La mortaja no tiene bolsillos

20/12/2020 | 06:00 |

“Queriendo llegar a todas partes, Maradona no estuvo presente verdaderamente en ninguna. Vivió convencido de que la vida no se le iba a acabar.”

Por
Miguel Angel Asad

   Dejo a Maradona que descanse en paz. No voy a entrar a ver si jugaba al fútbol como nunca nadie lo hizo. Solo tomaré su muerte como icono de la “soledad”. Fue un solo rodeado de gente, adulándolo, otros mangueándolo,  otros haciendo de hijos, otra de esposa, pero en esencia fue un “solo”. No por elección, sino por prescindencia. 

   El ser humano habita la realidad con el fin de obtener cosas o con el afán de dejar su huella en el mundo, dejando algo de sí mismo. Ahí donde moramos dejamos huella. Recordemos el pasaje de El Principito en que el zorro pide al pequeño Príncipe que le domestique, que le habite y que se deje habitar por él. Desde ese momento la realidad y la propia vida quedan transfiguradas por un ser que saca la vida de la monotonía, alguien que la dota de sentido: “Amaré el ruido del viento en el trigo porque  me recordará a tus dorados cabellos”, dice el zorro. Maradona estuvo transido por la soledad: “Allí en la cúspide donde llegué, sentía el frío de la soledad”, confesó. 

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   Mario Benedetti decía al respecto: “Tú no eres ésa, yo no soy ése; ésos, los que fuimos antes de ser nosotros. Eras sí, pero ahora suenas un poco a mí. Era, yo, pero ahora vengo un poco a ti. No demasiado, solamente un toque, acaso un leve rasgo familiar, pero que fuerce a todos a abarcarnos a ti y a mí cuando nos piensen”.

   Maradona olvidó el decir de Tomás Merton que “los hombres no somos islas”´, que  somos vulnerables y no nos bastamos para darnos la felicidad a nosotros mismos. A Diego las compañías interesadas lo convencieron de lo contrario. Quedaron en el pentagrama del alambrado del camino, los besos de la vieja, los abrazos de su padre, de sus hermanos. Queriendo llegar a todas partes, no estuvo en serio verdaderamente presente en ninguna. Vivió convencido de que la vida no se le iba a acabar. Lo de morirse no iba con él, que “tenía todo el tiempo del mundo”, ergo podía arrojarlo, y  con él la vida por la borda, como si le sobrara. Y derrochó un montón de horas en cosas que no merecían la pena. Al decir de Kierkegaard: “somos tiempo encarnado”, que fuimos creados para la eternidad y no nos resignamos a que esto se termine. Diego, tampoco. Peor aún, a que terminara solo de toda soledad. 

   A Diego no lo mataron las 115 pulsaciones, ni el medio kilo que pesaba su corazón, ni el segundo golpe en la cabeza. Murió de soledad, en soledad, por soledad, nunca supo regresar su alma a Villa Fiorito, nunca supo del amor verdadero, creyó que todo se compraba. Desde el crucifijo que lucía de amuleto hasta los hijos que dejó solos, la viuda  matrimonial divorciada y concubinas, con tatuajes o nuevos esposos. Un Crusoe rodeado de gente, una Ferrari despreciada por no tener radio, o enfrentando la mafia nacional e internacional del futbol cuidando que “la pelota no se manche.” Pero solo. Triste. Dopado. Mirando desde el lecho y después desde el cajón la presencia ausente de los “desconocidos de siempre”, recordándole que “la mortaja no tiene bolsillo” y que amigo, amigo, es solo el que te hace saber que está. 

   ¿Y Diego? Está en la inmisericorde necropsia, que deja los pedazos de cerebro, de corazón y de hígado para estudio, mientras “el 10” seguirá, al decir de Victor Frankl, siendo “el hombre en busca de sentido”. Solo, para siempre.

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