“Long COVID”: ¿cómo es sentir los síntomas por meses?

12/10/2021 | 06:30 |

Desde la desilusión con las comidas, hasta la obligación de llevar un ritmo de vida más lento. Tres bahienses cuentan cómo viven el COVID persistente; en todos los casos, con paciencia, mucha paciencia. 

Valentina Manfrin / vmanfrin@lanueva.com

   La segunda ola del coronavirus, que tuvo su mayor impacto entre abril y junio de este año, fue de una magnitud inédita. La curva de contagios crecía, se profundizaban las restricciones, se agudizaba la ocupación de camas en hospitales y se lamentaba un alto número de fallecidos.

   De los miles de contagiados, muchos sienten todavía las secuelas del COVID. ¿Qué pasa cuando el cuerpo necesita más tiempo para recuperarse?

  Raquel tuvo un cuadro leve de coronavirus a mediados de abril: “No tuve casi síntomas”, cuenta, aunque sí perdió el gusto y el olfato por completo. Lo particular es que esos síntomas siguen teniendo presencia casi medio año después. “Está volviendo de a poco, pero no con todos los sabores u olores”, explica.

   Nelson empezó a mediados de mayo con dolores de garganta que lo llevaron a un hisopado positivo. Se sentía bien, hasta que empezó a levantar mucha fiebre y en el hospital le dijeron que tenía “los pulmones tomados, una neumonía moderada”. El cansancio que sintió entonces, se extendió hasta septiembre, cuatro meses después, cuando por fin pudo notar que había recuperado su rutina completamente.

   Mariela terminaba los primeros días de junio el tratamiento de rayos por un cáncer de mama. A los dos días volvió al hospital porque “no tenía fuerza para nada” y resultó en un diagnóstico de COVID positivo con internación, al advertir los médicos su falta de oxígeno. A partir del alta, tiene que hacer las cosas más lento: “me afectó mucho las piernas, principalmente las rodillas, y tengo muchísimo cansancio”.

Permanecer con las percepciones alteradas

   La ageusia –pérdida del gusto- y la anosmia –pérdida del olfato- son de los síntomas más característicos de un cuadro de COVID. Para algunos un suplicio, para otros una manera de experimentar con los sentidos, mientras duren poco.

   Al mes y medio del alta, Raquel seguía sin haberlos recuperado. “Hay que tener paciencia y esperar” le dijo el médico. Entretanto, se vio obligada a acostumbrarse lentamente a la desilusión, a que dé lo mismo comer cualquier cosa.

El olfato se puede entrenar: algunos elementos funcionan para estimularlo.

   Medio año después de haber estado en la etapa aguda del COVID, va recuperando de a poco, pero ya dejó de sorprenderse al sentir un gusto u olor nuevo: “Llegó un momento en que ya no quedé pendiente de cuándo sentía el gusto y cuándo no. Ya lo tomás como natural y de a poco van apareciendo”.

   De todas formas, se siente afortunada de no haber padecido la distorsión de esos sentidos: “A pesar de no tener el gusto y olfato, no me daba asco comer. Si tenés un olor distorsionado, vos sabes que tenés que comer igual y es espantoso”, reconoce.

Compromiso pulmonar: cuando la preocupación es mayor

   Nelson pasó de pensar que la enfermedad “era una pavada”, a “rogar no tener fiebre”. El médico en el hospital le había dicho que no era necesario internarse, pero que tenía los pulmones tomados por una neumonía moderada y saturaba el oxígeno con lo justo. Permaneció 19 días en su casa por COVID, en lugar de los 14 habituales.

   Cuando ya tuvo el alta, “no podía trabajar, me cansaba cuando hablaba. Saqué al perro a una plaza que queda a una cuadra y media y tuve que parar tres veces. No llegaba”. Para él, que hizo deporte toda la vida, eso resultaba muy fuera de lo común.

   “Tenía un montón de cicatrices en los pulmones” que sanarían con el tiempo, haciendo sesiones de kinesiología respiratoria para estimular el diafragma.

   “Hay mucho de lo psicológico” reconoce; “cuando volví a mi casa del hospital me empezó a laburar la cabeza, estuve mucho más atento y preocupado. En ese momento no había camas, estaba lleno Bahía. Me daba mucho miedo caer en el hospital”.

   Esa no fue la suerte de Mariela, que sí debió internarse porque “había que recuperar el pulmón y la oxigenación, y yo no tenía capacidad”. Recuerda que al llegar al hospital, "no me daba cuenta que me faltaba el oxígeno, hasta que me ponen el aparatito y me daba 60, 50... era una cosa de locos". 

   “Pero la pasé y estoy acá, firme, dando batalla todos los días”, se enorgullece. Sumado a su condición de paciente oncológica, los médicos le dicen que la recuperación va a llevar tiempo.

   En su caso, después del COVID, los pulmones quedaron “inflamados en ciertas zonas”, entonces le recomiendan actividad física para favorecer el intercambio de oxígeno. Hace caminatas diarias y yoga, que también la ayuda con el dolor de rodillas, otra de sus secuelas.

   “Yo siempre fui una persona que hacía tres cosas a la vez; ahora tengo que hacer una y muy despacio, no logro tener el rendimiento óptimo”, se lamenta la secretaria de una escuela primaria. “Es un cambio y es una adaptación nueva, otro estilo de vida. Vos decís ‘¿cómo no puedo caminar más rápido?”.

Síntomas post-COVID, más frecuentes de lo que parece

   De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que uno de cada diez pacientes de COVID sufre síntomas persistentes. Sin embargo, un estudio reciente de la Universidad de Oxford arrojó números mayores: los síntomas prevalecieron en 37 % de los 200 mil casos analizados.

   La Sociedad Argentina de Medicina diferencia los casos que padecen secuelas luego de la internación, de aquellos con COVID persistente o “Long COVID”. Esto último ocurre cuando el paciente presenta sintomatología después de las 4 a 12 semanas de haber tenido la enfermedad.

   Los síntomas asociados al COVID persistente son más de 30 y es usual que el paciente tenga más de uno. Varían desde los respiratorios, cardiovasculares o gastrointestinales hasta los neurológicos, que son los más difíciles de detectar porque no suelen asociarse al coronavirus.

   Esta enfermedad afecta a cada persona de manera diferente. Cuando prevalecen los síntomas, se recomienda una evaluación clínica sistemática con un seguimiento dentro de los 2 o 3 meses pasado el cuadro agudo.

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