Crónicas TNT: turismo no tradicional / El Siambón (Tucumán) Una excursión a los monjes benedictinos
Abel Escudero Zadrayec
"La Nueva Provincia"
--Bueno.
Dice Benito, el abad.
Después de media docena de llamados, Benito el abad me dice que bueno, que vaya nomás a la abadía Cristo Rey para entrevistar a él y a otros monjes benedictinos que viven en clausura a unos 60 kilómetros de San Miguel de Tucumán, en un valle llamado El Siambón, donde se la pasan rezando y trabajando la tierra y haciendo una jalea real de la hostia.
Pero yo quiero saber qué tienen en la cabeza.
--¿Sabe cómo venir? --pregunta Benito el abad.
--No. Habrá una combi, supongo.
--Hay, pero no conviene. Nosotros usamos remises truchos.
--Perdón: ¿dijo "remises truchos", padre?
--Sí. Váyase temprano, tipo 8, a la avenida Avellaneda entre Francia y 24 de Septiembre, ¿se ubica? Ahí le van a ofrecer llevarlo. Y si no, pregúntele al verdulero de la cuadra: él le va a decir cómo debe hacer. El viaje cuesta seis pesos. Lo espero. Que Dios lo bendiga.
* * *
Alquiler de auto por un día: 89 pesos. Problema: hay que sumar la nafta.
Taxi con reloj prendido: 68 pesos. Problema: pienso quedarme un día con los monjes, así que la tarifa se duplica.
Taxi con reloj apagado: 40 pesos. Problema: ídem anterior.
Combi: 8 pesos. Problema: sale recién a las 11 de la mañana.
Remís trucho: 6 pesos. Problema:
--Tenga cuidado, no se fíe; no tienen seguro, son tránsfugas --me dicen en el hotel.
Recurro a la Secretaría de Turismo de Tucumán. Me atiende Matías, un muchacho cuya tarjeta avisa: "Miembro del Equipo Técnico".
--Nosotros usamos los remises truchos. A veces.
* * *
Así que el sábado temprano llego a la avenida Avellaneda entre Francia y 24 de Septiembre.
Nadie ofrece nada y no encuentro a ningún verdulero en la cuadra. Le pregunto a un panadero, y señala a dos changos sentados en un escalón que toman cerveza del pico. Son las ocho de la mañana. Ya hay 30 grados en San Miguel de Tucumán y anuncian 45 para la tarde. Espero que ninguno de los dos changos sea el conductor del remís.
--¿Van a El Siambón?
--Sí... Cuando se junten tres o cuatro personas. Estamos haciendo tiempo --contesta uno, y empina la botella.
--Los monjes me recomendaron el servicio --digo estúpidamente, como si tuviera algo que ver. Como si por eso La Celestial Compañía de Seguros me hubiera dado una póliza para el viaje.
El chango me ofrece un trago. Creo que sonríe.
* * *
Las combis para El Siambón salen después de la última plataforma. La empresa no tiene oficina en la terminal de micros. Tampoco competencia.
--Es la única que va. La próxima sale a las 11. Pero nunca sale a las 11. Sale cuando quiere, siempre tarde.
Eso me informan en Informes.
Entonces subo al casino electrónico para perder un poco de tiempo. Y pierdo tiempo y plata (las máquinas están más arregladas que divorciada en primavera).
Y pierdo nervios: cuando vuelvo al final de la terminal, un custodio me dice que qué lastima, la combi acaba de irse.
--¡Pero si todavía no son las 11!
--El conductor tenía algo que hacer a la tarde, así que salió un ratito antes.
Creo que el custodio sonríe.
* * *
Y bueno, algún taxista habrá que no tenga demasiado trabajo esta mañana de sábado y me lleve a El Siambón por... 20 pesos. Sí, 20. No más.
Qué manera de trabajar los taxistas tucumanos: a ninguno convence mi oferta.
Finalmente, un hombre con pinta de abuelito piola dice que me lleva, total, por lo que tiene que hacer, y además hace mucho que no va para esa zona.
Tanto hace que no va para esa zona, que no sabe ni a cuántos kilómetros queda El Siambón ni qué ruta tomar. Frena el auto en doble fila en pleno centro y consulta a un colega. Al volver dice:
--Señor, no me conviene hacer el viaje. Mucho camino y poca plata.
--Disculpe, pero ya me dijo que sí. ¿Ahora no me va a llevar?
--Bueno, pero trate de llegar a 30 pesitos.
--Bueno, trato.
Hecho.
* * *
Mediodía de Tucumán, soleado, 95% de humedad, brisa del norte a 10 kilómetros por hora, 42 grados de temperatura, 53 de sensación térmica.
Y el abuelito piola no pasa los 60 kilómetros por hora en su auto sin aire acondicionado.
(Todos los tiempos cambian en nuestro norte.)
Se llama Diego Torres. Y dice que los compañeros lo cargan: siempre le piden que se cante alguito. Tiene 70 años y habla despacio, casi sin abrir la boca y con tonada.
Es exasperante el abuelito piola Diego Torres.
