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La política sale a buscar el voto joven

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¡Comenzó la primavera! Como es habitual cada 21 de septiembre, en coincidencia con el “día del estudiante” se organizan festejos generalmente al aire, que, a veces se ven empañados porque el clima juega en contra a lo que dicta el equinoccio. 

Los/as jóvenes ocupan el centro de la escena y, por un momento, la atención se dirige hacia ellos/as. Pero este año hay otra atención en juego. La política ya empezó a perfilarlos: cuántos son, qué les preocupa, qué consumen, qué los identifica, qué los moviliza. No es solo observar, sino conocer para interpelar y, finalmente, captar.  

Cuando se dirime poder, cuando la carrera hacia las elecciones de 2027 está en marcha, la juventud deja de ser una franja etaria y se convierte en un objetivo electoral.

No es casual que el 22 de agosto, en San Martín, Axel Kicillof lanzara MDF Juventudes. Allí dijo: "No vamos a entusiasmar a nadie con odio y con insultos". Por su parte, cinco días después, el 27 de agosto, Javier Milei habló en la ORT de Almagro ante chicos de 4° y 5° año, en una charla sobre ética e inteligencia artificial. Cuando los alumnos abuchearon a los periodistas, los alentó: "Si quieren hacerlo más fuerte se los voy a festejar". Una vez más, fiel a su estilo, y con el fin de captar la atención, Milei generó polémica.

El 15 de septiembre, en La Plata, Kicillof les dijo a más de 500 jóvenes de 20 provincias que "el protagonismo indiscutido lo tienen los jóvenes". Dos discursos, dos formas de hablarles. Uno pide que abucheen el otro reconoce protagonismo. 

Es evidente que hay razones para el apuro ya que, en octubre de 2025, según la Cámara Nacional Electoral, 1.139.315 chicos/as de 16 y 17 años estaban habilitados/as para votar, el 3,16% del padrón. Poco en el porcentaje, mucho si pensamos que ese chico o esa chica va a votar durante las próximas seis décadas.

Pero cuidado, porque hablar del "voto joven" como si fuera un bloque es el primer error, ya que el voto joven abarca desde los 16 hasta los 39 años, y según proyecciones hacia 2027 estarían en condiciones de emitir sufragio unos 16 millones de personas, es decir, casi el 45% del padrón.

Entonces desde la Psicología Política me pregunto: ¿qué ve la juventud cuando mira la política? Y la pregunta espejo, ¿qué ve la política cuando mira a esta franja? ¿Es un segmento, un porcentaje, un algoritmo? ¿Hay alguna identificación partidaria? ¿Cómo se construye una identidad política sobre una memoria que no se vivió, sino que se heredó? ¿Hay ADN político? 

Sí, muchas preguntas.

Jóvenes de 16 o 17 años tenían 5 o 6 cuando Cristina Kirchner dejó la Presidencia y, 9 o 10 cuando terminó el gobierno de Macri. No vivieron en 2001, ni el conflicto con el campo. La grieta les llegó como una sobremesa ajena, en un idioma de adultos. Nosotros/as miramos la política cargando nuestra historia, ellos/as la miran mientras construyen la propia.

Porque hay una diferencia entre recordar y que te cuenten. Nosotros podemos recordar dónde estábamos, qué sentimos, qué defendimos, qué nos decepcionó. Ellos/as recibieron buena parte de esa historia en relatos familiares, discusiones de sobremesa, nombres propios que aprendieron a querer o rechazar antes, incluso, de comprender qué representaban. 

Miriam Kriger e Ignacio Robba Toribio estudiaron en 2015 y en 2019 a estudiantes de 17 a 19 años del AMBA que estaban por votar por primera vez, y encontraron que la mayoría creía en la política, pero no en los políticos. No es que no creyeran, separaban la política de quienes decían representarla y la buscaban en otro lado, en las marchas, en el activismo, no en los partidos. Kriger lo llama una "positivización de la política en clave generacional". Si bien son datos de años atrás, sirven para entender de dónde viene esa mirada, no para medirla hoy.

El Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) consultó en mayo y junio a casi mil jóvenes de 16 a 24 años, de barrios populares del AMBA, sobre qué les preocupaba y respondieron: trabajo, inflación y pobreza. 

Es decir, traducido en las palabras cotidianas es: “conseguir laburo, llegar a fin de mes y no ser pobres”. 

Pero el “voto joven” es amplio, también están los que tienen entre 25 y 39 años. Si bien no encajan en la primera juventud, tampoco heredaron la política de sus padres. 

Leonie Huddy, politóloga y psicóloga social, explica que una identidad política no funciona como una opinión, sino que funciona como una identidad social, no se elige un partido como quien elige una marca, se lo adopta como parte de quién se es. Por eso, cuando esta franja no encuentra ese "nosotros" con el cual identificarse, no se vuelve apática, busca pertenecer a otro grupo, aunque sea, por rechazo al que considera su rival.

Obviamente llamar la atención es el primer paso,  pero esto no se resuelve con un dirigente en TikTok, con un escenario lleno de pibes para la foto, con aprender dos palabras nuevas para parecer joven y menos “farmeando aura”.

Si bien todo eso sirve para comunicar, comunicar no es representar, y captar la atención no es captar votos y menos construir representación. Representar empieza por preguntar antes de hablar y escuchar aun lo que no entra en el discurso que se trae preparado.

Tal vez, en lugar de eventos multitudinarios donde candidatos/as son “Rock Stars”, se necesiten espacios para preguntar cuáles son los problemas que los/as jóvenes reconocen como propios y después decir qué van a hacer con eso. Tal vez, si ceden el micrófono y parte del protagonismo, puedan empezar a construir algo bastante más difícil que captar un voto: representación.

Porque escuchar también supone aceptar que quien está del otro lado tal vez no quiere heredar nuestras lealtades, nuestros rechazos ni nuestras batallas y tal vez quiera construir las propias.

La política sale a buscar el voto joven. La pregunta es si antes está dispuesta a escuchar al joven que vota.

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