191 aniversario de Bahía Blanca

¡Las bahienses… esas mujeres bravas!

13/4/2019 | 07:00 |

Por César Puliafito / Especial para La Nueva / cesarpuliafito@gmail.com

   Sin dudas historiar el aporte de la mujer en la Bahía Blanca fundacional tiene tanta riqueza en hechos, personajes y matices que excede largamente este trabajo; no obstante vale asumir el desafío para al menos bosquejar y empezar a rescatar del olvido, o más bien del desconocimiento, a estas heroínas bahienses.

   He aquí un panorama, desde las primeras tres décadas del establecimiento a partir de su fundación en abril de 1828.

La mujer en la frontera

   Si la vida de los hombres de esos tiempos en la Fortaleza Protectora Argentina en la bahía Blanca era durísima, es difícil imaginar lo que ha sido para esas mujeres que por elección o defecto la hicieron su lugar en el mundo.

   En la frontera, común en hechos extremos y contradictorios, a las mujeres se las consideraba apenas poco más que un “bien”; en 1859, el comandante Orquera escribía que el Jefe de la Guardia Nacional de Bahía Blanca Jacinto Méndez era un forajido “sin vínculo ninguno en este destino más que “la querida”, el caballo y su puñal…”. Las primeras bahienses padecieron rigores, excesos, penurias, secuestros y humillaciones. 

   Necesariamente tuvieron que ser bravas para sobrevivir y vencer la barbarie. Pero aún así, en la contraparte, no es justo dejarlas en el único rol de víctimas. Es más, fueron indispensables; amorosas, valientes, líderes, emprendedoras, educadoras, llevaron adelante familias y negocios; por supuesto agregaron valor y vida a un mundo que la historia yerra cuando lo hace parecer solamente hostil. Aún en la frontera existía la necesidad de afectos, ilusiones, proyectos, y sobre todo ganas de vivir.

La mujer aborigen

   Se puede afirmar que las mujeres más expuestas fueron las aborígenes comarcanas que por el avance de los criollos y la inmigración de pueblos trasandinos, quedaron atrapadas en el centro de la guerra y arrancadas de sus territorios y hábitos. Esto precipitó en pocas décadas a la destrucción de su cultura ancestral y las convenciones sutiles que regían sus roles como laboriosas ecónomas de la vida familiar nómada. Eran expertas en la logística de sus habituales marchas transportando sus toldos, en la confección de prendas como los “Quillangos” (las capas de cuero de guanaco tan característica de los tehuelches a los que decoraban con diseños artísticos). Pero hay que ser cuidadosos en idealizar el tema, tampoco la situación de las mujeres en esas sociedades primitivas era fácil.

   En la disolución de la cultura aborigen, muchos son los testimonios en que, luego de arrasadas sus tribus por los ataques de criollos, guerrilleros realistas o tribus hostiles, las mujeres herraban por el desierto con sus hijos, o eran botín de guerra y cautivadas para la servidumbre. En contraposición, se cuentan casos en que las cautivas blancas que secuestradas en los malones y rescatadas por las fuerzas del Estado, escapaban nuevamente a las tolderías para volver con sus hijos de la nueva vida. Otras, como se verá más adelante, se “avecinaron” y formaron familias en establecimientos fronterizos como el de Bahía Blanca.

Las primeras pobladoras bahienses

   En 1828 la máxima amenaza que sufría la muy aislada Fortaleza - Puerto, eran los violentos guerrilleros chilenos realistas, conocidos como “Los Pincheira”, que habían inmigrado a este territorio escapando de la persecución de las autoridades republicanas de Chile. En la guarnición se establecieron criollos, africanos, tehuelches, araucanos, chilenos y algunos europeos. El factor común que hacía viable la convivencia era la necesidad de supervivir y el terror a un ataque de los Pincheira, Calfucura, o de los hostiles de turno. La proporción de mujeres era baja; por ejemplo en 1836 el asentamiento bahiense contaba con 1406 habitantes; de ellos 779 eran soldados, entre los civiles 557 resultaban familiares de los militares (mujeres y niños), más 155 vecinos que realizaban distintas actividades. Se puede especular la población femenina en alrededor de 300 habitantes. Por otra parte en ese mismo año, la comunidad del Cacique Venancio que se asentaba a pocos kilómetros del fuerte, contaba 708 personas de las cuales 440 eran guerreros; el resto 268 individuos estaban conformados por niños, mujeres y ancianos.

   Ellas dieron vida a lo que era una guarnición militar fronteriza. Dominga Godoy una misionera casada con Luis Espinosa (también de Misiones), fue de hecho la primera mamá registrada al dar a luz a Faustino en abril de 1828 en Bahía Blanca. A falta de un Cura, Faustino fue bautizado recién en 1837 cuando el padre Juan Baustista Bigio lo registró en el libro parroquial pronto a cumplir los 9 años de edad. Para ese entonces Dominga ya era viuda.