--Don Diego, puede ir más rápido si quiere, ¿eh? No me molesta para nada.
--Cómo no, señor.
Entonces pone la cuarta y sube a 65 kilómetros por hora.
Tenía razón: viaje laaaaaaaaaaaaaaaargo, e inconveniente. Y encima resulta prácticamente imposible charlar, porque don Diego le susurra al parabrisas delantero.
Rescato que trabajó como 40 años en el ingenio azucarero La Florida, en cuya vecindad todavía vive con su mujer. Cuatro hijos, 16 nietos, un bisnieto.
No entiendo qué, pero algo dice del intendente (preso) Antonio Domingo Bussi, del actual gobernador José Alperovich, de la guerrilla que se instaló en Tucumán a mediados de los 70, de su jubilación de 600 pesos, del país de la eterna esperanza.
Intento seguir la conversación con alguna generalidad, para que se sienta escuchado. Y cada vez, don Diego repite:
--Así es, señor.
El laaaaaargo y sinuoso camino hasta El Siambón está asfaltado: en las laderas muy verdes de los cerros han construido, construyen y construirán impresionantes casas los poderosos tucumanos. Zona de funcionarios.
Don Diego para el auto en el medio de la ruta y le pregunta a un chango de a caballo si falta mucho para el monasterio de los benedictinos. Parece que no.
--Así es, señor.
Después de un puñado de kilómetros (y un montón de minutos), sí, llegamos, le pago los 30 pesitos y chau, hasta siempre don Diego, un gusto, lo mismo digo y así es, señor, vaya con Dios.
Y sí: voy con Dios.
* * *
En la entrada, a la altura de la ruta, hay una referencia histórica. Y un negocio donde los monjes venden sus productos artesanales.
Desde ahí se ve la abadía, allá arriba: para llegar tenés que caminar como 300 metros empinados de piedra.
Hora: 13.15. Temperatura: unos 100 grados.
Hasta los pájaros descansan, pero igual no alcanzo a oír si suena el timbre eléctrico. Toco una y otra vez. Nada. Dos puertas tienen el mismo letrero: "Prohibido pasar".
(Por todos lados aparecen materiales para la construcción; los benedictinos crecen.)
¿Funcionará el timbre? Toco de nuevo. Nada de nuevo.
Al lado está la iglesia, abierta. Entro. Lo primero que llama la atención es un plano de la obra que pretenden edificar los monjes; hasta locutorios incluye. Arriba alguien anotó: "Presupuesto pasado por el arquitecto: $ 240.000". Abajo del plano alguien puso una alcancía bastante grande. Recuerdo a Susana Giménez, cuando el padre Julio Grassi se le quejó por los escasos aportes para su fundación, y ella (rústica pero espontánea) le dijo: "¿Pero qué quiere construir? ¿Un Sheraton?".
La capilla está vacía. El altar es una piedra gris enorme e irregular. Por un pequeño vitral que da al interior del monasterio veo a dos hombres con jeans que hablan en un patio repleto de plantas.
Así que vuelvo y golpeo una de las puertas que prohíben el paso. Y nada. Le doy un poco más fuerte. Y nada. Una patadita respetuosa. Y algo: uno de los que estaba en el patio abre. Le explico, se va, vuelve y dice:
--El abad se ha retirado.
En clave monje, eso significa claramente que Benito duerme la siesta. Insisto. Me acerco un par de pasos.
--Lo estuvo esperando a la mañana --me frena.
--Sí, pero tuve algún problemita para llegar.
--Bueno: vuelva a las cuatro de la tarde y el abad lo atenderá.
--Esteeeee... Viajé 1.800 kilómetros, hermano.
--...
--¿Y qué hago hasta las cuatro?
--Mire: ahí por la ruta, a menos de un kilómetro, hay un mercadito. Puede comerse un sándwich.
El monje me ha despedido con una sonrisa.
Cuando estoy por llegar a la base del cerro, veo cómo se aleja la combi que va para Tucumán. La próxima pasará dentro de cinco horas, si es que el conductor no tiene otra cosa para hacer.
* * *
Caminando al sol con 680 grados de temperatura a la sombra. Y una mochila. Y fastidio.
Uno de salame y queso bajo un toldito mezquino.
Mensaje de texto para los amigos:
"Monjes plantaron. Varado en infierno. Bronca".
Respuesta:
"Jejejejejejejejeje".
De pronto una voz finita suena a mis espaldas:
--¿Tenés fuego? --Me doy vuelta con el encendedor en la mano: la piba debe de tener seis o siete años, y ataja mi sorpresa--. Es para mamá.
Y mamá escupe humo y veneno.
--¿Cuánto te parece que hay hasta la punta de aquel cerro? --señala.
--Qué sé yo: ¿10 kilómetros?
--Hmmmmm... bueno, ponle 10. ¿A ti te parece? Una amiga me invita a un sábado de descanso y resulta que su idea es caminar al mediodía hasta allá, porque en la cima vive La Pastora. Y ni siquiera me avisa para que no me traiga los zapatos de tacos. ¿Te parece?
