Las lluvias y El Niño: ¿cuáles son los riesgos de una primavera tardía en Bahía Blanca?
“La principal contingencia no pasa por un temporal de pocas horas, sino por el anegamiento por las lluvias acumuladas”, sostuvo el Ing. Agr. Eduardo Sierra, experto en climatología.
Periodista. Círculo de Periodistas Deportivos de Bahía Blanca. Fue redactor de la revista Encestando (1985-2000). Desde 1987 trabaja en el diario La Nueva Provincia (hoy La Nueva.). Pasó por las secciones Deportes, La Región y La Ciudad, donde se desempeña actualmente. Está especializado en periodismo agropecuario desde 2001. Miembro de la Asociación Bonaerense de Periodistas Agropecuarios. Responsable de las páginas webs de la Asociación de Ganaderos (AGA) y de Abopa.
Con la llegada de la primavera y el avance de la temporada climática, las miradas en Bahía Blanca se posan en el impacto que el fenómeno del —ahora denominado— Súper Niño pueda tener sobre la infraestructura urbana, la cuenca local y, por ende, sus habitantes.
Con antecedentes trágicos como la inundación del viernes 7 de marzo de 2025 y los eventos de vientos extremos registrados el sábado 16 de diciembre de 2023, la necesidad de comprender la naturaleza de los riesgos venideros se torna prioritaria.
En tal sentido, el Ing. Agr. Eduardo Sierra, especialista en climatología, desmitifica las proyecciones alarmistas acerca de un El Niño como pocas veces visto; explica el mecanismo de saturación hídrica por acumulación de precipitaciones y detalla —en diálogo con La Nueva.— los riesgos específicos que enfrenta nuestra ciudad durante la primavera tardía y los meses subsiguientes.
“El Súper Niño no debe ser motivo de pánico infundado como consecuencia de pronósticos desmedidos, aunque sí un llamado directo a la planificación preventiva”, dice.
“La primavera tardía plantea el desafío de monitorear de cerca las precipitaciones acumuladas y los eventos de viento, recordando que la protección de la ciudad depende de respetar la dinámica natural de sus arroyos y de mantener despejada la red de drenajes”, agrega Sierra, un referente del tema —especialmente del sector agropecuario —que, además, ha ejercido como docente en la UBA (desde donde egresó) y en Universidades Nacionales de Jujuy, Mar del Plata y Rosario.
—¿Cómo se comporta un Súper Niño en un área urbana como Bahía Blanca y en qué se diferencia de La Niña?
—Hay una paradoja fundamental en la climatología urbana. La Niña suele ser más peligrosa en términos de tormentas repentinas y violentas. Al inhibir las lluvias generales, le coloca una suerte de tapa a la atmósfera. La ciudad, mediante su isla de calor, con la radiación térmica disipada por el asfalto, vehículos e industrias, actúa como una chimenea que la perfora, desatando tormentas localizadas severas y destructivas en pocas horas. De allí provinieron fenómenos como el temporal de marzo de 2025 en la propia Bahía Blanca o las lluvias intensas sobre la cuenca del Salado en mayo de ese mismo año.
“Por el contrario, el comportamiento característico de El Niño y del Súper Niño no pasa por la violencia puntual de un temporal corto, sino por la acumulación progresiva de agua. El Niño no actúa mediante una tormenta aislada, sino que va llenando las cuencas a través de precipitaciones continuas que se extienden a lo largo de varios días. Bahía Blanca cuenta con una topografía favorable con buena pendiente hacia el mar, lo que reduce la probabilidad de inundaciones por estancamiento plano generalizado. Sin embargo, el riesgo real en un año Niño radica en que lluvias de varios días consecutivos terminen saturando la cuenca alta y media del arroyo Napostá, generando un importante incremento en el caudal que busca canalizarse hacia la ciudad”.
Los riesgos que vienen
—Centrándonos en esta primavera, ¿cuáles son las ventanas de riesgo específicas para los próximos meses?
—Para Bahía Blanca y su zona de influencia identificamos dos momentos de atención bien definidos. La primavera tardía, entre los meses de noviembre y diciembre, es la primera ventana crítica, con mapas y modelos que muestran un riesgo concreto asociado a la acumulación de agua por lluvias persistentes. Asimismo, en este período no se debe descuidar el factor eólico: el antecedente de diciembre de 2023, que provocó daños severos por vientos extremadamente intensos, ocurrió precisamente bajo el marco de un evento El Niño.
