El museo que guarda las voces de White
A 39 años de su creación, el Museo del Puerto se convirtió en uno de los espacios que mejor cuentan la historia de la localidad: no desde los grandes nombres, sino desde los trabajadores, inmigrantes, familias y vecinos que hicieron y hacen White.
Hay museos que conservan objetos. Otros protegen obras de arte o documentos.
Y hay algunos que intentan algo diferente: que una comunidad vuelva a mirar su propia historia.
El Museo del Puerto de Ingeniero White pertenece a esa categoría.
Ayer cumplió 39 años y, desde su creación, construyó una identidad particular que lo convirtió en una referencia para conocer la historia de la localidad. No solamente por el edificio que ocupa, una antigua aduana construida durante la etapa de presencia británica, sino especialmente por la manera en que decidió contar aquello que ocurrió dentro y fuera de sus paredes.
“Desde un principio fue un museo que pensó la historia desde abajo, la historia de los sectores populares, desde las voces que habitualmente en la historia tradicional no quedaban registradas”, explica Lucía Bianco, directora de la institución desde 2019.
Allí aparecen un estibador, un pescador artesanal, una cocinera, una bordadora, un inmigrante, un trabajador del Polo Petroquímico, un integrante de un sindicato o un vecino.
Personas que, durante mucho tiempo, quedaron fuera de los relatos históricos tradicionales.
Historia entre muchos
Bianco evita hablar del museo como una obra individual.
“Son construcciones colectivas; somos trabajadores del Estado municipal y son construcciones colectivas”, señala.
En esa construcción tiene un lugar fundamental Isabel Barros de Taramasco, entonces subdirectora de Cultura, a quien reconoce como una de las impulsoras de la creación del espacio.
El museo nació, además, durante los años de recuperación democrática, un período en el que comenzaron a aparecer nuevas maneras de pensar la memoria y la historia.
Una de las primeras entrevistas de su archivo oral, realizada a fines de los años 80, fue a pescadores y sus mujeres, inmigrantes italianos que contaron sus historias de vida y de trabajo.
A partir de allí se sumaron muchas otras voces.
La historia de White comenzó a ser contada desde las experiencias cotidianas: quienes llegaron, quienes trabajaron, quienes cocinaron, pescaron, cosieron, criaron hijos o sostuvieron una familia.
Por eso, recorrer el museo también significa encontrarse con objetos aparentemente sencillos.
Utensilios de cocina, elementos de peluquerías, materiales escolares y pertenencias familiares fueron llegando a partir de donaciones y del trabajo de los propios vecinos.
“Cada uno de los objetos que están en el museo son parte de la vida de Ingeniero White”, resume Bianco.
Muchos visitantes, entonces, no solamente descubren la historia del pueblo.
También encuentran fragmentos de la historia de sus propias familias.
Una cocina con historia
Quizás ninguna sala represente mejor esa mirada que la cocina.
El museo la utiliza para recuperar saberes populares que durante mucho tiempo fueron considerados secundarios.
La cocina y el bordado, explica Bianco, fueron prácticas fundamentales para sostener la vida cotidiana, pero muchas veces quedaron fuera de los relatos históricos.
La pregunta que plantea el museo es sencilla: Para que funcione un puerto, ¿quién cocina para quienes trabajan allí?
La respuesta permite poner en escena a mujeres y familias que también hicieron posible la historia del puerto, aunque sus nombres no aparezcan en los grandes relatos.
Por eso la cocina no es simplemente una recreación.
Es un espacio de encuentro, investigación, talleres y memoria.
Historia que no terminó
La mirada del museo tampoco se limita al pasado.
La inmigración, por ejemplo, no aparece solamente asociada a los italianos, españoles u otros grupos que llegaron décadas atrás.
También incorpora a quienes llegaron y llegan desde Bolivia, Paraguay, Venezuela y otros países para trabajar en la región.
La pregunta, entonces, vuelve a trasladarse del pasado al presente:
¿Qué llevó a una persona a abandonar su lugar? ¿Cómo fue recibida? ¿Qué ocurre hoy con quienes llegan?
Ese mecanismo de transformar una certeza en una pregunta es parte de la identidad del Museo del Puerto.
“No es un museo que te deje tranquilo”, sostiene Bianco.
“No es un museo para que vengas acá a cerrar cómo fue la historia y afirmar: ‘Ah, entonces fue así’. La intención es otra. Es un museo que tiene más el objetivo de inquietarte”.
Por eso también salen a la calle.
Las visitas escolares pueden convertirse en caminatas por el puerto, donde un grano de maíz, un camión o un trabajador se transforman en disparadores para explicar cómo funciona ese mundo.
La idea es que los chicos comprendan que la historia no está solamente en los libros.
También está delante de sus ojos.
Un edificio que la comunidad recuperó
El edificio que alberga al museo también forma parte de la historia.
Construido como aduana para el Estado argentino, durante la década de 1970 presentaba un avanzado deterioro y parecía condenado a desaparecer.
La insistencia de la comunidad y la intervención estatal permitieron recuperarlo.
Y desde entonces, los vecinos volvieron a tener un papel fundamental.
Al comienzo, recuerda Bianco, algunos colaboraban incluso con la limpieza y el cuidado del lugar. También aportaron objetos que hoy forman parte de las colecciones.
Esa relación explica en buena medida por qué el museo es un espacio tan arraigado en Ingeniero White.
No solamente cuenta la historia de la comunidad.
La comunidad también ayudó a construir el museo.
Mirar el futuro
A 39 años de su inauguración y en el marco del 141° aniversario de Ingeniero White, el desafío ya no pasa solamente por conservar lo realizado.
También por garantizar que pueda continuar.
Uno de los objetivos de la institución es contar con mejores espacios para depósito y archivo, capaces de preservar durante las próximas décadas las memorias y objetos reunidos a lo largo de su historia.
Porque ese patrimonio no pertenece únicamente al pasado.
Cada objeto, cada fotografía, cada entrevista y cada relato permite comprender mejor el White actual.
Quizás allí esté la particularidad del Museo del Puerto.
No busca cerrar la historia de Ingeniero White, sino mantenerla abierta.
No pretende decir definitivamente cómo fue el pueblo.
Prefiere preguntar quiénes lo hicieron, cómo vivieron, qué dejaron atrás y qué nuevas historias se están construyendo.
Un museo que guarda objetos, sí.
Pero, sobre todo, un museo que guarda voces.