El patio de atrás
Para quienes nos criamos en casas sin escaleras ni ascensores, representa algo totalmente diferente al sentido de espacio cautivo que le asigna la política.
Después del triunfo en el balotaje, el presidente Lula volvió a reiterar que Brasil no acepta ser el “patio trasero” de nadie. Una metáfora dirigida al presidente Trump para afirmar que su país rechaza la sumisión a Estados Unidos y reivindica su independencia y autodeterminación.
Para quienes nacimos y nos criamos en casas sin escaleras ni ascensores, el patio de atrás representa algo totalmente diferente al sentido de espacio oscuro y cautivo que le asigna la política. Lejos de asociarse con dependencia o sumisión, desde siempre el patio fue territorio de absoluta soberanía familiar.
Por empezar, el patio trasero no es un terreno sobrante de la vivienda donde se amontonan trastos viejos. Se pensó y se planificó como un espacio íntimo para cultivar la alta política de la amistad y la convivencia familiar. En el patio de atrás se resuelven conflictos con la diplomacia del asado. Las grandes controversias entre los que lo quieren jugoso, a punto o bien cocido quedan en manos del parrillero conciliador a través del diálogo franco, sin las agresiones verbales que anteceden al lenguaje de los puños y la violencia.
La modernidad también se apropia del concepto de patio como espacio de distracción y encuentro. Se llama “Patio” a un elegante shopping porteño y se denominan “patios de comida” a lugares gastronómicos cerrados entre cuatro paredes.
En las grandes urbes, el patio propio es un sueño inalcanzable y costoso. Los departamentos de propiedad horizontal se valorizan según los metros cuadrados de patios colgantes bautizados balcones. Simulan un patio de pueblo, pero es urbe con suelo de hormigón en vez de tierra húmeda tapizada de césped y fragancia inconfundible.
En la infancia de cualquiera de nosotros hubo un patio común y compartido, el de la escuela, matizado con juegos, tertulias y los primeros amores de estudiante. El patio era la continuación del aula, así como en la casa típica es la extensión de la cocina y el comedor.
Cada uno tiene grabado en la memoria el plano de rincones y vivencias del patio de la casa familiar. Grande o pequeño, poco importa. Espacio multiuso donde convivían el tendal de la ropa recién lavada que flameaba al viento, la huerta atendida por el padre o el abuelo y el jardín de malvones bajo la tutela de manos maternales.
El patio es también el santuario definitivo donde nuestras mascotas descansan para siempre. Cuando dejamos la casa rumbo a otro barrio o a otra ciudad, la mudanza es incompleta. Nos llevamos cosas materiales, pero en el patio dejamos parte de nosotros: quedan bajo tierra perros y mascotas que fueron parte de la familia.
El patio ha disparado poemas y canciones. Peteco Carabajal recuerda las manos de su madre: “Llegan al patio desde temprano / todo se vuelve fiesta cuando ella juega junto a otros pájaros”. Con el mate compañero en soledad o el conversado que pasa de mano en mano. El poeta Ramón Navarro dibujó aquella postal de la casa vieja interpretada por Los Chalchaleros: ”El de la rosa china y el limonero / el de la morera y el jazminero / y el del parral junto a la cocina”.
En el patio se medita, se conversa; el tiempo pasa sin los sobresaltos de la vida cotidiana que transita a pocos metros, por la vereda.
Recuerdo cuando filmamos al poeta y guitarrero Omar Moreno Palacios en la casa paterna de Chascomús. Frente a la cámara contó que, siendo pibe, en la periferia de la laguna vio caer un rancho de barro. Quedó tan angustiado que al regreso le pidió permiso al padre para levantar en el fondo del patio un rancho de barro similar al que vio derrumbarse. Lo hizo. Y lo inmortalizó con música: “Sencillito y de alpargatas”.
En medio del patio familiar, el hijo de un zapatero de mi pueblo comenzó a rearmar pieza por pieza un auto a escala real. Fueron meses de tuercas, grasa y trabajo sin horario. Cuando le dio arranque por primera vez, descubrió un error fatal: al patio convertido en taller mecánico le faltaba el portón, no tenía salida a la calle. La solución fue una drástica decisión. Voltearon paredes y un dormitorio de la casa pasó a ser, para siempre, un garaje con salida a la calle.
Hubo un tiempo en que la felicidad se medía por la cantidad de cielo disponible para compartir en familia. Definitivamente, no es lo mismo vivir con patio que sin él. Reivindicarlo en vez de subestimarlo es una manera de resistir a la modernidad encorsetada entre el cemento y el celular.
La gran diferencia entre estas miradas de patios traseros es que, mientras la política lo subestima y utiliza la expresión para denunciar una relación de dependencia, en nuestras casas el patio fue siempre un espacio de libertad.
Territorio simbólico de convivencia, íntimo, sin injerencia ajena, donde cada familia construía o imaginaba su pequeño mundo de proyectos e ilusiones.
De allí venimos y el mundo sigue andando.