Viaje a las estrellas: la historia de Amina Helmi (de Bahía Blanca a descifrar la historia de la galaxia)
“Siempre me fascinó entender, con la mente y con el cerebro, lo que pasa en el espacio sin tener que ir hasta allá”, dijo la ganadora del Premio Kavli de Astrofísica 2026. Es la primera argentina que lo consigue.
Periodista. Círculo de Periodistas Deportivos de Bahía Blanca. Fue redactor de la revista Encestando (1985-2000). Desde 1987 trabaja en el diario La Nueva Provincia (hoy La Nueva.). Pasó por las secciones Deportes, La Región y La Ciudad, donde se desempeña actualmente. Está especializado en periodismo agropecuario desde 2001. Miembro de la Asociación Bonaerense de Periodistas Agropecuarios. Responsable de las páginas webs de la Asociación de Ganaderos (AGA) y de Abopa.
Fue durante la etapa primaria cuando surgió su fascinación por el universo. A los 11 años, mientras cursaba el sexto grado, un viaje familiar al Planetario de Buenos Aires durante unas vacaciones de invierno la expuso por primera vez a la majestuosidad de las imágenes del espacio exterior. Al año siguiente, en séptimo de la Escuela Normal Superior, su maestra (Natalia) dictó un breve curso de astronomía que terminó por sellar la vocación a partir, simplemente, de un experimento didáctico.
“Fue alucinante cuando logré entender que nosotros siempre vemos el mismo lado de la Luna. Teníamos un experimento con naranjas y la Tierra girando alrededor del Sol y de la Luna y, de pronto, lo entendí. Me fascinó porque uno puede entender lo que pasa en el espacio con la mente y con el cerebro sin tener que ir hasta allá. La capacidad de comprender cómo funciona el universo es fantástica; somos tan chicos en esa inmensidad y, sin embargo, tenemos esa posibilidad”.
Esta es la génesis. Unos 45 años después, la Dra. Amina Helmi, científica bahiense de la Universidad de Groningen, en los Países Bajos, fue distinguida con el Premio Kalvi de Astrofísica 2026 (acaso el reconocimiento internacional más importante de la disciplina), junto a sus colegas Vasily Belokurov, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), y Rodrigo Ibata, de la Universidad de Estrasburgo (Francia).
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La historia familiar de Amina Helmi en Bahía Blanca comenzó mucho antes de haber nacido: con el encuentro de sus padres en los Países Bajos. Ahmed, de origen egipcio y formado en agronomía con especialización en química de suelos, se trasladó a la ciudad de Wageningen para realizar estudios de posgrado e investigación. En la misma institución, Lidy, de nacionalidad holandesa, se desempeñaba como secretaria de uno de los profesores con quienes su padre trabajaba. Tras casarse, la pareja residió durante diez años en Egipto durante la década de 60; sin embargo, las dificultades de adaptación de su madre al idioma árabe y al entorno motivaron la búsqueda de otras alternativas profesionales en el exterior.
La oportunidad de radicarse en la Argentina surgió a través del Instituto de Edafología e Hidrología de la Universidad Nacional del Sur (UNS), ubicado entonces en la emblemática Casa de la Cultura, sobre la avenida Alem. El director, un profesor ruso que investigaba en la misma disciplina que Ahmed, lo invitó a incorporarse por dos años.
La pareja arribó a la ciudad sin dominar el idioma español; solo se comunicaban en inglés. Aunque la primera impresión al mirar por la ventanilla del avión tras dejar Alejandría les generó cierta sorpresa inicial, Bahía Blanca terminó convirtiéndose en un punto medio ideal entre el ambiente progresista holandés y el conservadurismo egipcio. En ese entorno académico, rodeados de docentes e investigadores rusos, croatas y alemanes, se sintieron plenamente acogidos en el país (de inmigrantes).
Al año de instalarse, en octubre de 1970, nació Amina.
Su recorrido educativo comenzó en las aulas de la educación pública local. Asistió al Jardín de Infantes N° 2, ubicado en la calle Corrientes y, posteriormente, cursó la primaria en la Escuela Normal. Para los estudios secundarios ingresó al Ciclo Básico de la UNS y allí continuó hasta cuarto año. ¿Por qué? Al tener definida su vocación por la astronomía y sabiendo que la carrera universitaria se cursaba en La Plata, decidió cambiarse al Colegio Goyena, hacer el quinto año allí y sortear la estructura de seis años para irse cuanto antes. Así, en 1989 dejó Bahía Blanca para iniciar sus estudios en la UNLP.
