Escenario político: sigue la fase 2, un esquema que no dio resultados

9/6/2021 | 06:15 |

Cada vez hay más sectores que incumplen la normativa y se suman los que amenazan con incumplir. La anterior fase 2 no impactó favorablemente en el plano epidemiológico, aunque sí lo hizo el confinamiento. Entre jueves y viernes el gobierno nacional comunicará cómo continúa la cuarentena.

Gimnasios abiertos. (Fotos: Pablo Presti y Emmanuel Briane - La Nueva)

Maximiliano Allica / mallica@lanueva.com

   Por estas horas debería consolidarse una baja de los contagios de COVID-19 en Bahía Blanca y en los puntos del país alcanzados por el confinamiento de fines de mayo. Ese frenazo general de actividades, según el ministro provincial de Salud, Daniel Gollan, impidió que ocurriera un desastre en el sistema sanitario.

   Es decir, el promedio de casos sigue alto, la ocupación de terapias también, pero hay una tendencia al declive que incluso podría significar un pequeño respiro en el sistema hospitalario sobre la semana que viene.

   Un dato interesante es el contraste entre este descenso de casos post-confinamiento y los resultados observados luego de la primera fase 2, que rigió en la ciudad durante la mitad inicial de mayo. La curva muestra que aquella medida no impactó positivamente en los números sino que los contagios se siguieron acelerando en los días en que debían haber mejorado, es decir, la segunda mitad del mes.

   Es cierto que en aquella fase 2 las restricciones se cumplieron a medias, tan solo se respetó a rajatabla la prohibición de dictar clases presenciales y poco más. Tan cierto como que las limitaciones de la actual etapa serán menos respetadas que antes, excepto por las escuelas.

   Los salones de fiestas infantiles anunciaron que reabren y a ninguna autoridad, del nivel que sea, se le movió un pelo. Los representantes del sector argumentan, con algún fundamento, que los festejos se realizan igual en las casas particulares donde las medidas de cuidado suelen ser menores que en un espacio protocolizado.

   Y los restaurantes bahienses emitieron un comunicado donde se autoproclamaron esenciales, exigiendo trabajar con público hasta las 24. Por ahora es solo un reclamo, pero si la fase 2 se mantiene (lo cual es probable) de la palabra se podría pasar a la acción. Hoy muchos locales gastronómicos desoyen la prohibición de recibir gente en los espacios interiores y no sufren mayores consecuencias. Por qué no seguirían tirando de la soga.

   Tampoco cumplen con las normativas de la fase los gimnasios ni numerosos clubes en actividades amateurs, a la vista de todos.

   En cambio, la mayoría de los mencionados acató el confinamiento. ¿El motivo? Difícil una respuesta inequívoca, pero podría ser que se trata de una medida de afectación más pareja y con mejores probabilidades de lograr el efecto epidemiológico deseado.

   Fuera de esa opción de cierre estricto, la dura lex de las fases es cada vez más teórica, desde el momento en que hay poca disposición estatal para ejercer el control y por una dificultad mayor: no se puede exigir a la sociedad lo que no está en condiciones de cumplir. El que no trabaja por un lapso prolongado, no come, no paga los servicios ni el monotributo retroactivo. Es posible hacer el esfuerzo unos días, impracticable sostenerlo semanas.

   Y este reflejo no es privativo de Bahía Blanca. Al observar las curvas de casos en los órdenes local, provincial y nacional, las ondas se mueven muy parecidas, lo cual permite inferir que el respeto al esquema de fases, o la ausencia de respeto, es bastante parecida en todas partes.

   La experiencia reciente demuestra que tanto en Bahía como en el país la situación epidemiológica mejora con un confinamiento estricto aun cuando sea breve. Pero una fase 2 light, sin mayores controles, no optimiza ningún indicador sanitario y estrangula actividades.

   He ahí el dilema actual, ya que este viernes vencen los decretos nacional y provincial, y necesitan ser extendidos. ¿Se dispondrán nuevos confinamientos como el reciente? Por ahora son puros trascendidos, pero el rumor es que no, con la eventual excepción de los fines de semana.

   En el caso de mantenerse la idea de confinamientos intermitentes, ¿tiene sentido salir de esos encierros para ir a fase 2 o conviene volver a fase 3 o más arriba, según los distritos, para que la vida real se parezca más al decreto y viceversa? O sea, un sistema de fuelle. Cierres duros y breves, seguidos de aperturas expansivas para descomprimir. Parece una opción razonable.

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   A la espera de confirmaciones, se supone que el gobierno proyecta mantener durante las próximas semanas el semáforo epidemiológico, que pone a los distritos en categoría de Alarma (fase 2) o en situación de riesgo alto, medio y bajo (fases 3, 4 y 5, respectivamente).

