Bahía Blanca | Miércoles, 05 de octubre

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La Nueva Roma que fue soñada hace 150 años

Nueva Roma no sólo se resume a la ostentosa denominación de un simple caserío ubicado a 40 kilómetros al oeste de nuestra ciudad, sino que atesora el mérito de haber sido sede de uno de los capítulos más apasionantes y trascendentes de la historia local. Corría febrero de 1856 cuando 600 soldados, en su mayoría italianos, comandados por el coronel Silvino Olivieri, llegaban a ese paraje, para fundar una colonia y cambiar, siempre y cuando las circunstancias no lo requiriesen, las armas por el arado.


 Nueva Roma no sólo se resume a la ostentosa denominación de un simple caserío ubicado a 40 kilómetros al oeste de nuestra ciudad, sino que atesora el mérito de haber sido sede de uno de los capítulos más apasionantes y trascendentes de la historia local.


 Corría febrero de 1856 cuando 600 soldados, en su mayoría italianos, comandados por el coronel Silvino Olivieri, llegaban a ese paraje, para fundar una colonia y cambiar, siempre y cuando las circunstancias no lo requiriesen, las armas por el arado.


 Al divisar desde una loma el lugar, les pareció ver el escenario de su añorada metrópoli o, quizás, la nostalgia hizo que vieran sólo lo que querían ver.


 De todas formas, aunque estas no fueran las siete colinas de Roma y este arroyo no resultase el fangoso Tíber, ambos elementos de la naturaleza estaban presentes en medio de la agreste geografía pampeana. De allí el nombre con el que naciera a la civilización el hasta entonces indómito paraje.


 La historia se inicia a mediados del siglo XIX, cuando el gobierno de la provincia de Buenos Aires decide fundar colonias agrícolas militares, con el fin de proteger la frontera de las invasiones indígenas.


 En ese marco, el 17 de noviembre de 1855, se dispuso el establecimiento de la primera, a manera de ensayo, compuesta por 600 hombres, sujetos a las mismas ordenanzas del ejército.


 "Su misión --afirmaba Felipe Caronti-- era la de propender al adelanto de Bahía Blanca, que sería, por el momento, su punto de residencia, pero reservándose el gobierno el derecho de enviarlos donde creyere más conveniente".


 Los integrantes de la Legión Agrícola Militar llegaron a la desembocadura del Napostá, donde estaba el Puerto Viejo, el 3 de febrero de 1856.

El cólera




 Según sostuvo el historiador Antonio Crespi Valls, con la Legión Agrícola Militar, ingresó la terrible epidemia de cólera asiático o cólera morbo, causando la muerte de la mitad de la población bahiense, cristiana e india.


 Sin embargo, no menos cierto es que, gracias a los legionarios, Bahía Blanca tuvo su primera imprenta y se nutrió de familias que luego desempeñarían roles importantes en el plano político, económico y social, entre otros méritos.

La tierra prometida




 Luego de estudiar cuidadosamente las condiciones de defensa, agua potable y tierra apta para el cultivo, decidieron fundar la colonia a 40 kilómetros al oeste de Bahía Blanca.


 La ubicación del campamento se realizó en proximidades del arroyo Sauce Chico, con puestos de vigilancia en vados y en dos alturas, una frente a la otra, arroyo por medio.


 Los primeros días transcurrieron con la construcción de endebles ranchos para abrigo e instalaciones defensivas, que luego deberían ser reemplazadas por habitaciones de material, ladrillo cocido y cal, empleando la piedra caliza abundante en las colinas aledañas.


 Crespi Valls consideró que la ausencia de bosques de caldenes y algarrobos en las cercanías llevó a los legionarios a diezmar las plantaciones de sauces y álamos que Rosas había dejado en los taludes del zanjón abierto en 1834, al regreso de su Expedición al Desierto.


 Al cabo de unos meses, los episodios que siguieron son tan conocidos como confusos. Un grupo de soldados se rebeló contra Olivieri, quien fue asesinado junto con el capellán Casani y el asistente Tomaello.


 Algunos sostienen que el temperamental comandante había sido cruel y despiadado con sus subordinados, aunque la única constancia cierta es que, luego de su muerte, el contingente de legionarios se disgregó.


 Pese al paso de los años, aún puede verse, en la cima de una colina, el enorme pozo cavado en la roca caliza, donde fuera guardado (durante cuatro meses, hasta su posterior inhumación en Buenos Aires), el cadáver de Olivieri.


 También, sobre la falda de dicha elevación, se advierte la presencia de una cueva de respetables dimensiones, que luego se bifurca en lóbregas galerías.

¿Mito o realidad?




 Ambos elementos aún siguen siendo un enigma del pasado. Mientras que algunos historiadores, basados en testimonios de la época, sostienen que las construcciones en la piedra fueron utilizadas como crueles prisiones, donde los castigados permanecían días enteros engrillados y sometidos a toda clase de tormentos, otros, por el contrario, descartan de plano tal posibilidad.


 Cuando, en 1879, pasó por el lugar el ejército del general Julio Roca, un naturalista llamado Döering, que integraba la expedición, se decidió a descender al foso, sujetándose con una soga.


 Pese a la decisión manifestada por el científico y la curiosidad de los demás integrantes de la expedición, al poco tiempo de haber llegado al fondo de la excavación, comenzó a pedir a gritos que lo subieran nuevamente.


 Según su relato, la presencia de ácido carbónico (sic) en el foso lo llevó a afirmar que nadie habría sobrevivido allí ni siquiera dos minutos.


 Sin embargo, Guillermo Pérez Biocca, propietario de la estancia Santa María, donde se encuentra el sitio, ofreció un punto de vista diferente.


 "No creo en ese relato. Yo mismo bajé, hace muchos años, al foso y pude respirar perfectamente", argumentó.


 Pérez Biocca supo matizar su actividad como productor agropecuario con las de ferviente defensor de nuestras tradiciones gauchescas. En tal sentido, atesora varios elementos de aquellos tiempos, como una moneda de la Confederación, acuñada en 1851, junto con estribos y espuelas del período rosista, hallados en la zona.


 "También logré recuperar parte de una carabina Remington empleada por los legionarios italianos, entre otros tesoros", comentó.


 Hoy, ya no queda nada de aquella Roma soñada. Tan sólo perduran las excavaciones, el misterioso foso y los hoyos perforados a barreta, para alojar los mástiles de las banderas argentina e italiana.

Adrián Luciani/"La Nueva Provincia"