“Cómo hacer una omelette sin romper los huevos”: la película de Pigüé que llegó al Festival de San Sebastián
El documental de Cecilia Paviolo Marcenac, realizado junto a Ailén Raimondo Randi, fue seleccionado para participar de un foro de documentales dentro del prestigioso festival español. La película nació de la Fiesta de la Omelette Gigante y propone, a partir de esa celebración, una mirada sobre la identidad, la cultura y la pertenencia.
Licenciada en Comunicación Social egresada de la Universidad de La Plata. Docente en nivel superior. Redactora de La Nueva desde 2010. En LU2 Radio Bahía Blanca tiene la columna "Buenas buenas" y se desempeña como redactora creativa. Es especialista en cubrir historias humanas de superación. Además, es profesora de yoga.
“La película tuvo una muy buena recepción y a todo el mundo le pareció genial. Estamos sorprendidas. No pensábamos que iba a pasar porque las películas que hay acá tienen como mínimo un presupuesto cuatro veces superior al de la nuestra. Nos elogiaron todos y estamos muy contentas”, dijo Cecilia Paviolo Marcenac, una de las creadoras de "Cómo hacer una omelette sin romper los huevos”, seleccionada para participar en el Festival de San Sebastián donde, justamente, fue presentada este martes 22.
Lo que comenzó como un recuerdo de infancia terminó convirtiéndose en una película, ya que Cecilia Paviolo Marcenac creció viendo a sus tíos participar de la Fiesta de la Omelette Gigante de la Cofradía de Pigüé.
Durante años, aquella celebración fue para ella parte del paisaje cotidiano de su pueblo, hasta que la visita de una amiga de Buenos Aires, cuando tenía alrededor de 12 años, le permitió mirar la fiesta con otros ojos.
A partir de allí comenzó a preguntarse por el potencial de esa historia. En 2021 inició la investigación y, junto con su socia Ailén Raimondo Randi, se lanzó a desarrollar "Cómo hacer una omelette sin romper los huevos”. En 2022 realizaron el primer registro de la celebración y volvieron a filmar en 2024, durante el 25º aniversario de la fiesta y los 140 años de la fundación de la ciudad de Pigüé, en el distrito de Saavedra.
El documental todavía no está terminado. Actualmente, sus realizadoras trabajan en la reescritura del guión y en el material de imagen y sonido registrado durante estos años. Pero el proyecto acaba de dar un paso importante: fue seleccionado para participar de un foro de documentales que funciona dentro del Festival de San Sebastián.
La noticia sorprendió a las realizadoras y, también, puso sobre la mesa las dificultades de hacer cine independiente en la Argentina. La película fue construida, en buena medida, gracias al trabajo y la colaboración de amigos, amigas y personas que realizaron donaciones. Ahora, el desafío es conseguir los recursos que permitan terminarla en las mejores condiciones posibles.
En diálogo con La Nueva., Cecilia Paviolo Marcenac cuenta cómo nació el proyecto, qué encontró detrás de la Fiesta de la Omelette Gigante y por qué la celebración puede convertirse en una historia cinematográfica y qué significa llevar una película nacida en Pigüé hasta San Sebastián.
—¿Cómo nació la idea de hacer una película sobre la Omelette Gigante y en qué momento sentiste que la historia daba para un documental?
—Cuando era chica veía a mis tíos participar de la fiesta y me parecía algo increíble; pero a la vez me resultaba también muy normal. Sobre mis 12 años recuerdo que vino de vacaciones con nosotros una amiguita de Buenos Aires y fuimos a la omelette. Estaba completamente sorprendida; a ella le parecía una locura. Creo que ahí entendí que era algo atrapante, con mucho potencial.
“Siempre me pareció que la omelette y la historia de Pigüé tenían algo especial; pero también ocurre que uno suele estar sesgado en cuanto a los lugares que conoce y aprecia. Una buena película no puede solo ser un registro bello de un evento, con eso no alcanza. Necesitás tener un buen guión, personajes interesantes, una estructura dramática y un enfoque particular. Sin todo eso, hacés un informe, un registro; una película es otra cosa”.
—¿Qué tiene esta celebración que la hace cinematográficamente interesante?
—Audiovisualmente hablando, la omelette es espectacular: la escala de los elementos, las acciones que realizan los personajes, los colores, el vestuario. Todo es impactante desde lo visual. No obstante, también hay muchas cuestiones problemáticas o desafiantes desde la producción: grabar en exteriores donde no podés controlar la luz, el sonido que es caótico, la cantidad de gente que integran la cofradía, el público y los otros equipos de prensa que cubren el evento, el calor; son todos factores que no podés controlar y que se vuelven una pesadilla para cualquier cineasta.