   Si los criterios del nuevo decreto no cambian ni una coma respecto del vigente, Bahía Blanca estará lejos de salir de la fase 2 debido a que mantiene muy alta la incidencia de casos. Más allá de que se observa una curva descendente, tendría que caer mucho más para acercarse a los parámetros requeridos. El promedio diario de los últimos 14 días es de 297 casos y se necesita llegar a 110 o menos para eludir la zona roja.

   La ocupación de terapias intensivas por debajo del 80% ya no alcanza por sí sola para pedir el cambio de fase, como hizo el Municipio hace un mes. De hecho, hace 10 días que los porcentajes de camas se ubican en torno al 70%. Pero la nueva regla impone tener los dos indicadores a favor, casos y camas. Con una de ambas que dé mal la ciudad permanece en el escalón más restrictivo.

   Mientras tanto, hay que vacunar y vacunar. El promedio diario de aplicaciones subió en estos días y, de sostenerse el ritmo, en unos tres o cuatro meses todos los mayores de 18 años inscriptos habrán recibido al menos una dosis en la ciudad. Sin embargo, la experiencia propia y externa obligan a la cautela. Lo mejor que puede pasar es alcanzar altos porcentajes de población inmunizada lo antes posible, pero eso no anula cierto grado de circulación del virus que seguirá siendo peligroso.

   La aparición de nuevas variantes no deja de ser una amenaza. En Inglaterra el 21 de junio se iban a levantar las barreras debido a la merma fenomenal de contagios y fallecimientos, pero la irrupción de una cepa india obligó a repensarlo.

   En Bahía, los especialistas médicos más optimistas creen que hacia fin de año el problema podría estar razonablemente controlado. No resuelto, pero sí dominado. Los más precavidos consideran que recién la calma llegará cuando se culmine una segunda ronda de vacunaciones masivas, tal vez en torno a la primavera de 2022.

   Con cualquiera de ambas opciones, todavía hay pandemia por delante y el choque entre lo permitido, lo prohibido y lo flexibilizado per se es cada vez mayor. Se advierte un clima de malestar y agotamiento que habrá que manejar con mucho tino.

   En línea de espera continúan los niños, niñas y adolescentes (NNyA), para quienes la principal política pública sigue siendo el encierro y la hiperconectividad, que muchas familias combaten con actividades deportivas y recreativas "clandestinas": clubes, encuentros en paseos públicos, reuniones en casas.

   Es insólito que no aparezca un esquema alternativo de presencialidad en fase 2, que de mínima los convoque a realizar actividad física. Esa discusión ni siquiera está en la mesa. Faltan voces que defiendan a los chicos, en especial de expertos que no sean tan fáciles de acusar como promotores de la grieta.

   Un artículo publicado el 26 de mayo por Unicef Argentina, con el título "La capacidad de jugar, un 'escudo protector' de la salud mental de niños y niñas durante la segunda ola de COVID", llega, entre otras, a las siguientes conclusiones:

   Respecto de la escuela, "para los NNyA de todos los sectores sociales, la suspensión de las clases presenciales tiene un gran impacto emocional. El regreso a la escuela disminuye emociones como la angustia y la soledad, el enojo, la irritabilidad, la tristeza, los cambios en el sueño y alimentación. La educación a través de plataformas virtuales genera cierto agobio por la cantidad de tareas que no comprenden o no pueden realizar solas y solos y condicionalidades por la falta de dispositivos o de acceso a Internet".

   A propósito, en Bahía Blanca se estima que entre el 15 y el 18% de los alumnos tienen dificultades de conectividad o problemas asociados a la falta de presencialidad y por eso asisten a los espacios de encuentro que admite la nueva reglamentación dentro de las escuelas. Es casi 1 cada 5, sin contar los que tienen esos mismos problemas pero no salen a pedir asistencia, un número indefinible pero que existe.

   El informe de Unicef también indica que "entre los adolescentes se expresó malestar por ser considerados como 'propagadores de los contagios'. Los jóvenes se reivindican como un grupo que conoce e implementa las medidas de protección y que cuida de las poblaciones con mayor riesgo".

   Y traza una percepción de futuro. "Para las y los niños de 3 a 12 años la vuelta a la presencialidad escolar era la expectativa de futuro más importante durante el ASPO. También anhelaban volver a los espacios públicos e irse de vacaciones o de viaje para ver a sus familiares. A partir del DISPO comenzaron a proyectar una vuelta a una 'nueva normalidad'. En tanto para las y los adolescentes, las restricciones están ligadas a las pérdidas de proyectos futuros. La vacuna aparece como un horizonte alentador y expresan optimismo y esperanza al respecto".

   Falta énfasis en este debate.

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