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Una voz en el teléfono

Si aceptamos que la inteligencia artificial piense y decida por nosotros, ¿qué será de la condición humana?

La voz de la inteligencia artificial, hoy un calco perfecto de la humana, se ha popularizado en los celulares y está transformando la manera de relacionarnos con la tecnología y con quienes nos rodean.

La interacción cotidiana y a toda hora con esta voz fantasmal empieza a reemplazar la tertulia clásica entre amigos. De tanto preguntar y escuchar, el fantasma adquiere una presencia terrenal. Oficia de psicóloga y médico de cabecera; otras veces, de profesora multidisciplinaria, acompañante en la soledad de personas mayores o guía de viajes y placeres.

Mientras tanto, dejamos de pensar y reflexionar. No ejercitamos la imaginación, la duda, ni la incertidumbre y la equivocación, propias de los seres humanos El cerebro, como cualquier músculo, se atrofia si no se utiliza. Queda una pregunta en el aire: si aceptamos que la máquina piense y decida por nosotros, ¿qué será de la condición humana?

Ni buena ni mala, la IA llegó para quedarse y hay que aprender a convivir con ella. La tecnología no tiene moral; depende de quién la manipule. Un cuchillo en manos de un cirujano salva vidas, pero cuando lo empuña un asesino, destruye y mata. La energía atómica resuena a Hiroshima; sin embargo, las usinas nucleares iluminan ciudades y el desarrollo médico contribuye a salvar vidas mediante la investigación y el tratamiento de enfermedades. La inteligencia artificial replica estas mismas ambigüedades. Ni infierno ni paraíso: es una herramienta que no puede quedar librada al solo criterio de las corporaciones que la controlan; debe ser regulada por los Estados.

Cada vez que irrumpió una nueva tecnología, sacudió el tablero. La primera reacción siempre es el temor a lo desconocido y al desplazamiento laboral. Hasta que, como dice el refrán gauchesco, “cuando el carro empieza a rodar, los melones se acomodan solos”.

A mediados del siglo XIX se inventó la fotografía y los pintores temieron el ocaso de las telas coloreadas con óleos y acuarelas. El retratista Paul Delaroche decretó: "Desde hoy, ha muerto la pintura". Se equivocó feo: en vez de eliminarla, la liberó de la obligación de copiar la realidad y dio impulso al impresionismo, el cubismo y el arte abstracto. La foto hizo que la pintura se volviera más humana y expresiva. Ocurrió lo mismo a fines de los sesenta, cuando aparecieron los sintetizadores de audio y se anunciaba la extinción de los músicos tradicionales. Fue a la inversa: la herramienta permitió expandir el universo a sonidos hasta entonces inimaginables.

Hoy, la mayor preocupación planetaria con la IA es la desocupación y el reemplazo de la mano de obra por algoritmos y robots. Conversando esta semana con un amigo ingeniero que trabaja en una multinacional en Madrid, me contaba con angustia el despido de quince empleados de su equipo. De veinte quedaron cuatro, y él ya puso las barbas en remojo. Con medio siglo de existencia a cuestas, analiza qué oficio aprender para subsistir al vendaval. Como el célebre personaje de Peter Sellers en Desde el jardín, evalúa seriamente reconvertirse en jardinero.

Su encrucijada confirma una certeza: lo viejo, lo analógico, funciona, y lo casero —lo que se produce sin la intervención de códigos y robots— mantiene un valor incalculable. Conservar y recrear los métodos tradicionales que heredamos de nuestros ancestros no es un ejercicio de nostalgia; es estrategia pura de supervivencia.

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