   La convivencia en esta Torre de Babel bahiense, daba por resultado una gran cantidad de relaciones interétnicas, de ese modo para desilusión de los más “puristas” (por llamarlos de alguna manera), el gen bahiense era y es bien variopinto. Muestra de esto es el bautismo en 1839 de Felipe el hijo de Doña Rosa Muñoz china de etnia ranquel que, a pesar del parecer del noble cura, estaba “amigada” con el padre de la criatura, el moreno Francisco Muño un soldado de la guarnición. A Biggio le costó describir al niño y lo definía como “un chiquito, de color trigueño ó morenito como pardito, porque no pude bien distinguirlo…”.

La primera profesional

   No hay que desdeñar el aporte de las machis aborígenes en la sanidad de los primeros años de la Fortaleza, pero la primera profesional en la Bahía con estudios fue la morena Ana María Piñeiro, la primera partera bahiense. Según el reconocido investigador Guardiola Plubins, Ana María nació en Tucumán, tuvo formación vinculada a la universidad de Córdoba. Llegó a Bahía Blanca con sus hermanos en la goleta Reno a comienzos de 1829. Contrajo matrimonio con el carpintero español Santiago López; de ahí en más, se la conoció por su apellido de casada.

   Desarrolló su extraordinaria actividad de partera ganándose el respeto y el reconocimiento, al punto que en su lápida los vecinos pusieron el siguiente epitafio: “Ana María López, falleció el 20 de junio de 1869. Por cuarenta años los hijos de este pueblo han sido recibidos en sus brazos en su oficio de partera. El pueblo todo y su familia le dedican este recuerdo…”.

Las mujeres cautivas 

   Desde que se creó la Guarnición, las patrullas y columnas de las fuerzas locales rescataron de las tolderías personas que habían sido secuestrados durante los malones; en su mayoría niños y mujeres que eran traídas a Bahía Blanca. Algunas de ellas regresaron a sus localidades, pero a veces no podían porque raptadas de muy niñas no recordaban sus apellidos ni origen. Otras decidían iniciar una nueva vida en la Guarnición para evitar ser estigmatizadas en sus comunidades o señaladas por haber convivido en las tolderías y/o tenido hijos de aborígenes.

   En contrapartida lo mismo sucedía con chinitas aborígenes jóvenes que eran capturadas en los toldos como botín de guerra y llevadas en cautiverio a Bahía Blanca. El cura Bigio, detectó que muchos hombres militares y vecinos del poblado les sentaba bien la barbarie y tenían más de una mujer. Con el apoyo del Comandante Martiniano Rodríguez, los militares en esa situación tuvieron que formalizar su vínculo. Entre 1835 y 1840 se realizaron 85 matrimonios: 8 con novios civiles y 77 con militares de todos los rangos. Del total de bodas, en 42 casos las novias eran cautivas rescatadas (ahí se nota el “efecto” Martiniano), 14 indias y 6 viudas de militares fallecidos en combate.

Juanita Seguel de Iturra, una heroína bahiense

   De entre las rescatadas, la vida de Juanita Seguel de Iturra es un arquetipo de la heroína bahiense. Según algunas fuentes Juana Seguel, nació en Chile. Habría sido secuestrada por los Pincheira y llevada en su éxodo a la pampa argentina donde fue rescatada por las fuerzas del cacique Venancio y entregada a la Fortaleza. Ahí contrajo matrimonio con Francisco Iturra, un militar chileno que hizo carrera en la guarnición. En el malón de 1836 fue secuestrada junto a sus dos hijos pequeños. Un año después, durante el violento malón de 1837, con el poblado asediado, Juanita escapó de sus captores para dar aviso de los planes de los atacantes. Para salvar al pueblo, tuvo que dejar en las tolderías a Francisco Pío uno de sus hijos, el otro niño Rosalío, murió por enfermedad durante el cautiverio. Tiempo después Francisco también fue rescatado.

   A fines de la década de 1840, Juanita llevó adelante la casa de comercio de su marido. En 1859 quedo viuda, por si fuera poco su nuevo almacén fue atacado e incendiado en el malón del 19 de mayo de 1859. Sobrevivió y siguió adelante con su emprendimiento. En reconocimiento los vecinos de Patagones y de Bahía Blanca, elevaron petitorios al Gobierno para que a la “abnegada vecina” Juana Seguel de Iturra se le pague la pensión por viudez. 

Epílogo

   Queda mucho por contar de las mujeres bahienses fundadoras y el espacio no ayuda: no obstante también se deja el recuerdo para aquellas pulperas y empresarias ganaderas; las que acompañaron a sus hombres; las primeras educadoras; las que sorprendían por su belleza; a las fundadoras de la Sociedad de Beneficencia; a las jóvenes morenas de “gli occhi neri” que ensoñaban a los legionarios italianos; las que fueron abandonadas, a las viudas de los soldados muertos en combate; a aquellas que se prostituían, a las que padecieron hasta la muerte y a tantas otras.
   Muchos aportaron a la construcción de esta Ciudad-Puerto del presente ¡Las bahienses… esas mujeres bravas!

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