En primera persona: mi cuarentena

30/6/2020 | 07:00 |

Personalidades de distintos ámbitos de Bahía Blanca hablan de su vida en tiempos de pandemia. Hoy, el escritor Daniel Calbo.

   Acá estoy, esperando sentado. Voy por la tercera pava del día, y estoy tranquilo; pienso en mi vida actual de jubilado, y realmente creo que mucho no ha cambiado desde que era pibe hasta ahora. Será por eso que no sufro ansiedad, ni angustia, ni depresión. El que está acostumbrado a esperar, aunque no sepa bien qué espera, no sufre una cuarentena. Eso sí: por mis hijos estoy preocupado; ellos tienen otras urgencias, otros apremios, otras deudas… pero por mí, estoy bien.

   Y es que en muchos aspectos, nada ha cambiado. Por ejemplo: sigue igual en eso de que al que cumple se le exige, y al que no cumple se lo tolera. Sigue igual en que los políticos le hablan a un pueblo que no conocen, y se sorprenden de que las pelotudeces que ponen en práctica no solucionan un carajo. Ellos le hablan a gente de clase media, que ya no existe, ignoran a los verdaderos pobres (no es época electoral) y dan por sentado que todo el mundo está comprendido en sus calenturientos delirios de cómo es el país y la sociedad… Para ellos, los pobres son votos. Para ellos, los que aún creen que pertenecen a la clase media son contribuyentes forzosos. Para ellos, los ricos son como ellos mismos pero sin cargos públicos (y a quienes generalmente no joden). Y no les cabe en la cabeza (lo han demostrado) que si le dicen a alguien “quedate en tu casa”, ese alguien les responda “¿Qué casa?”.

   Tampoco que un jubilado no tenga una tarjeta de débito, ni conozca internet…

   Yo cumplí siempre. Por eso me tocó esperar. Esperé que trabajando llegaría a tener casa. Esperé que siendo bueno me iría mejor. Esperé que haciendo mérito y esforzándome, llegaría a tener una buena familia, una buena esposa y un pasar aceptable. Esperé que siendo pacífico, no tendría problemas de convivencia con los vecinos. Esperé que cumpliendo en tiempo y forma con mis obligaciones, dormiría más tranquilo que aquellos que no cumplen, que transgreden, que prepotean, que agreden, que gritan, que roban y que matan.

   Sigo esperando; por eso la cuarentena no me angustia, ni me deprime, ni me pone ansioso.

   Recuerdo el cuento ese que dice que un tipo va a hacerse una resonancia de rodilla, y en la sala de espera, cuando lo atiende la recepcionista, le pregunta a ella si se puede fumar. La mina le dice que no, que eso es una sala de espera… el tipo se sienta, olfatea humo de cigarrillo y ve que en un rincón hay dos tipos meta fumar, con varios puchos ya pisados en el suelo. Ahí nomás se levanta y le recuerda a la mina que él le preguntó si se podía fumar y ella le había dicho que no. Ella le dice que es correcto, y entonces el tipo le pregunta por los que están fumando en el rincón, y la mina le dice con total naturalidad que “esos no preguntaron”…

   Y acá es lo mismo. El que pregunta si puede ir a ver a su madre, recibe un “no” tajante, no exento de amenaza, y el que no pregunta, va como un general ruso y la visita. El que entiende lo que puede pasar, se queda en su casa, esperando; el que no entiende, sale a hacer lo que se le canta, y nadie lo jode.

   A mí me agarró el cierre de circulación a 800 km de mi casa. Dos meses esperé a que se dieran cuenta de que había argentinos en argentina que estaban fuera de sus casas. Mandaron aviones al extranjero a buscar turistas, “repatriaron” a miles y miles, por unos días sí… por otros días no… pero los que estábamos en el país, pero fuera de la casa por motivos de salud no existíamos. Y bueno, a esperar.

   Abrieron una página para obtener un permiso de regreso a casa, y desbordó en minutos; nunca pude entrar, y los mandamases dijeron que no tenían idea de que había semejante cantidad de gente que quería volver a su casa, y que no iban a abrir de vuelta la página hasta que estudiaran el tema… Y bueno, a esperar.

   Donde yo estaba esperando, autorizaban a salir dos horas por día, a hacer trámites solamente, y a comprar comida, según el número de DNI. Por supuesto que a la noche se juntaba la pendejada en la vereda a chupar cerveza y bailar reguetón, pero era lógico: ellos no preguntaron… ¿Nosotros? A esperar. Hice algunas changas de electricista indoors, mientras esperaba. Cuando salía a comprar comida, llevaba el barbijo religiosamente y me quedaba a dos metros a esperar afuera hasta que me dejaban entrar, mientras otros entraban sin esperar y sin barbijo sin que nadie les dijera nada. Y bueno, a esperar.

