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Ferrowhite puso en marcha una ambiciosa obra

Se apunta a convertir la denominada “Playita del Castillo” en un paseo público con vista al estuario. 

Por Nicolás Testoni (*)

Ferrowhite está en obra. Nos alegra contar que avanzan los trabajos de puesta en valor del frente costero de la usina General San Martín. Ese lugar que en el museo comenzamos a llamar La Rambla de Arrieta, pero quienes viven en White conocían, desde mucho antes, como “la playita del Castillo”. 

Con financiamiento del Consorcio de Gestión del Puerto de Bahía Blanca, la obra apunta a convertir el sector en un paseo público con vista al estuario.

Un viejo anhelo sostenido por cada una de las actividades que Ferrowhite viene realizando en dicho espacio desde hace más de veinte años, y que gracias a la labor conjunta entre puerto y municipio, está pronto a volverse realidad.

Un día alguien trajo al museo un dibujo: la imagen muestra un gran balneario que, en los años treinta, la intendencia de Agustín de Arrieta proyectaba en cercanías de la usina. 

Fue a partir de esta suerte de postal de un futuro que no fue que en Ferrowhite empezamos a imaginar al frente marítimo del Castillo como un paseo popular, al mismo tiempo área de esparcimiento y mirador de un paisaje en el que trabajo a destajo y dolce far niente no pueden entenderse por separado.

Arrieta no concretó su idea. Sin embargo, un repaso a la documentación recopilada en nuestro archivo permite certificar la persistencia tenaz de aquel sueño. 

En 1943, se creó la Comisión Ejecutiva “Pro Construcción del Balneario Regional”, integrada por asociaciones civiles y profesionales, clubes y sindicatos. 

En 1961, la Sociedad de Fomento de Ingeniero White impulsa desde su boletín la realización de un proyecto similar, que ese mismo año es presentado ante la legislatura de la Provincia de Buenos Aires por los senadores Baeza y Goyarzú.

En 1968, los vecinos de Ingeniero White reiteran el pedido en una nota elevada al intendente el 31 de julio. Con variantes, las iniciativas se repiten.

En 2001, la Universidad Tecnológica Nacional formula un proyecto de uso integrado del castillo y su frente marítimo. Un poco más cerca en el tiempo, María Elena Súttora propone desde la Dirección de Planeamiento Urbano de la Municipalidad declarar el área Zona de Reserva de Interés Urbano. 

Tal como señalaba el texto presentado ante la Cámara de Senadores en el 61: “En la plataforma municipal de todos los partidos políticos figura, en cada elección, entre las obras públicas a realizar, la construcción de un balneario, que siempre queda postergado”.

Pero los balnearios que nunca se construyeron fueron materializados en la práctica por el ingenio de generaciones de whitenses y bahienses que en los días lindos llegaban hasta estas costas para inventar acá sus paraísos de barro. Porque si este lugar está lleno de laburantes, también lo está de expertos en pasarla bien. Toda una ciencia pagana del disfrute que en su estudio minucioso de las particularidades de cada sitio desafía las rutinas obvias del ocio estival. 

El balneario de la usina fue, por décadas, una costumbre de los vecinos del Bulevar. Una creación cotidiana que incluía convertir el canal de salida del agua que la central devolvía, templada, al mar, en una suerte de pileta climatizada. Pregúntenle a Lili Torres, a Ángel Caputo, a Ida Muhamed. 

No les van a contar de la remota década del treinta. Les van a hablar del sol que tomaban, de los sándwiches que comían y de los chapuzones que se daban en este mismo lugar hasta bien entrados los años setenta, momento en que empezó a construirse la Central Piedra Buena. Escucharlos no es un acto de nostalgia. Es una invitación a reimaginar el vínculo de la ciudad con su estuario.

Como tantas cosas en Ferrowhite, la idea de este paseo fue primero un chiste. Una playa fingida durante una noche de carnaval que terminamos tomándonos en serio. 

La broma recibió, en 2008, una distinción en el concurso internacional “Somos Patrimonio”; un subsidio del Fondo Argentino para el Desarrollo Cultural del Ministerio de Cultura de la Nación en 2015; y una mención de honor, en 2016, en el 7º Premio de Educación y Museos, organizado por el Programa Ibermuseos.

 

Pero más importante que el diploma, la medalla y el beso es lo que ha sido posible hacer, día a día, en favor de esta iniciativa. Bailamos acá. Armamos una gran mesa con durmientes y fabricamos un fogón para llenar con humo de chorizo la noche del puerto transnacional. 

También confeccionamos bikinis y bolsos de playa, estampamos postales y remeras, y construimos una balsa para salir a naufragar. Los chicos del taller Prende dibujan los barcos que asoman en el horizonte, inventan historias a partir de sus nombres misteriosos, remontan barriletes que algún tripulante filipino verá desde la cubierta de un bulk carrier. 

Cada tanto somos anfitriones de bailarines, geógrafos, músicos, biólogos, fotógrafos y poetas que participan de Isla Invisible, nuestro proyecto de viajes exploratorios a las islas y espacios costeros de la Bahía Blanca. Cada tanto montamos un escenario, invitamos bandas amigas y, cuando eso sucede, el Castillo se sacude al ritmo de La Noche de los Museos. 

Tanto ajetreo puede parecer un desvarío, pero nosotros preferimos pensar que cada acción compartida pone a prueba una potencia: la capacidad colectiva de transformar este rincón de la ciudad de acuerdo con las necesidades y los deseos de sus habitantes concretos, de todas esas personas en cuya historia este museo encuentra un sentido y un propósito. 

(*) Director de Ferrowhite, museo taller del puerto de Ingeniero White. Cursó estudios en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.

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