Cuando la ley es pareja para todos

1/8/2020 | 06:00 |

"Hay que despertar los silencios, preparar cuartos al ejemplo, a la vida, a la virtud, al heroísmo, a la amistad, a la lealtad."

Por
Miguel Angel Asad
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Vivimos un tropel que galopa inmisericorde con puños cerrados de  guerra social anunciada, en plena ejecución. Entre las entraderas y la cuarentena, nos acostumbramos a caminarnos por dentro sin parar. 
Entonces, viene al pelo un golpe de nostalgia. Tanto, que ya estamos todos extrañando la tranquilidad y el orden que son propios de la selva.
Se esta poniendo peluda la cosa. Somos  peces que otros pescan en una palangana. 
Escandaliza que desaparezca gente en democracia cuando, en realidad, hace rato que desapareció la mesa familiar, el trabajo en la fábrica, miles de fábricas, y miles de millones de dólares hacia Panamá y paraísos fiscales, como fiscales y jueces saliendo mutis por el foro.
Un hecho tapa al otro, un jubilado atado, golpeado, armado y robado, tapa a otro jubilado. La diferencia entre un vivo y un muerto o desaparecido ya no es la de respirar o no respirar, sino la majestad estática del olvido: porque ahí viene otro a ocupar su lugar. 
La verdad es la principal desaparecida de este tiempo. No se honra la vida si no hace ruido para hacerse ver. 
Hay mentiras en las palabras. Hay desaire en la noche al grito colectivo silenciado de miles inocentes abortados. La consigna del obstáculo es dormir los ruidos. 
Por eso hay que despertar los silencios, preparar cuartos al ejemplo, a la vida, a la virtud, al heroísmo, a la amistad, a la lealtad. Por si llegan. No de huéspedes. 
La amnesia selectiva cuenta que había una vez, en San Miguel del Tucumán, un paraje llamado Campo de Herrera. Sin inundaciones. Sin sequía. Sin virus letal. 
La plaga le llegó en 1966, con Krieger Vasena, liberal el hombre, como serían años después un Cavallo o el que se quiera de la escuela de Chicago. Cerró los ingenios azucareros y quedaron pueblos fantasma, con miles de rostros de hambre, sin trabajo y sin ningún presente. 
Entonces, en Campo Herrera, unas 1.500 personas descartadas del sistema esquizoide de Onganía -que pretendía, en el año 1967, gobernar con un peronista en el ministerio del Interior y un liberal en Economía- cerraron sus filas en torno a la figura de José Luis Valdez. Había que hacerle frente a la cara de hereje que imponían los doctorcitos del puerto. Se pusieron a trabajar la tierra -asesorados por el INTA- y se distribuían proporcionalmente los ingresos del trabajo colectivo. 
Por hacer esto, eran calificados de comunistas. El hambre no tiene ideología: tiene impaciencia. 
Formaron una cooperativa presidida por el Sr. Hueso. Aquella utopía de autogestión logró que las tierras yermas fructificaran en azúcar, miel, frutillas, inversión en propias maquinarias, reconversión de tipos de producción. 
No tenían policía ni la necesitaban. Quien hacia líos menores, no cobraba. ¿Delinquía? Se lo sancionaba expulsándolo de la comunidad, o sea que perdía el derecho de pertenencia. 
No tenia intendente, o sea que nadie integraba el club, por ejemplo, de traer agua podrida y contaminada del Río Colorado con espacio para la mordida. Tampoco había 300 geriátricos clandestinos. 
Resumiendo, no había representación política, que en el Libro Verde  Ghadafy calificara como impostura. Regía la ley pareja: a cada cual según su necesidad, sus méritos y su propio esfuerzo. Que no es lo mismo que  igualdad para todos. 
Fue posible. En San Miguel del Tucuman. El paraje se llamaba Ingenios Bella Vista.Todavía existe con el nombre “Campo Herrera”.  Para algunos, es la Argentina secreta. Vale la pena  visitarlos y averiguar. Tampoco tienen motochorros ni andan espiando. 
Fijate. Algo de ellos nos hace falta..

Miguel Angel Asad es abogado. Vive en Bahía Blanca.

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