Promisorios resultados que deberán corroborarse en los hechos

9/2/2020 | 07:00 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Archivo La Nueva.

Por
Eugenio Paillet

   Puede comprenderse razonablemente el entusiasmo, no exento de algunos raptos de euforia, que existía el viernes en los despachos oficiales habituados al repaso semanal en reserva de la marcha del gobierno, en este caso puntualmente tras la gira del presidente Fernández por Europa y el rebote que tuvo ese periplo en los Estados Unidos.

   “Conseguimos todo lo que fuimos a buscar”, decía uno de esos confidentes mientras el vuelo que traía de regreso al presidente y su comitiva aterrizaba en Ezeiza. Para el gobierno, esa definición sobre el éxito del viaje a Roma, Berlín, Madrid y París debe dividirse en dos planos.

   El primero, que tiene que ver justamente con el objetivo que se fue a buscar y que ni antes ni durante la gira el oficialismo disimuló. Esto es, conseguir el apoyo de países centrales de Europa, la mayoría de ellos con fuerte influencia en las decisiones del Fondo Monetario Internacional, para avanzar en la renegociación “amigable” con el organismo de Washington por la deuda externa argentina. 

   Lo que implica en toda su extensión que los acreedores, tanto el FMI como los fondos privados tenedores de bonos de la deuda, acepten la propuesta no escrita por ahora en ningún papel que sostiene Alberto y su ministro de Economía, Martín Guzmán: así como está planteada, la deuda es impagable, y los acreedores deben entender que la Argentina primero necesita crecer para después poder pagar.

   Esa, cabría advertir, es una condición que en el marco de las negociaciones que ha iniciado Guzmán con el Fondo y en otras conversaciones con acreedores privados está por verse. No ha sido saldada ni mucho menos. 

   Hay economistas internacionales ligados a los fondos de inversión que sostienen lo contrario: la Argentina primero tiene que mostrarles un plan económico sustentable que permita evitar el tan temido default, para recién después pensar en salir del fondo del tacho en el que se encuentra la economía argentina.

   Fernández cree haber encontrado en sus contactos internacionales un resquicio a su favor en esa discusión. Lo dice en función de lo bien que a su juicio y de todo el gobierno le fue en sus diálogos con Giuseppe Conte, Angela Merkel, Pedro Sánchez y Emmanuel Macron. Todos por igual, al menos de atenerse a la comunicación oficial del gobierno argentino tras esos encuentros, se mostraron firmes y solidarios en el apoyo al país y su esfuerzo por renegociar la deuda externa. 

   Hay dos gestos contundentes que las fuentes gubernamentales destacaban el viernes dentro de ese marco general. Para empezar, no solo la buena onda de la reunión entre Fernández y el Papa Francisco, algo de lo que casi no había dudas en la Casa Rosada. Pero más relevante aún, el contundente mensaje de Bergoglio delante de la titular del Fondo, Kristalina Georgieva, y secundado por el ministro Guzmán, acerca de que el pago de la deuda de los países en problemas no debe hacerse a costa de “sacrificios insoportables” de los pueblos que los habitan.

   El otro gesto, tal vez impensado hasta para los propios funcionarios del gobierno, fue el fuerte mensaje del presidente Donald Trump al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador ante la Casa Blanca, Jorge Arguello. 

   “Dígale al presidente de Argentina que puede contar con este presidente”, lanzó el norteamericano en una suerte de reaseguro de que aquellas conversaciones europeas tendrán su correlato nada menos que de parte del país que es casi “dueño” de las decisiones del Fondo.  

   Lo es de hecho: Estados Unidos no solo es el principal aportante del FMI sino que tiene el único poder de veto sobre las medidas que adopten el resto de los integrantes del board del organismo. “No esperábamos lo de Trump, no tan fuerte”, se entusiasmaba aquel confidente del albertismo puro.

   El segundo plano de los logros obtenidos en la gira del que hablan los funcionarios no es menor y hasta se emparda con el de ir por apoyo para renegociar la deuda. Lo repitió el presidente ante cada interlocutor: fue una falacia del macrismo la idea de que la vuelta del peronismo al poder, con la carga a cuestas de la vieja mochila populista, implicaría un aislacionismo automático del kirchnerismo de los grandes países de Europa o de Estados Unidos. “Tanto les mintieron”, dijo el presidente al recordar aquel discurso de campaña de Juntos por el  Cambio. 

   Es cierto que mientras el presidente reitera que, en su visión, la Argentina debe mantenerse “dentro del mundo”, y acaba de reafirmar que los lazos serán también con China, Rusia´y el Brasil de Jair Bolsonaro -cuya relación bilateral no se termina de recomponer-, como también profundizar el avance de un futuro acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, dentro del Frente de Todos ciertamente perviven resabios de aquel aislacionismo. Tarea para el presidente que también deberá probarse en los hechos.

   El gobierno debería de todos modos ser cauto. Hay una larga lista de presidentes argentinos, desde Raúl Alfonsín a Mauricio Macri, que recibieron halagos parecidos a los que acaba de amontonar Alberto, sin que luego esas buenas ondas se corroboraran en hechos concretos. 

   El macrismo vivió en carne propia ese choque entre las promesas y la realidad. La tan mentada “lluvia de inversiones” que acompañarían su ascenso al poder nunca llegó, y por el contrario el de Cambiemos se convirtió en uno de los peores gobiernos de la democracia recuperada.

   Hacia adelante, cabría tomar nota de  una vieja muletilla de la flema británica que ellos mismos suelen recomendar al mundo: “Wait and see”…

 

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