Ingeniero White, el pueblo que se forjò mirando al puerto
Hace 141 años, un muelle de hierro transformó una costa de barro, cangrejales y mareas cambiantes en una de las principales puertas de salida de la producción argentina.
A 10 kilómetros del centro urbano de Bahía Blanca, allí donde las paredes de chapa crujen bajo las ráfagas del viento atlántico, la localidad de Ingeniero White conmemora los 141 años del inicio de su gesta portuaria e industrial.
Nacido sobre una bahía incómoda de barro salado, cangrejales y mareas cambiantes, este enclave creció al ritmo de la estiva de cereal y del sacrificio de miles de inmigrantes que desembarcaron con una valija de cartón para forjar su destino en el sur argentino.
El origen del lugar se remonta a la fundación de la Fortaleza Protectora Argentina el 11 de abril de 1828 por el coronel Ramón Bernabé Estomba, un punto militar aislado que durante medio siglo intentó consolidarse sin éxito bajo los nombres de “Nueva Buenos Aires” y “Puerto de la Esperanza”.
Tras los rudimentarios embarcaderos de tablas y barro de 1858 en el arroyo Napostá, el verdadero hito fundacional ocurrió el 26 de septiembre de 1885, cuando el Ferrocarril del Sud habilitó un muelle de hierro curvo de 300 metros con cinco vías férreas y ocho grúas a vapor.
Esta obra permitió que las locomotoras cargadas en las pampas frenaran sobre el agua para pasar el trigo directamente a los buques. Para 1889, por esa estructura salía el 4% de las exportaciones argentinas, conectando la producción mediante tres líneas férreas en 1891.
Denominada originalmente “El Puerto”, la estación se rebautizó como “Ingeniero White” en 1899, en homenaje a Guillermo White, representante del ferrocarril que impulsó las obras tras firmar el contrato en 1896 con el ministro del Interior Amancio Alcorta.
El apodo de “La Liverpool del Sur” reflejaba tanto el orgullo por la riqueza canalizada como la hegemonía del capital británico, dueño de vías, galpones, talleres, viviendas jerárquicas y del reloj que marcaba los turnos de trabajo.
La arquitectura local surgió para resolver las dificultades del terreno. El suelo arcilloso y anegadizo encarecía los cimientos tradicionales, por lo que las casas se levantaron sobre pilotes de madera de 30 o 40 centímetros por encima del barro.
Construidas con vigas de pinotea y machimbre de Finlandia, combinadas con chapas galvanizadas de Inglaterra, dieron forma a un poblado singular. La vida en estas viviendas era rigurosa: verdaderos hornos en verano, heladas en invierno y ensordecedoras bajo la lluvia, cobijaban a familias que dependían del agua de pozo, cocinas económicas y luz de kerosén.
La electricidad llegó tras la usina en el año 1906 en febrero de 1907, mientras que el camino hacia la ciudad se adoquinó en 1912 con tres millones de piedras traídas de Tandil.
La población creció vertiginosamente. Entre los censos del año 1895 y 1914, Bahía Blanca quintuplicó sus habitantes, pasando de 14.238 a 70.269, siendo casi la mitad de origen extranjero.
En las calles de White convivieron italianos, españoles, griegos, croatas, ingleses, alemanes del Volga, sirios, libaneses, belgas y polacos. Los griegos trabajaron como buzos de escafandra de bronce en Puerto Belgrano antes de sumarse a la estiva; los pescadores de la isla italiana de Ponza trajeron la devoción a San Silverio, fundando en 1928 la sociedad que lo proclamó patrono del puerto.
Para brindar contención social, los obreros levantaron en 1901 la Casa del Pueblo.
El día a día del estibador se iniciaba a las 5:00 de la mañana en cocinas a oscuras, para agolparse a las 5:30 a las puertas del puerto. Sin sueldo fijo, los hombres dependían de la elección a viva voz del capataz para la changa diaria.
A hombros y por una tabla estrecha sin barandilla, cargaban bolsas de cereal de 70 kilogramos hacia las bodegas, inhalando polvo y soportando el viento. En las grandes cosechas, como la de 1907, hasta 5.000 trabajadores operaban en el muelle. En los hogares, las mujeres administraban la libreta de fiado del almacén de ramos generales, acarreaban agua en baldes y sostenían la economía doméstica.
Estas condiciones extremas derivaron en el estallido social del invierno de 1907. El 23 de julio, los obreros iniciaron una huelga reclamando reincorporaciones, menor jornada, aumentos salariales y un tope de 70 kilogramos por bolsa.
Frente a la Subprefectura, la represión provocó la muerte de Atiliano Pascual y de José Falcioni, un italiano de 30 años socio del club La Siempre Verde. La indignación movilizó una manifestación de 5.000 personas, marchas fúnebres de 2.000 vecinos y un paro nacional impulsado por la visita del diputado Alfredo Palacios.
La modernización técnica avanzó con la inauguración en 1908 de dos elevadores de hierro. El 11 de junio de 1932 comenzó a operar el monumental Elevador Número 3, diseñado por Henry Simon Ltd. y construido por Cristiani & Nielsen sobre 5.000 pilotes de hormigón, con capacidad para 80.000 toneladas y un embarque de 6.000 toneladas por hora.
Ese mismo año comenzó a operar la usina General San Martín sobre terrenos ganados al mar. Tras la nacionalización de 1944, el puerto continuó su expansión transformándose en la década de 1990 con la creación del consorcio de gestión autónomo y el desarrollo del polo petroquímico.
A 141 años de su surgimiento, la identidad de Ingeniero White se custodia en sus instituciones.
El Museo de Ingeniero White, abierto en 1987 en la exguardia de aduana de 1907, mantiene como sala principal una cocina donde se comparten recetas de las colectividades. Asimismo, el Museo Taller Ferrowhite resguarda desde 2003 más de 5.000 objetos ferroviarios rescatados por los propios trabajadores.
Entre elevadores declarados patrimonio histórico y casas de chapa, Ingeniero White celebra su aniversario honrando la memoria de quienes convirtieron el barro en riqueza.