(Me parece demasiado ya.)
--Perdoname, pero no te sigo --le digo.
--Y yo tampoco seguí a mi amiga. Me volví a mitad de camino. Imagínate: quiero descansar y me hace caminar 10 kilómetros, con tacos, en subida, bajo el sol, y todo para ver a La Pastora.
--¿Quién es La Pastora?
--No eres de aquí, ¿no?
--No.
--La Pastora es una mujer mística, espiritual, que ayuda a la gente. Trabaja con los benedictinos. Tiene 90 años y vive sola en la punta del cerro. Dicen que hace milagros, pero yo llevé a mi niña para que le arreglara un problemita en el ojo y no pasó nada.
--¿Y entonces para qué ibas de nuevo?
--Para nada. Ya no creo en esas cosas. Soy abogada, ¿sabes?, chilena de nacimiento. Quería pasear y a esta amiga se le ocurre visitar a La Pastora.Y yo en tacos.
--¿Y ahora?
--¿Ahora qué?
--¿Qué vas a hacer?
--Esperar que vuelva: vinimos en la camioneta de ella.
--¿Y cuánto va a tardar tu amiga? Porque yo me quiero volver a la ciudad.
--Vaya una a saber.
De repente, frente al mercadito frena un auto. Es el primero que aparece en la última hora. Como quien no quiere la cosa, el chango que maneja grita:
--¿Van a Tucumán?
Es un remís trucho caído del cielo.
* * *
Entonces, ya con aire acondicionado, llamo a Benito el abad a las 16.30. Supongo que habrá despertado de su retiro.
--Pasé a visitarlo, padre. ¿Le avisaron?
--Pero vino a la una de la tarde.
--Es que me costó llegar. Y hacía mucho calor para esperar tres horas por ahí.
--Y, otra vez será.
--¿No podemos charlar un ratito, así me cuenta cómo decidió entregar su vida a Dios?
--Uy, pero por teléfono no me gusta.
--Hay 1.800 kilómetros entre Bahía y Tucumán, padre.
--Y bueno, será para el año que viene, querido.
--¿Qué edad tiene?
--67 años.
--¿Dónde nació?
--En Gualeguaychú.
--¿Y a qué edad entró en la orden?
--A los ocho y medio. Pero cuando vuelva a Tucumán le cuento. Total, "La Nueva Provincia" va a seguir saliendo, ¿no?
--Eso espero.
--Bueno --dice Benito el abad. Supongo que sonríe--: Dios lo bendiga.
Verde paisaje del monasterio
Los benedictinos se instalaron en El Siambón en 1959, sobre 800 hectáreas donadas por la familia Paz Posse y que habían pertenecido a los jesuitas hasta 1767.
La abadía se construyó con piedras y maderas de la zona, bajo la dirección del padre Vicente, ingeniero.
Los monjes son reconocidos (entre otras cosas) por la producción de dulces artesanales, especialmente la jalea real.
El legado mundial de Benito
San Benito, el fundador de la orden benedictina, nació hacia 480 en Nursia (Italia) y murió en Montecasino en 547.
A fines del siglo V, Benito (del latín Benedictus: "bendito") era un joven estudiante y decidió seguir el llamado de Dios: se fue a vivir en soledad a una cueva en la región de Subiaco, cerca de Roma.
Luego de tres años, en esa zona creó con sus discípulos varios monasterios y estableció una serie de normas para monjes, conocida como la Santa Regla.
Hoy, la orden es una confederación de 21 congregaciones masculinas y 61 femeninas, cuyos miembros siguen esos preceptos.
Los 10 monasterios argentinos (cinco de hombres y cinco de mujeres) integran la Congregación Benedictina de la Santa Cruz del Cono Sur junto con los cuatro de Chile, los dos de Uruguay y el de Paraguay.
La abadía Niño Dios, ubicada en Gualeguaychú (Entre Ríos), constituyó la primera fundación benedictina de Hispanoamérica, en 1899.
También en la Argentina se inauguró en 1941 el primer monasterio femenino de la orden en el Cono Sur: Santa Escolástica, situado en Victoria (provincia de Buenos Aires).
* 335 monasterios masculinos, con unos 8.000 monjes.
* 840 monasterios femeninos, con unas 16.000 monjas.
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11/7
es la fecha del calendario litúrgico general de la Iglesia Católica para celebrar la fiesta de San Benito, patrono principal de Europa. El Papa Pablo VI eligió ese día, aunque Benito falleció un 21 de marzo.
El licor de Dios
En 1510, el monje veneciano Bernardo Vincelli combinó 27 hierbas aromáticas y especias en el monasterio francés de Fécamp y así creó el famoso licor Benedictine.
La fórmula secreta desapareció durante la Revolución. En 1863 la encontró Alexandre Le Grand, descendiente del administrador de la abadía.
La bebida tiene una graduación alcohólica de 43 grados y en cada botella aparece el sello DOM: Deo optimo maximo, que en latín significa "Para Dios, lo mejor de lo mejor".