De sus años de juventud en nuestra ciudad conserva recuerdos imborrables junto al grupo del Ciclo (en torno a su hogar de Dorrego e Yrigoyen), con quienes compartía caminatas y helados sobre la avenida Alem —“era mucha más tranquila”, dice ahora—; paseos en bicicleta; partidas de pool en la clásica Galería Visión y salidas al cine, casi siempre con amigas, entre ellas Valeria Minotti y Esmeralda Bru.
El interés de Helmi por la investigación científica estuvo profundamente influenciado por la labor de Ahmed en los laboratorios de la UNS. Como profesor e investigador de suelos, solía llevar a su hija al instituto, donde ella observaba —con entusiasmo— los experimentos y la lectura de artículos científicos.
“Asocio mucho el despertar del amor por la ciencia, o la pasión por la ciencia, con mi papá; es algo que vas absorbiendo. El preguntarte cómo funcionan las cosas y por qué son de determinada manera viene de una influencia muy grande suya”, destaca la astrónoma sobre las raíces intelectuales.
Sus padres residieron en Bahía Blanca hasta el año 2018, momento en que los mudó a los Países Bajos. Pese a la distancia, el vínculo de la científica con la ciudad permaneció (permanece) constante mediante visitas periódicas, tal como la producida durante esta semana.
Con la obtención del Premio Kavli de Astrofísica entregado este sábado 5 de septiembre en la ciudad noruega de Oslo, la investigadora que reside en Groningen, donde es docente en la universidad local que se fundó en 1614 y es una de las 100 mejores del mundo, reflexiona sobre el esfuerzo detrás de una trayectoria.
“Cuando me informaron de la distinción pensé en todos los sacrificios, desde tener que levantarme a las 5 o 6 de la mañana para estudiar hasta la enorme dedicación que exige esta carrera. Y todavía me cuesta creer un reconocimiento así”, sostiene Helmi, quien dialogó con La Nueva.
“Una cosa es saber que te ha ido bien y otra es que tu propia comunidad te reconozca de esta manera. Es que la labor científica no se hace con el fin de sumar galardones, sino por vocación y disfrute de la profesión; por eso semejante distinción adquiere un significado aún más profundo”, añade.
La científica ha compartido todos estos momentos con su hijo Manuel (Manu, 21). Además de una emotiva ceremonia realizada en el Concejo Deliberante local, donde fue distinguida como Ciudadana Ilustre, los dos han caminado juntos desde la casa familiar hasta la Escuela Normal. No es una referencia aislada: se trata de la ruta habitual que realizaba Amina casi todos los días mientras pensaba en los misterios del universo.
“En 20 o 30 años estará la tecnología para detectar posibles señales de vida fuera de la Tierra”
—¿Astrónoma o astrofísica?
—En general digo que soy astrónoma, pero dentro del ámbito no hacemos diferencia. Es básicamente lo mismo, porque lo que usás en astronomía es la física para entender cómo funciona el universo.
—¿De qué se trata la arqueología galáctica, una disciplina de la cual sos pionera?
—La arqueología tradicional tratar de reconstruir la historia en base a restos que vas encontrando en el presente. En la arqueología galáctica esos restos son estrellas muy viejas que se formaron en los primeros 1.000 millones de años, en la infancia del universo, y que han sobrevivido hasta hoy. Usando las propiedades de esas estrellas como si fueran fósiles, podemos reconstruir la historia de formación de la Vía Láctea. Guardan una especie de memoria de dónde se formaron a través de cómo se mueven en el espacio y de su composición química, que funciona como un ADN estelar.
—¿Cómo se relaciona este ADN estelar con las fusiones entre galaxias?
—La idea fundamental es que las galaxias se forman en base a fusiones con otras galaxias.
“Por lo tanto, las estrellas que no se formaron en la Vía Láctea sino en otra galaxia acretada se mueven de forma diferente, forman grupos en el espacio y tienen una composición química distintiva. Este paradigma de formación por fusiones fue ganando campo desde los años 90, aunque planteaba una contradicción importante. Si hay una fusión entre objetos de tamaño similar, la morfología cambia drásticamente. Dado que vivimos en una galaxia con un disco muy extendido, la pregunta era cómo podía tener algo así si se había formado por fusiones”.
—¿Cómo lo resolviste?
—A fines de los 90 desarrollé modelos para determinar, de manera observacional, qué signos quedan de la historia de formación y cómo encontrar esas estrellas. Hallé que las estrellas originadas en otras galaxias se mueven juntas formando corrientes que cruzan la Vía Láctea. En 1999 encontré las primeras corrientes reales de una pequeña galaxia canibalizada por la nuestra hace miles de millones de años, aunque en esa época la tecnología era limitada y había muy pocos datos sobre movimientos estelares.
—¿De qué se trata el descubrimiento clave que terminó en el Premio Kavli?
