Ni un festejo menos

18/2/2019 | 06:30 |

Por
Miguel Angel Asad

Hace pocas horas se festejó el día de los enamorados.En virtud de una festividad que se remonta a muchos años atrás.
En realidad, en medio de quince dioses paganos durante el Imperio Romano,  un médico convertido al cristianismo, casaba a los soldados en la clandestinidad en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El Emperador Claudio II los prefería célibes para que pelearan mejor “el buen combate”.
Se enteró lo que hacia el Dr. Valentín y lo hizo decapitar el 14 de febrero del año 270. En el año 494, el papa Gelasio I consagró el 14 de febrero de cada año como el día del mártir San Valentín, lo cual duró y se celebró durante 17 siglos.
En 1969, llegó el Concilio Vaticano II -ese que dicen que inspiro a Pablo VI una exclamación no muy alegre, porque creyó ver que en ese Concilio “se había colado el humo de Satanás”- y suprimió la festividad de San Valentín “por la connotación comercial que había adquirido”(si fuera por ello, todas las festividades habría que suprimir; en especial con esta cuestión tan remanida de los feriados puente, el turismo y la promoción de las ventas- sea que se conmemore el triunfo de las tropas brasileñas sobre las de Rosas y Chilavert (unitario el hombre) en Caseros el 3 de febrero de 1852, o el día de la Inmaculada Concepción de María, que el Koran musulmán había consagrado  900 años antes de que lo advirtiera la Iglesia Católica.
Ahora, SS Francisco lo ha reinstalado.Pónganse de acuerdo. Porque si no habrá que fijar una fecha para conmemorar a San Confundido -que le vendría bien al señor presidente Macri, al señor intendente Gay, a la señora Cristina, al fiscal Stornelli y en general a toda la clase política argentina.
Sea como fuere, viene bien hacer algunas aclaraciones respecto de la conmemoración que persiste en perdurar con “o”, con “a” o con “e”.
El estado de enamoramiento es el estado más pobre de la mente. En efecto, la inteligencia como océano de tendencias y de objetos posibles -según Aristóteles- cuando se padece el estado de enamoramiento, esa capacidad casi sin límites se reduce a un solo objeto del foco atencional. 
Se come pensando en ella. Se maneja pensando en ella. Se duerme pensando en ella. Sueña con ella. 
Ella está ansiosa por él. Ella lava, plancha o maneja una barrera del ferrocarril pensando en él. Ella estudia pensando en el. 
Por eso siente que el corazón ya no vive donde palpita sino por quien lo ocupa. Tan es así, que los árabes cuando quieren desear el mal a alguien, le espetan: “Ojalá te enamores”. 
Porque se es menos pleno cuando se tiene como objeto único atencional al otro ser, es el estado más pobre de la mente, que implica un reduccionismo, porque el humano enamorado tiene su mente sitiada.
Ocupada por un solo objeto,pierde su soberanía (“le quité el pan a la vieja, me hice ruin y pechador / esto que hoy es un cascajo fue la dulce metedura donde yo perdí el honor. / Me quedé sin un amigo, / viví de mala fe / que me puso de rodillas / a llorar hecho un mendigo cuando se fue”)
Hay otro estado de la mente que se considera “el peor”, es el estado de duda. Se vive en ascuas. 
Y hay un estado de plenitud -si lo sabrán los que hoy visualizan sus terapias conductistas desde la inteligencia emocional- que es el estado de la mente sublimando el instinto heterosexual con gestos de amor.
Porque desde Stendhal o desde Ortega y Gasset, todos coinciden en que el amor como ideación o como mera  expresión verbal no es amor. Lo que existe “son los gestos de amor”: obras son amores y no buenas razones.
Para Santo Tomás de Aquino, el amor superior es el amor de la amistad, porque en ella no hay “raport”, ni intercambio de necesidades; no está el debito conyugal-sexual; no está la tendencia preestablecida del vínculo que une por la sangre o por el mas sublime aún de la adopción, entre padres e hijos o viceversa.
Tampoco el interés del dinero (dotes) o del poder (matrimonios de los nobles de las casas reales).
Está el amor platónico o desencarnado.
Está el “amor imposible”,en el que se espera y ama contra toda esperanza. En fin.
También el amor resignado: más conozco a los humanos y mas amo a mi perro.
Para todos, mis sinceras palabras.
A los que amaron y hoy están solos. A los que nunca conocieron el amor. A los que se equivocaron. 
A los que engañaron o fueron engañados. A los que recién se conocen de verdad el día del divorcio.
A los que están solos por elección o porque fueron abandonados.
A los que buscaron en el amor un milagro de perennidad  que la carne no puede darles. A los que aman a más de uno al mismo tiempo y tienen el corazon dividido y sin sosiego.
A los que nadie les advirtió que el amor es básicamente comunicación, que el amor desciende desde la admiración y que el amor no sube desde la impresión.
A los que se cansan de amar y “tiran la toalla”.
A los que poco importa el dolor de los hijos cuando el facilismo desvinculante hace trizas el sueño compartido como padres. 
A los que creen que un nuevo embarazo puede salvar un barco que hace agua.
A todos, sin excluir a ninguno.
Permitanme hacerles un pedido. Si les dicen, o de casualidad llega a vuestros oidos -aunque sea como mero rumor- que alguien encontró el amor, no lo contradigan. 
Quizá tenga razón.

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