Una venganza bahiense contra los nazis

24/2/2019 | 07:00 |

La guerra que más marcó a la humanidad en estos tiempos hizo que muchas familias callen durante años para sobrevivir al dolor. Elena tenía inquietudes sobre sus antepasados y viajó a Polonia para poder conocer más de sus raíces.

 

Por Damián Vallejos / dvallejos@lanueva.com

 

   Cuando Elena tenía 11 años leyó el Diario de Ana Frank y quedó sorprendida. La historia de una nena de casi la misma edad que sufrió en carne propia la persecución nazi la conmovió. Pero todavía no sabía todo.

   Quería conocer más sobre esa pequeña niña judía que se escondió todo lo que pudo hasta que la encontraron y la mataron en un campo de exterminio.

   Elena empezó a buscar por todos lados. Comenzó por Wikipedia. Encontró la palabra “holocausto” y la situación se puso cada vez peor. No podía entender cómo la humanidad había sido capaz de semejante acto. Todo le hacía ruido.

   Y tuvo con su mamá una charla que marcó un antes y un después.

   —Tu abuelo era judío —le dijo, para luego contarle que parte de su familia quedó en algún lugar de la Polonia ocupada por los nazis en 1939.

   Guillermo Jakubowicz, abuelo de Elena, nació en 1940 en Buenos Aires.

   Su padre, Itche Jakubowicz, había escapado cuando se veía venir la Segunda Guerra Mundial junto a una parte de su familia: de 7 hermanos, 3 llegaron a nuestro país; el resto no pudo salir de Europa.


Casa donde vivió la familia Jakubowicz en Żyrardów  

   En el pueblo polaco de Żyrardów quedaron sus hermanas Chaja, Frimeta, Batszeva y sus padres, Abram y Beijle Lubartowska.

   Chaja, Frimeta, Batszeva, Abram y Beijle seguían en contacto con la familia por medio de cartas.

   La última que llegó desde el pueblo ubicado a 70 kilómetros de la capital Varsovia fue en julio de 1939, pocos meses antes de que los alemanes invadieran Polonia y se desatara la guerra.

   Desde ahí, lo que siguió para toda la familia fue solo infierno.

   A los judíos de Żyrardów los llevaron al gueto de Varsovia, donde fueron amontonados y muchos murieron de hambre y enfermedades.


Las imágenes muestran a las tropas nazis trasladando a mujeres y niños en medio de la destrucción del gueto de Varsovia

   El gueto era la primera parada antes de llegar a la fábrica de cadáveres de Treblinka, donde desde 1942 se aplicaba la die Endlösung der Judenfrage o “solución final de la cuestión judía”.

   Treblinka estaba a poco más de 100 kilómetros al noreste de Varsovia. Allí llevaron a más de 300.000 judíos, gitanos y presos políticos en los primeros meses.

   El tren que terminaba en el campo simulaba llegar a una estación normal. Había 2 edificios a 100 metros de las vías. Uno contenía ropa y pertenencias de los prisioneros. El otro lo utilizaban como cuarto para que las mujeres se desvistieran y les cortaran el pelo.

   Había oficiales que recolectaban dinero y joyas. Dentistas que revisaban minuciosamente y les arrancaban los dientes de oro y hasta una “enfermería” a la que llevaban a viejos o ya fallecidos.

   Un edificio que simulaba una Mikve, el espacio donde se hacen los baños de purificación judíos, con estrellas de David en la puerta era la penúltima parada hacia el infierno.

   La “ducha para desinfectarlos” era la fachada final para gasearlos y trasladarlos a la hoguera.

   Era hacer todo ese “viaje” o morir fusilado.

   En Treblinka, a diferencia de otros campos como Auschwitz, no había “trabajo”. Iban derecho a las cámaras de gas, a los lugares de fusilamiento y a la hoguera a cielo abierto. La expectativa de vida no superaba la hora y media.

   En 15 meses aniquilaron entre 700.000 y 900.000 personas y el campo fue desmantelado porque no quedaban judíos en esa zona del país. Lo taparon y hasta hace poco era uno de los puntos preferidos de los negacionistas del holocausto. Es que recién en 2014 se pudo excavar y encontrar restos de toda esa locura.


La estrella de David grabada en una piedra, uno de los numerosos restos hallados en Treblinka

  Ahí o en Varsovia quedaron los antepasados de Elena. Nadie lo sabe. Nadie había podido darle sepultura ni despedirlos hasta enero de 2019.

   8 de enero de 2019 y el invierno polaco no da tregua: hace mucho frío. Tanto frío que las temperaturas máxima y mínima no se pelean por ver quién es la más fuerte: van de -5 a -3. Hay nieve y hay dolor.

