuro repago.

   El triunfo oficialista en las elecciones de octubre debería servir además como un espaldarazo para aquellos que tienen planes de inversión. No sólo porque representa un reaseguro respecto del rumbo elegido, sino también porque se alarga el horizonte de planificación. La principal tesis que se maneja hoy en el ámbito inversor es que Cambiemos tendrá continuidad en el poder por lo menos hasta 2023.

   De los últimos datos incluidos en el balance de pagos también surge que está tomando impulso la inversión extranjera directa, que sólo en el tercer trimestre superó los USD 2.800 millones, más que duplicando la cifra del año pasado. Lo más relevante, sin embargo, pasa por las decisiones de los empresarios argentinos. Como suele suceder cada vez que hay un proceso de mejora en mercados emergentes los que primero reaccionan son los locales.

   El nivel de inversión en relación al PBI había llegado a un mínimo de 15% en la última etapa del kirchnerismo, el año pasado prácticamente no se movió y terminaría el 2017 en niveles del 17%. Se espera que el año próximo ya está en alrededor del 18%.

   La recuperación económica basada en la inversión en vez del consumo tiene algunos efectos poco conocidos en economías como la Argentina, que por lo general dependen casi exclusivamente del consumo. Se trata de un crecimiento más lento, pero al mismo tiempo con base más sólida. Por otra parte, no se produce el típico recalentamiento por una demanda que termina superando la oferta de bienes y por lo tanto se refleja en un salto de precios. Esto fue lo que sucedió a partir de 2006-2007, cuando un consumo recalentado por bajísimas tasas de interés y un proceso de fuerte emisión monetaria terminó impulsando la inflación al nivel de dos dígitos que se mantiene hasta hoy.

   La apuesta es que el proceso de crecimiento se produzca ahora con base más solidas, sin grandes saltos pero en forma más constante en los próximos años. Al mismo tiempo, la continuidad de este proceso resultaría clave para enfrentar los grandes desafíos que tiene el país, especialmente en materia de una infraestructura que precisa decenas de miles de millones de dólares para recuperar el terreno perdido en los próximos años.

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