“La primavera combina el riesgo de anegamiento por persistencia hídrica con la eventualidad de eventos eólicos fuertes”.
“Luego está la alineación de fin de verano e inicio de otoño, entre los meses de febrero y marzo, que es el segundo período histórico de mayor peligrosidad para la ciudad. Las grandes tormentas registradas en la memoria bahiense, como las de marzo de 1933, febrero de 1975 o marzo de 2025, coinciden con esta ventana temporal de transición estacional”.
—Oportunamente Ud. ha señalado que los desastres se producen por la interacción entre el clima y la vulnerabilidad urbana. ¿Eso sucedió en Bahía Blanca?
—Está claro que sin vulnerabilidad humana no hay desastre. El clima por sí solo no lo genera si no encuentra una obra inadecuada o una invasión del espacio natural del agua. Todos los cursos hídricos del mundo poseen un cauce permanente y cauces temporarios a los lados, los cuales el río o arroyo utiliza de forma natural cuando crece.
“En Bahía Blanca, con el entubamiento del Napostá, el espacio subterráneo dejado al arroyo resultó extremadamente estrecho. Al expandirse la edificación urbana y aumentar las impermeabilizaciones, el volumen de escurrimiento aumenta de manera significativa. Cuando una lluvia acumulada en la alta cuenca fuerza un mayor caudal, el arroyo busca sus cauces temporarios. Al no encontrarlos por la presencia de pavimento y construcciones, el agua genera una enorme presión hidráulica que termina reventando las estructuras de cemento.
“Un espejo claro de este tipo de dinámica por acumulación ocurrió en la inundación de la ciudad de Santa Fe, en 2003, durante un Súper Niño. No sucedió por una tormenta violenta con granizo sobre la ciudad, sino por la acumulación continua de lluvia en la cuenca del río Salado. Al llegar al acceso de la ciudad, un estrangulamiento artificial sobre el puente del río obstruyó el cauce temporario, embolsó el agua e hizo que la inundación ingresara gradualmente por la parte trasera de la capital. Es el ejemplo perfecto de cómo un Súper Niño actúa por volumen acumulado y fallas de diseño urbano, y no por la violencia momentánea del viento”.
—¿Mega Niño o Niño Apocalíptico? ¿Cuál es la realidad técnica sobre la intensidad del fenómeno?
—Existe una marcada amplificación mediática, impulsada por ciertos sectores y lobbies científicos, que buscan posicionar es cenarios catastrofistas de cambio climático para sostener financiamientos y subsidios. Se ha llegado a difundir que el Océano Pacífico registraría anomalías térmicas de hasta +5 °C en la zona de control Niño 3.4, lo que configuraría un Mega Niño. Sin embargo, los indicadores reales y las observaciones científicas no respaldan esa proyección. Para poner esta cuestión en perspectiva, debemos distinguir tres categorías:
—El Niño típico: alcanza anomalías de temperatura en la superficie del mar de alrededor de +1,5 °C hacia diciembre.
—El Súper Niño: supera ese umbral y se ubica en torno a los +2,5 °C de anomalía. Es la categoría en la que, efectivamente, nos encontramos hoy y que cuenta con antecedentes históricos claros en los ciclos 1982/83, 1991/92, 1997/98 y 2002/03.
—El Mega Niño: implicaría anomalías de +5 °C, algo que, por el momento, no se observa en las mediciones.
“Un Súper Niño es un fenómeno de envergadura que demanda plena precaución y respeto. Es relevante remarcar que entre el Súper Niño de 1997/98 y el de 2015/16 transcurrieron 18 años, mientras que el evento actual llega a solo 11 años de distancia del anterior, lo que exige una mayor atención sobre el estado de las napas y de los suelos”.
Prevención y prioridades
—Ante este escenario de riesgo primaveral, ¿qué medidas operativas y obras de infraestructura deben priorizarse?
—Es necesario dividir las acciones en respuestas inmediatas y soluciones de ingeniería de fondo. Por ejemplo, medidas inmediatas de contingencia para los próximos meses. Dado que las grandes obras no se construyen de un día para otro, la prioridad absoluta hasta mediados del próximo año debe ser el mantenimiento y la limpieza profunda de alcantarillas, sumideros y canales de drenaje para garantizar de que no existan obstrucciones. A esto se debe sumar un estado de alerta permanente y coordinación preventiva de Defensa Civil.