—Hay una tradición francesa detrás de la fiesta. ¿Cómo se cruzan en la película la identidad francesa de Pigüé y la actual de sus habitantes?
—La película propone una reflexión, entre otras cosas, sobre la construcción de las identidades culturales y nacionales, personales y colectivas. Hoy en día se habla de la transculturalidad. Este concepto propone analizar las identidades como algo más complejo y múltiple. Antes se pensaba en un francés o un argentino como alguien delimitado por ciertos parámetros culturales estereotípicos. Hoy nos damos cuenta de que eso no alcanza y simplifica la ecuación. Las comunidades muchas veces están mezcladas; se fusionan.
“A la vez, uno puede ser argentino e identificarse al mismo tiempo como francés o como parte de una comunidad de pueblos originarios, por ejemplo. Incluso, uno puede sentirse miembro de una comunidad aunque no haya nacido allí o no se haya criado de esa forma. También es claro cómo tenemos un sesgo histórico-educativo y valoramos ciertas culturas por sobre otras. La reflexión histórica sobre lo que entendemos por cultura ha cambiado. La película utiliza la fiesta de la omelette, el retrato de mi tío Miguel (Michel) Marcenac y el relato histórico de Pigüé más bien como una excusa para hacernos preguntas justamente sobre estos temas”.
—¿Cuánto tiempo llevó realizar el documental? ¿Qué fue lo más difícil de filmar?
—Comencé la investigación en 2021. A partir de ahí, junto con mi socia Ailén Raimondo Randi, trabajamos en el desarrollo del proyecto. En 2022 viajamos a hacer el primer registro del evento en sí. Grabamos también en 2024, en el 25º aniversario de la fiesta y en los 140 años de la fundación de Pigüé. Luego la película continuó su curso, complejizándose de a poco, consiguiendo socios, apoyos y subsidios. Las películas en general, cuando se trabajan de manera independiente como ocurre en la mayor parte de los casos en nuestro país, van mutando y creciendo poco a poco.
"Cómo hacer una omelette sin romper los huevos” aún no está terminada: estamos reescribiendo el guión y trabajando con las imágenes y sonidos registrados. Lo más difícil de filmar fue una escena en las sierras pigüenses: estábamos buscando, contrarreloj, una ubicación puntual y los mapas que teníamos no servían para nada. Toda esta aventura serrana aparece en la película, ya que una de las tramas trata, justamente, sobre la propia construcción de la película. Pero bueno… ¡tendrán que venir al cine a verla para saber cómo resultó!”.
—¿Qué significa para vos que una película nacida en Pigüé llegue al Festival de San Sebastián?
—Fuimos seleccionadas en un foro de documentales que funciona dentro del Festival de San Sebastián. La verdad es que no esperábamos esto. Nos sentimos agradecidas y sumamente honradas, pero, al mismo tiempo, nos genera cierto conflicto gastar tanto dinero en el viaje. Esta es una película hecha a pulmón, gracias a la cooperación y al trabajo gratuito de amigos y amigas que nos apoyan, e incluso gracias a donaciones de algunas personas. Es la misma cooperación con la que se realiza la fiesta de la omelette: los cófrades y colaboradores donan su trabajo para hacerla posible, sin esperar nada a cambio.
“Pero una película, incluso cuando nace del deseo y del amor, también implica un enorme trabajo profesional de personas que se formaron durante años, además de responsabilidades y costos concretos elevados. Nos resulta difícil hablar de este proceso sin mencionar el grado de precarización en el que trabajamos, algo que muchas veces no se dice o no se ve en el medio. La cooperación nos permitió llegar hasta acá; ahora necesitamos que ese esfuerzo pueda transformarse en condiciones reales para terminar la película de la mejor manera”.
Miradas diferentes
Quizás lo más lindo de esta historia sea que todo empezó con una chica que presenciaba la Fiesta de la Omelette Gigante de Pigüé con fascinación pero, también, con la naturalidad de lo que es cotidiano.
Desnaturalizar esa mirada, complejizarla y llevarla al cine es una apuesta desafiante que invita a descubrir una historia que merecía ser contada. Ahora, esa mirada sale de Pigüé y viaja hasta San Sebastián, llevando consigo un pedacito de ese lugar que la vio crecer.