   Garcamuzzi me intimó por mail para que pagara la factura del gas, pero pagofácil, rapipago y garcapago estaban cerrados, además de que no me mandaban la factura por mail, y el mail que me mandaron decía “no-responder”. Pude entrar a la página de Garcamuzzi, pero no me informaban mi número de cuenta sin registrarme como usuario. Me registré como usuario después de infinitos intentos, porque internet es de terror y se corta a cada rato. Finalmente, tuve mi número de cuenta, y pude saber cuánto debía, pero detalle de factura no daban. Y bueno, a esperar.

   Finalmente, a los genios se les ocurrió abrir de nuevo la página para volver a casa. Esta vez, esperé, pero despierto, a que pasara la medianoche y pude ingresar a la página el primer día para llenar el formulario. Lo llené, y lo mandé. Ninguna notificación, salvo la indicación de que ya me iban a responder… y bueno, a esperar. Una semana después, me llamaron por teléfono para preguntarme si quería volver… les respondí que por eso había entrado a la página, y me dijeron que la semana siguiente me iban a mandar un mail con la información de la decisión de la Autoridad competente acerca de la opinión que tuviesen referente a la posibilidad de autorizarme a volver a mi casa. Y bueno, a esperar.

   Diez días después de la llamada, finalmente me llegó por mail la decisión de la Autoridad competente: “Puede volver a su casa; tiene 48 horas o no vuelva nunca más”. Gracias, Autoridad competente. Corrí a un kiosco a imprimir la autorización, me descocieron el esfínter con el costo de la impresión, fui a llenar el tanque de nafta… dos cuadras de cola. Y bueno, a esperar.

   Salí tempranito al día siguiente, porque había rumores de piquetes en varios puntos de mi ruta. Por mi problema de salud, no comí nada el día anterior, ni durante el viaje, para no tener que usar ningún inodoro. Según las instrucciones recibidas con la autorización, tenía prohibido bajarme del auto hasta para cargar combustible durante el regreso, y no podía quitarme el barbijo ni para lavarme los dientes. Debía cruzar dos límites interprovinciales antes de llegar a mi casa. Afortunadamente para mí, Gendarmería había paliceado a los desocupados que cortaban la ruta y los había encanutado a todos, de modo que solamente quedaban en la calle los criminales liberados de las cárceles, pero esos no hacían piquetes. A poco de andar, me pararon los bomberos, para tomarme la temperatura. Estaba sano, porque el termómetro marcaba 34° C… pregunté si había piquetes más adelante, pero el muchacho solo había sido instruido para tomar temperatura; del resto no sabía nada. Y bueno, mientras marchaba, a esperar.

   Ni un prostituto cartel indicador de las posibles direcciones y destinos en cada cruce y/o rotonda. Como había mirado el viejo mapa, alguna idea tenía, y por suerte no pifié el camino.

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   Me paró la Policía provincial, y le mostré todos los papeles que tenía, pero el uniformado solo quería saber si podía donarle unos litros de nafta para el móvil. Le expliqué que necesitaba la nafta para llegar a mi casa; entonces fui sometido a un hábil y sagaz interrogatorio, acerca de por qué estaba tan lejos de mi casa cuando empezó la cuarentena… Y bueno, mientras explicaba, a esperar. Finalmente, el gorreado (tenía gorra) me dejó seguir.

   Amanecía. Me saqué el barbijo y tomé agua de la botellita, ya que en la ruta yo era el único. Aproveché a cargar más nafta, y como no pregunté, me bajé del auto y estiré las piernas, aunque lo tenía prohibido.

   Durante el resto del camino me paró la otra Policía provincial, y en el segundo cruce interprovincial (nunca supe cuándo ni dónde atravesé el primero) me detuvo la Policía de mi Provincia (me sacaron fotos con el barbijo puesto, para saber que era yo). En el resto del camino, me pararon: otra vez la Policía, la Gendarmería, y la Policía una vez más. Creía que me iban a parar los Boy Scouts en cualquier momento, pero afortunadamente no crucé a ninguno. Volví a cargar nafta, y me volví a bajar del auto, notando que el playero me miraba como a un ladrón… noté que en todo el entorno visible nadie usaba barbijo, se saludaban con un beso, se abrazaban y se palmeaban el lomo (seguro que esos no preguntaron). Salí de ahí y finalmente llegué a mi amado pueblo con dos días de ayuno.

   Atardecía… allí, una barricada, policías con armas largas, los bomberos y algunos civiles que trabajan en la Muni, me cerraron el paso. Me sacaron fotos, miraron todos los papeles, me preguntaron de dónde venía (en el permiso lo decía), me informaron que debía permanecer aislado por 14 días, en el hotel. Les avisé (aunque me conocen) que vivo solo, y tranquilamente podía estar aislado en mi casa, pero NO; EN EL HOTEL… y bueno, a esperar. Uno de los Munis me preguntó con quién había estado los dos meses, y ya un poco caliente, le respondí “Con tu hermana”… La situación se volvió tensa, un milico joven me dijo que me iba a custodiar hasta el hotel. Los bomberos me enchastraron el auto con lo que dijeron era un desinfectante, y arrancamos; yo adelante y el patrullero atrás, con las balizas encendidas (por suerte no prendió la sirena). Fue mi primer viaje con custodia personal.

