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Recuerdos que van y se potencian

A través de recuerdos familiares, recorridos cotidianos y escenas de un Ingeniero White que cambia con el paso del tiempo, una joven estudiante de Literatura reconstruye su vínculo con el pueblo.

Por Lias Jose Thornton (*) 

Por más que no viva en White, lo conozco de toda la vida. Desde que nací que recorro sus calles en cochecito, caminando, corriendo, en colectivo, en auto. Cada año repetimos el mismo trayecto para poder visitar a toda la familia y conocidos que tenemos ahí. Una de mis partes favoritas del año.

Nunca se me va a ir la emoción de pasar por el Kiosco de Tito en 26 de Septiembre para recibir la bolsa llena de caramelos que todavía nos da a mi hermano y a mí, y por la que tanto nos peleamos siempre, ni la de mirar con curiosidad cada rincón del negocio de Mari para encontrar qué tesoros se ocultan o dónde podría esconderme yo entre toda esa ropa, zapatos, accesorios, juguetes y maquillaje. Ahora yo también hablo con “los grandes” y ayudo a organizar la cena de navidad o cuento como va todo en la facultad entre las risas que se escapan por alguna anécdota.

También paseamos siempre por el puerto, vemos la fiesta del camarón, pasamos por Ferrowhite a saludar a Nicolás y ver la impresionante usina, tal vez tomar un café en La Casa del Espía, bajar a la playita para encontrar huesos y botellas que devuelve el mar. Acompañados sin falta del abuelo Oscar y sus historias sobre el funcionamiento de todo.

Pero hay un algo que a medida que los años pasan crece cada vez más al punto de que es imposible no notarlo: la nostalgia, como es de esperar, y la curiosidad por el territorio. Todo cambia, es inevitable, pero es este trayecto tan puntual que hacemos cada vez que venimos el que me hace notar que siempre que vuelvo hay una casa que desaparece o una persona que ya no está.

Como la abuela Tota, la tía Elba y ahora también Berto después de la inundación.

La casa de Tota tampoco está y se que a mi mamá eso le impactó mucho, al punto que decidió hacer una película sobre las casas rajadas. Ya son unos años los que llevo acompañándola a filmar cada rincón, cada persona, cada planta, cada historia. 

He tenido que pasar frío en una lancha a las seis de la mañana para ir a la Isla Bermejo y a la Ariadna; he tosido con el polvo de las fotos viejas que estaban guardadas; he pasado dolor en los pies de tanto caminar para filmar todos los murales que hay en White; he pasado calor filmando yuyos, barriendo los restos del parquet de la abuela que antes tanto cuidaba, y que ahora son solo unos pedacitos de madera en medio de nada.

¿Por qué barrer ese piso? ¿Qué piensa mi mamá al filmar la luz que pasa por las grietas? ¿Por qué las flores nacen en este derrumbe? ¿Cómo fue ver el antes y el después tan drástico de un lugar que habitaste? ¿Ella tendrá las mismas preguntas sobre mi mirada? ¿Qué piensa White de nosotros?

Quizás nunca lo voy a entender del todo, pero tampoco voy a negar que me gusta pasar la mano por la marca que dejó la chimenea, sostener el trípode pesado en la espalda, verla reír mientras trata de no pincharse con algún yuyo, que me pida que escriba, que la acompañe.

Voy a seguir recorriendo las calles hasta que pueda entenderlo. Seguiré viendo a Adrián en la quíñela, la gente encontrándose en la puerta de la cope, el bote amarillo de la esquina, los nenes en la plaza del tren jugando a la pelota, el puente de la niña, el ferrocarril que siempre está activo, el horizonte de fábricas, el puerto, la usina, el mar.

Tal vez sea yo quien algún día esté filmando esas calles, esas casas, esa vida, y me de cuenta de que simplemente no hay palabras que puedan responder esas preguntas ni describir la sensación de ya no ver a Mari, a Tito y a Adrián, ni las casas rajadas, ni el piso de la abuela, ni el bote amarillo en la esquina.

(*) Estudiante de Literatura y Escritura de la Universidad del Arte

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