El lago de Atitlán: los pueblos a orillas de ese espejo maya
Por Corina Canale / corinacanale@yahoo.com.ar
Del bello lago Atitlán, (en lengua nativa “entre las aguas”), se dice que fue un cráter que se formó al surgir tres volcanes que desviaron el curso de tres ríos. Y que fue un sitio importante para los mayas del 600 a.C. al 250 d.C.
Lo rodean 12 pueblos aborígenes, casi todos con nombre de santos, y lo custodian tres volcanes: Atitlán, Tolimán y San Pedro. Para los guatemaltecos es el lago más bello del planeta y su gran referente del mundo maya.
Algunas veces, al mediodía, sobre él se desata el Xocomil, un viento fuerte que arremolina las aguas y forma olas enormes. Creen que ese viento repentino “se lleva todos los pecados”. Su furia aterroriza a los barqueros.
Esos doce pueblos están unidos por un hilo mágico y por las inscripciones mayas de los altares pétreos. Y también por el lago de aguas azules, el que inspiró a Miguel Ángel Asturias una leyenda: “Tesoro del Lugar Florido”.
Santa Clara, en Sololá, tiene una reserva ecológica y responde al turismo sustentable. Su gente practica el sencillo y solidario turismo comunitario.
En Panajachel, en realidad San Francisco de Panajachel, los hombres visten trajes típicos. Estamos en el altiplano y el pasado está presente. En sus bares la gente se reúne a comer pastelitos de maíz y plátanos rellenos. Así es hoy “Pana”, que en los años ’70 fue un paraíso hippie.
Los herederos de los mayas, los hombres del maíz, reponen energías para trabajar en las plantaciones de café y, en febrero, recolectar sus granos rojos.
Desde el muelle de Panajachel los barcos llegan a Santiago Atitlán, el más grande de los pueblos costeros, cuyos hombres son hábiles talladores de madera y sus mujeres expertas tejedoras. Lucen sombreros colorados que hacen con cintas y semejan una corona.
Cuando van a misa, a la Iglesia de Santiago Apóstol, y suben la escalera de piedras, llevan una pollera negra, el “enredo”, sujetada por una faja, y coloridas “huipiles”, blusas con dibujos de plantas, pájaros y seres mitológicos.
Nadie se va de allí sin visitar esta blanca joya de la arquitectura colonial. En sus altares están los santos católicos y las deidades mayas. Y allí, hincados, les rezan a esos dioses en el país de Centroamérica de mayor fervor católico.
Y luego Santa Caterina de Palopó, un pueblo rodeado de terrazas donde cultivan cebolla de verdeo y secan, bajo el intenso sol, el maíz de tres colores. Siempre con los volcanes en el horizonte cercano, como gigantes apaciguados, asombra el sonido de lenguas diferentes. Son algunos de los 21 dialectos mayas.
Lo mismo ocurre en San Juan, el pueblo de las tejedoras que tiñen las fibras machacando raíces, hojas y raíces. Ellas creen en los poderes de la luna llena y preparan una alquimia para lograr un azul especial, un azul que no aparece en las noches de luna incompleta.
San Juan es, también, el pueblo de las casas y las calles pintadas con motivos mayas; figuras y colores que vibran.
La gran peregrinación va hacia Santiago Atitlán, donde los pobladores de las orillas veneran a Maximón, o San Simón, una talla de madera que simboliza las creencias mayas y las occidentales.
El “abuelo de los mayas” nunca está en el mismo lugar; para encontrarlo hay que preguntarle a la gente. Su talla de madera no está en ninguna guía ni en ninguna iglesia. Pero allí donde esté siempre lo custodian dos fieles, que sólo lo dejan solo a la noche, guardado bajo siete llaves.