Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Entre el secuestro de Macri y las Torres Gemelas

.

Recuerdo con nitidez la mañana del 11 de septiembre de 2001. Estaba dentro del Penal de Ezeiza, sentado frente a uno de los excomisarios que integraba la banda que, una década atrás, había secuestrado al joven Mauricio Macri, el hijo de Franco, que sobrevivió, presidió Boca Juniors, gobernó la Argentina y hoy sigue andando.

Era martes, día del Maestro. El equipo de “Zona de Investigación” —el ciclo que conducía con Cristina Pérez en Canal 9 (Azul TV)— llegó temprano a la puerta del penal, sobre la autopista camino a Cañuelas. Tras las rigurosas requisas de rutina, un colectivo interno nos trasladó hacia el pabellón donde habitaba José Ahmed, miembro clave de “la banda de los comisarios”.

La organización criminal era una perversa paradoja: se trataba de oficiales que habían ganado prestigio resolviendo secuestros resonantes, hasta que decidieron "independizarse" y convertirse en cuentapropistas de uniforme. La Policía Federal les ordenaba investigar los mismos delitos que ellos planificaban y ejecutaban para asegurarse el cobro de los rescates.

Aquella entrevista me conectaba directamente con agosto de 1991, cuando el secuestro de Macri conmovió al país. Junto al colega Raúl García —maestro de la profesión y mejor persona— realizamos la primera investigación del caso para Telefe, un hito que abrió las puertas al nacimiento del icónico ciclo "Edición Plus".

Nuestro documental reveló, por primera vez, los audios de las negociaciones telefónicas entre los captores y la familia Macri. El joven Mauricio estaba encerrado en un caserón deshabitado que todavía sigue en pie en la esquina de Avenida Garay y Deán Funes, en Parque Patricios.

Esos casetes provenían de escuchas ilegales. En aquellos años de inestabilidad económica —nada que hoy nos sorprenda—, personajes inescrupulosos “pinchaban” teléfonos de empresarios para conocer la “sensación térmica” de los mercados y luego vender esa información al mejor postor.

En una de esas líneas interceptadas, la de Macri, detectaron conversaciones crípticas que nada tenían que ver con el dólar. Aún recorro de memoria las interminables “postas” que filmamos para reconstruir el camino que los secuestradores planificaron hasta la entrega de los millones de dólares en la Isla Maciel, frente a La Boca, cruzando el Riachuelo.

Poco antes de salir al aire, el juez federal Neri Bonifatti ordenó secuestrar los casetes y prohibir la emisión argumentando que podía perjudicar la causa. Fue la mejor publicidad: la postergación transformó el estreno en un éxito rotundo de audiencia y crítica.

De vuelta en la mañana del 11-S, terminamos el reportaje al mediodía. Al salir del pabellón, nos esperaba el director del Penal. Me parece verlo hoy: tomándose la cabeza con las dos manos, exaltado, repitiendo como voz alta: “¡No imaginan lo que pasó, cambió el mundo! ¡Volaron las Torres Gemelas, atacaron el Pentágono!!”.

Al encender mi celular, la pantalla estalló en decenas de llamadas perdidas del canal. Ricardo Cámara, director del noticiero, fue drástico: “Venite urgente”. Había que sumarse a una transmisión ininterrumpida. Estaba con jeans y camisa, pero me prometieron que en vestuario resolverían el imprevisto. Usé el viaje para escuchar la radio y procesar lo que ocurría en el planeta. Fue un continuado sin respiro.

Cerca de las ocho de la noche, cuando me disponía regresar a casa, escuché por el intercomunicador la voz del jefe de Noticias: a las 22 debía conducir un programa especial con el resumen del peor atentado de la historia moderna. El impacto de esa transmisión entusiasmó a las autoridades del canal, que decidieron institucionalizar el noticiero de lunes a viernes a la medianoche.

Solo dos meses después del brutal atentado que conmovió al mundo, la Argentina aceleró su propio viaje a la desintegración institucional: llegó el corralito, el derrocamiento de Fernando de la Rúa, los trágicos sucesos y muertos del 19 de diciembre, el día de los tres presidentes, los saqueos a los supermercados.

El mundo se derrumbaba en Nueva York mientras aquí nuestro país se desangraba en las calles.

Después de cada noticiero, entre la una y dos de la madrugada cruzaba la ciudad de regreso a casa, haciendo un slalom para esquivar calles cortadas por vecinos y el humo de cubiertas incendiadas en las esquinas. Duplicaba el tiempo habitual del recorrido. Los amigos me aconsejaban que cambiara la postura y el rostro serio durante el noticiero. Les respondía que no había motivos para hacerlo, que las pálidas y dolorosas se imponían por goleada a las buenas noticias.

Fotos de un pasado en blanco y negro que cada tanto se hacen visibles.

Recordar lo que nos pasó, ejercitar la memoria, es el mejor remedio para que la historia de desencuentros y tragedias no vuelva a repetirse.

Sumate a la conversación. ó Registrate
Iniciaste sesión como Cerrar sesión