“Por otro lado, deben realizarse obras aliviadoras a mediano plazo. Una solución municipal técnicamente factible y de rápida ejecución es la construcción de un canal aliviador o una represa aliviadora aguas arriba del ingreso del arroyo Napostá al ejido urbano. Esto permitiría interceptar y desviar los excedentes hídricos provenientes de la alta cuenca antes de que penetren en la zona entubada.
“En cuanto a soluciones estructurales definitivas, Bahía Blanca necesita contemplar esquemas similares a los aplicados en Buenos Aires con el arroyo Maldonado bajo la avenida Juan B. Justo, donde tras la obra original de 1929-1939 se debieron incorporar túneles aliviadores para dotar al curso de agua de la capacidad requerida. Desde el punto de vista ambiental y urbanístico ideal, la solución de fondo requeriría liberar franjas edificadas a ambos lados del cauce, como dos manzanas sobre la margen derecha e inundable y una sobre la izquierda, para consolidar un parque lineal de amortiguación hídrica”.
Análisis de los registros primaverales de la última década (2016–2025)
La primavera constituye el período hidrológico clave para Bahía Blanca. Al tratarse de una zona con un promedio anual de precipitación que ronda los 600 mm, el comportamiento de los meses de septiembre, octubre y noviembre condiciona de manera crítica la reserva hídrica del suelo y el balance ambiental de la ciudad.
De acuerdo con la compilación de datos realizada por el periodista Norman Fernández, en base a los registros del SMN, el registro histórico comprendido entre 2016 y 2025 muestra fluctuaciones importantes, registrando primaveras excepcionalmente copiosas que llegaron a concentrar más del 40 % de la lluvia anual esperada, junto a trimestres de acentuada aridez.
El año 2025 se consolidó como la primavera más lluviosa de los últimos diez años, alcanzando un total de 246,9 mm entre los tres meses. La gran marca distintiva de ese ciclo fue octubre de 2025, cuando cayeron 159,0 mm, convirtiéndose en el mes individual más lluvioso registrado en todo el decenio. A esto se sumaron 55,2 mm en septiembre y 32,7 mm en noviembre.
El segundo lugar en volumen acumulado lo ostenta 2018, con 220,7 mm totales. En esa oportunidad, el protagonismo lo tuvo noviembre con 122,8 mm, seguido por octubre con 69,4 mm y septiembre con 28,5 mm. Completando el podio de los años con mayor precipitación primaveral se ubican:
—Año 2022 (197,8 mm totales): impulsado principalmente por un mes de noviembre muy húmedo con 99,1 mm; 49,9 mm en octubre y 48,8 mm en septiembre.
—Año 2017 (191,7 mm totales): caracterizado por una distribución más uniforme, destacándose un septiembre elevado con 79,8 mm (el máximo para ese mes en la década), junto a 52,4 mm en octubre y 59,5 mm en noviembre.
En el extremo opuesto se sitúa 2023, año en que la primavera sufrió un déficit hídrico extremo con apenas 53,3 mm acumulados en el trimestre. Durante ese período, septiembre aportó solo 14,1 mm; octubre 16,0 mm y noviembre 23,2 mm, configurando el registro más bajo de los diez analizados.
Otros años de precipitaciones moderadas o bajas fueron 2016 con 96,0 mm acumulados (septiembre registró apenas 8,5 mm) y 2019 con 124,8 mm. Así, a lo largo de la década el promedio primaveral acumulado asciende a 154,96 mm, lo que representa más de una cuarta parte de las precipitaciones totales de un año normal en Bahía Blanca.
Al analizar la progresión mes a mes dentro del trimestre primaveral, se concluye que septiembre es habitualmente el mes de inicio más moderado, con un promedio de 35,67 mm; octubre muestra un repunte significativo en la intensidad, promediando 58,01 mm y noviembre se ubica como el más lluvioso de la estación, alcanzando una media de 61,28 mm.
A este miércoles 30, el registro de lluvias en la ciudad para todo septiembre fue de 47,5 milímetros, unos 12 mm por encima del promedio de los últimos años (aunque menor a los 55,2 mm 2025 y más aún de los 70,8 mm de 2017).
De esta manera, en el corriente año ya se acumulan 421 mm, unos 179 mm menos del promedio anual (600 mm), cuando aún restan tres meses para concluir 2026.