—Mostramos que estas fusiones fueron determinantes en la historia galáctica.
“En 2018 descubrimos la última gran fusión que experimentó la Vía Láctea, ocurrida hace 10.000 millones de años con una galaxia que tenía cerca de un cuarto de su masa. Ocurrió en la juventud de la galaxia, mucho antes de que naciera el Sol hace 4.500 millones de años. Esa gran colisión alteró la morfología galáctica pero, como desde entonces no ocurrieron otras fusiones de magnitud, la Vía Láctea tuvo tiempo de madurar, desarrollar su disco extendido y transformarse en la galaxia majestuosa y tranquila que vemos hoy”.
—¿De qué manera incide la inteligencia artificial en la investigación astronómica actual?
—En los 90 ya se hablaba de redes neuronales en ciencia, pero no existía la capacidad computacional para desarrollar más que modelos muy sencillos. Hoy se combina el desarrollo del software con el avance tecnológico y la utilizamos mucho. Nos ayuda enormemente en la programación y acelera el análisis de grandes volúmenes de datos.
—Más allá de la aceleración del trabajo, ¿qué desafíos plantea?
—Como docente, una de las preguntas fundamentales es cómo incorporar la IA sin que los estudiantes dejen de aprender.
“El problema es la generación que viene: si todo lo que aprende proviene de la IA, resulta muy complejo desarrollar el pensamiento crítico”.
“Quienes pertenecemos a generaciones anteriores aprendimos de otra forma y desarrollamos intuición y visión crítica para juzgar si el resultado que entrega un sistema, como ChatGPT o Claude, es correcto o tiene fallas”.
—¿Crees que la inmediatez de estas herramientas atenta contra la creatividad científica?
—Si el sistema ofrece respuestas inmediatas, es difícil cuestionarlas, buscar fallas o ser creativos pensando por fuera de lo que sugiere el algoritmo. La investigación científica necesita tiempo para que los análisis decanten y se comprenda su significado real. Si no sabemos manejar bien esto en el ámbito académico, en lugar de ser los guías del proceso corremos el riesgo de volvernos dependientes y de perder la capacidad de ser súper creativos.
—Al mirar el universo en su totalidad, ¿cuáles son las preguntas que la astrofísica aún no ha respondido?
—Hay dos incógnitas colosales. Por un lado, sabemos que el universo se está expandiendo de forma acelerada debido a algo que denominamos energía oscura, pero no tenemos idea de qué se trata. Y la mayor parte de la energía del universo es oscura; eso representa una incógnita enorme.
“Asimismo, el 85 % de la masa del universo es materia oscura, de la cual tampoco conocemos su naturaleza exacta. La materia visible que nosotros conocemos representa menos del 5 % de las componentes del cosmos. No podemos decir que entendemos el universo si desconocemos de qué está hecho en un 95 %. Pensamos que la materia oscura está formada por partículas fundamentales aún no detectadas, y sabemos que existe porque las estrellas y las galaxias se mueven demasiado rápido para la masa visible que contienen.
“La otra gran incógnita de la humanidad es saber si estamos solos en el universo. En tal sentido, en los últimos 20 años descubrimos que, básicamente, toda estrella tiene planetas a su alrededor. Cada vez que observamos con telescopios de suficiente sensibilidad, encontramos sistemas planetarios. Hasta el momento no se ha detectado vida en ningún otro fuera de la Tierra, ni siquiera microorganismos o bacterias, pero dada la cantidad de planetas que existen, es una posibilidad concreta. Por eso hay un área en gran desarrollo abocada a entender cómo se forman y dónde existen condiciones aptas para la vida”.
—¿Cuándo estará la tecnología para determinar la presencia de vida en otros planetas?
—Hay instrumentos y telescopios en desarrollo que empezarán a operar, o serán lanzados en los próximos 20 a 30 años, que podrían detectar alguna forma de vida. Lo que van a buscar son elementos químicos o moléculas que no se esperarían encontrar a menos que existan procesos biológicos como, por ejemplo, el ozono, buscando una química claramente diferente a la inorgánica.
—¿Es factible entonces obtener precisión científica en ese plazo de tres décadas?
—Se van a observar los planetas más cercanos que se encuentren a una distancia adecuada de su estrella para albergar agua en estado líquido, que es donde se favorece el desarrollo biológico tal como ocurrió en la Tierra. Aunque la vida en nuestro planeta tardó 2.000 millones de años en desarrollarse y no hay garantías sobre el estado evolutivo en que se hallan otros mundos, la expectativa es que en los próximos 20 a 30 años, 30 más que nada, vamos a aprender algo relevante, ya que dispondremos de la tecnología necesaria para detectar estas moléculas si se encuentran fuera de equilibrio.