   Apenas llegué al hotel, aún no había acomodado las cosas y me llamó un amigo para preguntarme si estaba enfermo de coronavirus, porque le habían dicho que me internaron en el hotel, y que estaba de última… le aclaré mi estado y me preparé para pasar en ese cuartito catorce días. Y bueno, a esperar…

   Durante las dos semanas alpedistas, miré televisión (en mi casa no tengo). Me hizo mal al estómago, a la cultura y a los ojos, pero había que esperar. Una vez más, comprobé que para la televisión, el país es CABA, y el interior termina en el AMBA; lo demás no importa, o no existe, salvo cuando hay alguna calamidad. Argentina es CABA y el AMBA; no hay remedio. Recordé a un amigo ya fallecido que decía que CABA es para la Argentina un tumor con metástasis en Mar del Plata, y que para salvar a la Argentina, había que extirpar el tumor; decía que había que hacer un muro como el de Israel (el de Trump ni se soñaba por aquellos tiempos), a la altura del Camino de cintura, y cortar todos los caños y los cables que cruzaran el muro… me sonreí al recordarlo, y esperé.

   Como todo llega, al fin pude volver a mi casa. Tuve que pasar por el hospital para que me dieran el comprobante de persona sana (que nadie más me pidió) y presentarme en la Comisaría para que el Comisario tomara conocimiento de que yo era yo, y al fin quedaba en libertad condicional.

   Hace dos semanas que estoy esperando, pero en mi casa. Me enteré que “el Maxi” (que también regresaba de Entre Ríos) no quiso hacer el aislamiento en el hotel, se empacó y se atrincheró en su quinta, y como no preguntó, lo dejaron que lo hiciera ahí (y que jugara al truco de cuatro con los vecinos, por plata, pero como nadie buchonea, nadie hizo nada). El domingo pasado, al llevar a mi hijo menor a la casa de su madre, la cantina del club era un hervidero de borrachos apretujados en las mesas, a las risas, a los gritos y sin barbijo… ellos tampoco preguntaron.

   Y no estoy ni angustiado, ni ansioso, ni deprimido; solo estoy jubilado. Yo espero nomás.

Quién es Daniel

   Nacido en Ramos Mejía, partido de La Matanza, Provincia de Buenos Aires, el 26 de abril de 1957, hijo de padres nacidos en el campo, inmigrantes internos de las décadas del ’30 y del ’40. Si bien se crió y vivió en ciudades, siempre se sintió atraído por el campo. 

   Vivió hasta los treinta y tres años en la zona, donde estudió electromecánica en Ciudad Evita, y profesorado en Disciplinas Industriales, en Mecánica, en la Capital Federal. 

   Trabajó como mecánico de automóviles y en la industria metalúrgica, en simultaneidad con la docencia, actividad que ejerció hasta jubilarse en 2015. 

   Desde chico se acercó a la guitarra y disfrutó de la música y del canto, si bien no cursó estudios sistemáticos. En su adolescencia comenzó a componer sus primeros temas y tuvo un largo paréntesis durante sus años de casado. 

   El 14 de julio de 1990 se estableció en General Pico, el 23 de febrero de 1993 se trasladó a Santa Rosa y el 1 de junio de 2004 se radicó en Jacinto Aráuz, lugar de residencia actual. Al llegar a La Pampa, lo impresionó profundamente el problema del “río que ya no está”. Reanudó su contacto con la música y el canto en 1995 y se dedicó a la composición con una temática predominantemente pampeana. Entre sus composiciones figuran: “La seca”, cueca que trata el tema del río directamente; “A La Pampa”, milonga en décimas que manifiesta su sentir con respecto a la Provincia que le ha dado lo mejor que ha recibido en su vida; “Mis pagos”, chacarera en la que hace explícita su pertenencia a la Provincia, y otros de temática diversa. 

   Ya en Jacinto Aráuz, formó desde el inicio en 2005 la banda de Blues “The Unforgiven Blues Band”, hasta 2017, en que dejó de participar en el grupo. Retomó la escritura, y participó en publicaciones cooperativas con cuentos cortos y poesías. Fue finalista del concurso de La Nueva en diciembre de 2019 con el ciento “Nacho”. 

   En el presente, sigue escribiendo cuentos, dos novelas en proceso (una de ciencia ficción futurista y una policial), componiendo temas de Rock, Country y Blues, y haciendo algunas presentaciones en público. 

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