La otra Bahía: la fauna que vive a metros de la ciudad
Mientras los barcos entran y salen del puerto, miles de aves descansan en las planicies de marea, los cangrejos construyen sus cuevas y, bajo el agua, franciscanas y lobos marinos recorren el estuario.
Recibido en 1993, acumula 28 años de trayectoria en el periodismo local. Ex jefe de la sección Deportes y La Ciudad y actual secretario de Redacción de La Nueva. Ex profesor de los dos institutos de Periodismo de la ciudad. Especialista en temas deportivos, sociales y gremiales.
A veces alcanza con mirar hacia otro lado. Mientras un buque espera para ingresar al puerto, mientras las plantas del polo petroquímico dibujan el horizonte o mientras la ciudad continúa con su ritmo habitual, detrás de esa postal existe otra Bahía Blanca.
No hay semáforos, edificios ni calles.
Hay barro, agua, islas, marismas y cangrejales. Hay miles de aves buscando alimento, peces moviéndose entre los canales y mamíferos marinos que recorren silenciosamente las aguas.
Es la Bahía que casi no vemos.
El estuario, con unos 2.300 kilómetros cuadrados, constituye uno de los ambientes costeros de mayor riqueza ecológica de la Argentina. Sus planicies de marea, marismas, canales e islas forman un mosaico de ambientes donde encuentran refugio, alimento y sitios de reproducción numerosas especies. El municipio lo considera un humedal costero de características únicas y uno de los más importantes del país.
Y buena parte de esa riqueza está literalmente a metros de nosotros.
La gaviota que come cangrejos
Entre sus habitantes hay una especie que podría convertirse en el emblema de esta otra ciudad: la gaviota cangrejera.
A simple vista puede parecer una gaviota más. No lo es.
La especie, también conocida como gaviota de Olrog, es endémica del Atlántico Sudoccidental y se reproduce únicamente en la Argentina. El estuario de Bahía Blanca alberga una parte muy importante de su población reproductiva.
Y tiene una particularidad que explica su nombre: los cangrejos son una parte fundamental de su dieta. Investigaciones realizadas en el estuario encontraron que cerca del 90% de las presas identificadas correspondían a estos crustáceos.
Las islas donde nidifica son fundamentales, pero también lo son las planicies de marea donde busca alimento. Por eso, conservar a la especie implica proteger mucho más que sus colonias reproductivas.
Los investigadores todavía siguen encontrando novedades. En relevamientos recientes fueron identificadas nuevas colonias en las islas Trinidad y Ariadna.
En un ambiente estudiado durante décadas todavía quedan descubrimientos por hacer.
El delfín que casi nadie ve
Si la gaviota cangrejera puede observarse con relativa facilidad, la franciscana juega al escondite.
Este pequeño delfín, también llamado delfín del Plata, se mueve bajo el agua y rara vez se deja ver. Durante años, su presencia en el estuario fue conocida principalmente a través de ejemplares encontrados muertos.
Pero las investigaciones permitieron confirmar que utiliza distintos sectores del sistema y que puede aparecer incluso en el Canal Principal.
La noticia es importante porque la franciscana es uno de los cetáceos más amenazados de la Argentina. Su principal amenaza es la captura accidental en redes de pesca y, en la provincia de Buenos Aires, fue declarada Monumento Natural.
Pensar en un delfín amenazado nadando en las aguas de Bahía Blanca obliga a cambiar la mirada sobre el estuario. No es solamente el escenario donde se desarrolla la actividad portuaria. También es su hábitat.
Una parada en un viaje de miles de kilómetros
Cuando baja la marea, grandes extensiones de barro quedan expuestas.
Para quien las observa desde lejos pueden parecer superficies vacías. Para las aves migratorias son todo lo contrario: una gigantesca mesa servida.
El estuario forma parte de las rutas de numerosas aves playeras que recorren miles de kilómetros. Algunas llegan desde América del Norte y encuentran aquí un sitio para alimentarse y recuperar fuerzas antes de continuar su viaje.
Censos realizados en el área identificaron 22 especies de aves playeras y más de 13.000 ejemplares.
Playeritos, chorlos y becasas utilizan las planicies intermareales para buscar pequeños invertebrados, gusanos, moluscos y crustáceos.
Una bandada que aparece en la costa puede haber comenzado su viaje miles de kilómetros al norte. Para nosotros es una bajamar. Para ellas, una estación de servicio.
El pequeño ingeniero
Y debajo de ese paisaje aparentemente inmóvil trabaja uno de sus habitantes más importantes: el cangrejo cavador.
Neohelice granulata excava cuevas y remueve constantemente el sedimento. En determinados sectores pueden encontrarse cientos de cuevas en pocos metros cuadrados.
Su trabajo modifica el ambiente: remueve el suelo, genera refugios y participa en procesos que influyen en la dinámica de las planicies de marea.
Además, forma parte de la cadena alimentaria de numerosas especies, entre ellas la propia gaviota cangrejera.
También existe otro habitante menos conocido: el cangrejo violinista, cuya presencia en el estuario fue documentada científicamente en años recientes. Lo que para nosotros parece apenas un agujero en el barro es, en realidad, parte de una enorme maquinaria ecológica.
Lobos marinos, flamencos y peces
La lista de habitantes continúa.
En las aguas y costas del estuario aparecen lobos marinos, flamencos, tortugas marinas y numerosas especies de peces, entre ellas corvinas, pescadillas, palometas, congrios y cazones.
También se han registrado delfines nariz de botella.
Algunos llegan de manera ocasional; otros utilizan el estuario como área de alimentación, refugio o reproducción.
Cada uno ocupa su lugar dentro de una red en la que nada funciona de manera aislada.
Si desaparecen los cangrejos, cambia la alimentación de las gaviotas. Si se degradan las planicies de marea, pierden alimento las aves migratorias. Si se alteran las marismas, se modifican refugios y sitios de reproducción.
La naturaleza no trabaja por sectores. Trabaja como una red.
Una riqueza que está demasiado cerca para ser vista
Quizás la mayor paradoja sea que esta biodiversidad extraordinaria no está escondida en un lugar remoto.
Está en Bahía Blanca.
Está en las islas, en los cangrejales, en las costas de Cerri, en Ingeniero White y en los distintos ambientes del estuario. Está detrás de los barcos que vemos todos los días.
El vecino puede mirar una gaviota sin saber que pertenece a una especie vulnerable. Puede observar una planicie de barro sin imaginar que allí descansan aves que vienen desde América del Norte. Puede navegar por el Canal Principal sin sospechar que debajo de la superficie puede desplazarse una franciscana.
Y puede contemplar un cangrejo cavando una pequeña madriguera sin saber que ese animal diminuto ayuda a transformar todo el ambiente que lo rodea.
La actividad humana, las obras costeras y la presencia creciente de personas y animales domésticos generan presiones sobre este ecosistema. Pero el estuario conserva una enorme riqueza y continúa siendo objeto de investigación científica.
Quizás el primer paso para protegerla sea algo mucho más sencillo: mirarla.
Porque Bahía Blanca no termina donde termina la ciudad.
Del otro lado del paisaje cotidiano existe una ciudad silenciosa, poblada por miles de seres que llegaron antes que nosotros y que, mientras hacemos nuestra vida, continúan haciendo la suya.
Una Bahía de alas, aletas, patas y caparazones.
La otra Bahía está ahí. Siempre estuvo ahí. Sólo tenemos que aprender a verla.