Bahía Blanca | Lunes, 20 de mayo

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Cuando la lluvia es música y poesía

Poetas de todos los tiempos escribieron versos al agua que baja mansa de las nubes. Se llame lluvia, chaparrón, garúa, aguacero, precipitación o llovizna.

Sobre techos de chapa la lluvia es música para los oídos, pura poesía. Cada chaparrón es único, con percusión de rayos y truenos y el juego intermitente de relámpagos que iluminan la noche del escenario celestial.

Las primeras gotas caen espaciadas, diferentes una de otra en intensidad. Son gotas de autor. Y va increscendo el repiqueteo hasta que el agua rebalsa el vaso y se desata el aguacero.

Una noche del último verano en Sauce, vi que el cielo se iluminaba con una tormenta desafiante y encaré hacia la playa. Por un momento fui espectador privilegiado del festival de luces y sonidos pasados por agua. Mientras inmóvil filmaba con el celular pensé en un hilo musical que enhebraba ese collar discontinuo de relámpagos y truenos. Regresé a casa y edité el crudo de imágenes con un pasaje de la novena sinfonía de Antonin Dvorak. Y comprobé que la música parecía hecha a medida de la tormenta, encajaba como anillo al dedo. Se puede apreciar en el clip que comparto.

La llovizna es música y poesía, salvo cuando diluvia o es mezquina. En ambos extremos, inundación o sequía, no hay melodía ni poesía que valga, todo es a pérdida.

Poetas de todos los tiempos escribieron versos al agua que baja mansa de las nubes. Se llame lluvia, chaparrón, garúa, aguacero, precipitación o llovizna. Sinónimos, distintas maneras de expresar lo mismo, según mejor se adapte a la rima y cadencia que demande la prosa o la poesía.

Recuerdo de niños cantando que llueva/que llueva/la vieja está en la cueva. O el Disfrute al ver “Cantando bajo la lluvia”, considerado el mejor musical del cine norteamericano.

En los 70 tarareamos “Gotas de lluvia sobre mi cabeza”, que Burt Bacharach compuso para el recordado filme “Butch Cassidy”

Desde siempre se asociaron chaparrones con amores ardientes o hecho cenizas. “La historia vuelve a repetirse/ mi muñequita dulce y rubia/ el mismo amor... la misma lluvia... /el mismo, el mismo loco afán”, tango hecho poesía con la firma de Enrique Cadícamo.

Lito Nebbia asoció viento y agua en el clásico del rock de los años 60 que marcó época: “Viento dile a la lluvia/ que quiero volar y volar/ hace más de una semana que estoy en mi nido/ sin poder volar. Y Silvio Rodriguez, ícono de la nueva trova cubana, confesó que preferiría “un rabo de nube, un torbellino en el suelo 
y una gran ira que sube/ un barredor de tristezas, un aguacero en venganza/que cuando escampe parezca nuestra esperanza”.

Definitivamente la lluvia con brisas moderadas es poesía reparadora, sinónimo de riego y bienestar. Pero fuera de control muta en furia de efectos devastadores. Ejemplo reciente es lo sucedido a fines del año pasado en Bahía y alrededores.

Allá lejos no hace tanto tiempo, para los pibes de primaria la lluvia era juego de niños. Disfrutábamos salir con piloto y capucha a la calle y empaparnos bajo el chaparrón. Al borde del cordón de la vereda conducíamos naves de corcho con velas de papel en competencias que comenzaban y terminaban al compas de la llovizna.

De aquellas tardes pasadas por agua quedan recuerdos húmedos que hace tiempo describí en un texto que hoy desempolvo y comparto:

Carrera de corchos

Ignoro de qué botella salió aquel medio corcho navegante,

blando y parejo, de vino, muy diferente a los duros de champagne.

Tenía como columna vertebral la huella espiral del sacacorchos, que quedaba expuesta al dividirlo en dos naves similares.

Con las primeras gotas se izaba en el palillo escarbadientes un papel distintivo de color ensartado como vela, mientras el agua le daba vida a la cuneta llamando a navegar.

Bajo la lluvia, en otro mundo, con velas desplegadas partían las carabelas, hasta que la regata concluía cuando la cuneta quedaba desnuda, sin agua y el fondo a la vista tapizado de hojas y basura.

Y nosotros, pibes entre la comunión y la primera novia,

regresábamos a casa, alegres y empapados.

Vecinos, memoriosos que aun perduran en el barrio, aseguran que en la cuadra y sin que llueva,

umbral abajo, donde termina la vereda,

suele dibujarse difusa la imagen de un corcho navegante con la vela desplegada,

junto a un pibe empapado y feliz que desde atrás lo sigue, lo alienta y lo navega…