   Elena mira hacia abajo y ve una piedra que tiene el nombre de Żyrardów, uno de los pueblos polacos que se quedó sin judíos. Se agacha y pone fotos de Chaja, Frimeta, Batszeva, Abram y Beijle.

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   Fue a Treblinka y para ese día se sumó su mamá, Diana Jakubowicz. Hicieron lo que los nazis nunca dejaron hacer a su familia: una despedida.

   —Era lo que necesitábamos. Lo más doloroso siempre fue que no tuvieran sepultura, que no existiera forma de recordarlos. No eligieron lo que les pasó y no eligieron cómo morir. Mi venganza hacia los nazis es que pude elegir cómo sepultarlos —dice Elena.

   Elena rezó el kaddish. No importó que la tradición judía indique que debe hacerlo un hombre acompañado de otros 10 varones. Ella sentía que era necesario hacerlo por toda su familia.

   —Después de casi 80 años puedo decir que descansan en paz.

   En Treblinka hoy se levantan piedras con los nombres de cada pueblo polaco azotado por los nazis. Además de un monumento central construido en el lugar donde estaba la cámara de gas para homenajear a todas las víctimas.

   —Conocer nuestras raíces nos ayuda a entendernos mejor y entender mejor a nuestras familias.  

   Elena Cuomo tiene 19 años. Vino a vivir a Bahía Blanca en 2005 con sus padres, músicos de la Orquesta Sinfónica. Hizo la primaria en la Escuela N° 4 y la secundaria en la Media 12.

   Transitó un cuatrimestre de Letras en la UNS hasta que tomó una de las decisiones más importantes de su vida: juntar fondos para poder viajar a Polonia, darle sepultura a sus  antepasados y conocer a pleno sus raíces.

   Desde agosto de 2018, hizo varias ferias, dio clases particulares y publicó un sitio en el que la gente podía colaborar con su proyecto: Lena To The Roots (Elena a las raíces).

   Incluso organizó el festival “La memoria nos hace” en la Casa del Pueblo, donde contó su historia y la necesidad de saber qué pasó con sus antepasados que, como muchísimos más, no aparecían en los registros.

   —Me encontré en esa historia. Entendí lo que le pasaba a toda mi familia. Nunca nadie le dio tumba a esas personas. Entonces lo que quiero hacer es llevarle una tumba a esa gente —dijo en esa oportunidad con los ojos llenos de lágrimas.

   Finalmente el 30 de noviembre cruzó el océano y pudo recorrer casi todos los pasos de la historia de Polonia.

   —Lo primero que me pasó cuando llegué y empecé a conocer gente, fue decir "ahora tienen sentido" ciertas actitudes que quizás me resultaban inexplicables. También entender cosas que a mí misma me pasan, que vienen de la mezcla de culturas que tenemos.

   Todos los días Elena llamaba a su familia que había quedado en Bahía para contarle todo lo que estaba pasando.

   —La relación con mi familia mejoró muchísimo a partir de este viaje y también la relación entre ellos. Abrir las puertas para entender lo que nos pasó nos dio espacio a que haya más entendimiento entre nosotros.

   Para Elena es importantísimo que cada uno busque sus raíces para comprender su propia historia. Siente un gran compromiso social con esas búsquedas. Cree que es la manera de no repetir los errores del pasado.

   Hay cosas en las que todo el mundo pareciera estar de acuerdo. Pero al indagar, las diferencias son preocupantes. El odio y el racismo son un ejemplo.

   Elena estuvo en Auschwitz cuando se hizo el acto por los 74 años de la liberación del campo de exterminio. Vio respeto y dolor, pero también fue testigo de un movimiento que se centra en el odio y al que hay que prestarle atención.

   —Estábamos cara a cara con los sobrevivientes. Eso dio una dimensión de que todo lo que sucedió fue enteramente humano. Y a su vez, al acto concurrieron nacionalistas antisemitas polacos que gritaban que iban a terminar con los judíos.

   A Elena eso la inquietó. Es que la historia parece repetirse en distintas formas y hacia distintos grupos a lo largo y ancho del mundo.

   —Mientras siga habiendo odio hacia el otro por su forma de pensar, por ser de un país diferente, por una religión o por la orientación sexual, la historia se puede repetir. Como humanos somos capaces de repetirlo.

 

 

Imágenes: gentileza Elena Cuomo, fotos de Archivo, Reuters, El País Semanal y Victoria Bornaz.

Fuentes

- Estudio del centro de Arqueología de la Universidad de Staffordshire.

- Documental: Treblinka, la máquina de matar de Hitler (Smithsonian Channel)

- Treblinka: el campo de la muerte (José María Pérez Gay)

 

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