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El boulevar que vive en la memoria: los Marinissen y aquel White de playas, trenes y veranos

Pochi recuerda su infancia en el bulevar, las familias del barrio, los veranos en la playa y una vida cotidiana que quedó guardada en fotos y recuerdos.

Fotos: Rodrigo García-La Nueva.

En Ingeniero White, el paso del tiempo transformó profundamente algunos de sus paisajes y costumbres. Allí donde hoy la postal está marcada por el puerto y las grandes instalaciones industriales, alguna vez hubo una playa concurrida, casas de madera -varias de ellas todavía resisten el paso del tiempo-, comercios, niños jugando en la calle y trenes que llegaban cargados de familias desde Bahía Blanca y distintos puntos de la región.

La memoria de la familia Marinissen permite volver por un momento a aquel White. Pochi (Norma), una de las hijas de Víctor Marcos Marinissen y Serafina Teresa Elena, conserva nombres y escenas de quienes fueron sus vecinos, amigos y compañeros de aquellos años.

La familia se completaba con otros cinco hijos, que portaban sus respectivos apodos, como Pirucha, Beba, Pelusa, Pocho y Pita.

"Al bajar el puente La Niña, el recorrido comenzaba con la familia de Dora Moraza. Después estaban los Russo, con Anita y Juan Carlos; luego los Henry y, un poco más adelante, nuestra casa. Al lado vivía Margarita Formigo, tía de Agustín Varela, un amigo de toda la vida con quien compartíamos juegos como las bolitas y el tenis. Agustín era hijo único", afirma Norma (Pochi) con su intacta memoria pese a contar con 83 años, ya que nació en 1942.

La casa de la familia Marinissen aún conserva el estilo clásico del revestimiento en madera (foto).

Más adelante, según Pochi, estaba José Iglesias, quien tenía una carnicería, junto a su esposa Elsa. Después aparecía un descampado y, llegando a la esquina, la carpintería de Castro.

"No tenía hijos y su mujer era conocida como 'Chusca', pero no puedo asegurar si era su verdadero nombre o un sobrenombre", contó Norma.

"Enfrente había un conventillo, con varias habitaciones que se alquilaban y por donde pasaba mucha gente. Pegado a ese lugar estaba el almacén de Froilán Gómez, un típico comercio de ramos generales donde se vendían productos sueltos. Froilán Gómez y su esposa, conocida como Coca, tenían una hija, Patricia. En un sector de ese almacén también había una masa donde algunos hombres se juntaban a jugar al truco", apuntó.

La esquina de calle Sisco y Corbeta Uruguay también tenía su propio movimiento, al igual que la ancha y larga arteria del boulevar Juan B. Justo. Allí, una de las hermanas de Pochi, Pibeba, instaló una especie de fonda.

"Cocinaba para los ingenieros y trabajadores vinculados a la usina, en tiempos en que la actividad industrial era pujante y parte del paisaje whitense", señaló Pochi.

La playa que quedó en la historia

Antonio García recuerda que durante los veranos la zona se transformaba en un verdadero balneario popular. Desde Bahía Blanca llegaban trenes cargados de gente, que salían alrededor de las 2 de la tarde, levantaban pasajeros en Villa Rosas y llegaban a Ingeniero White.

"Una multitud bajaba por el puente La Niña, atravesaba el empedrado e iba hasta la playa. Todo playa, era todo playa...”, subrayó Antonio al describir el lugar donde actualmente se encuentra la vieja usina y los sectores linderos a la Terminal Bahía Blanca.

"La costa se extendía unos 400 o 500 metros hacia adentro. La gente llegaba con sus niños, galletitas de agua y latas de paté de foie que se abrían por el medio; era la comida rápida de ese entonces. Se instalaban junto al agua y pasaban buena parte de la tarde. Cuando la marea subía, entre las últimas horas de la mañana y las primeras de la tarde, el movimiento se concentraba en la playa", afirmó.

Y no hacía falta que fuera domingo. Durante todo el verano, si la marea acompañaba, llegaba gente. Los domingos, contó Antonio, el lugar “explotaba”, porque el tren traía multitudes y los colectivos completaban el traslado.

"El paisaje también tenía otra postal; circulaban algunos coches con techo de lona, mientras que más adelante, sobre el boulevar, funcionaba el negocio de Margoni, algo parecido a un pequeño supermercado de la época", añadió Pochi.

Una historia de amor en Huracán

En ese mismo boulevar, Antonio conoció a Norma Marinissen, “Pochi”, con quien formaría su familia.

"El encuentro ocurrió durante uno de los bailes que se organizaban para despedir a los jóvenes que partían a cumplir con el servicio militar. La fiesta se hacía en la cancha de Huracán, en la cantina del club", aseguró.

Y el recuerdo familiar guarda un detalle que Antonio cuenta todavía con gracia.

"No fui yo quien invitó a bailar a Pochi; fue ella quien me sacó a bailar (risas). Es que esa noche llovía y había pocos muchachos en el club", detalló.

Antonio había llegado a la Argentina desde España cuando tenía siete años. Después de vivir en Buenos Aires, terminó radicándose en Bahía Blanca, en el marco de las disposiciones que por entonces establecían que los inmigrantes debían instalarse a determinada distancia de la Capital Federal.

Con el tiempo, el boulevar no solo sería el lugar de sus veranos y de sus encuentros con amigos. También quedaría ligado para siempre a la historia familiar y a las casonas que cobraban vida cuando todos se juntaban.

La vida cotidiana entre la escuela, la pesca y los vecinos

La familia Marinissen vivía en Corbeta Uruguay 3750. Los chicos concurrían a la Escuela Nº 21 del bulevar y, como recuerdan, los inviernos podían ser de un frío intenso.

El paisaje cotidiano se completaba con vecinos, perros, juegos y reuniones familiares. El padre de Pochi también salía a pescar y lo hacía en una canoa a remo, principalmente en el Canal de los Barcos y en el Muelle Nacional.

"Volvía con pejerreyes, corvinas y también mejillones. La pesca no era para vender, era para compartir en la familia, todos comíamos de lo que había", contó Pochi.

Las tardes tenían, además, sus propias rutinas. Después de las tareas y de la pesca, había tiempo para jugar a las cartas y para encontrarse con los vecinos.

"Hasta las mareas eran importantes. Recuerdo que una noche, en 1962 o 63, cuando viajaba hacia el fondo del boulevar manejando el colectivo, alrededor de las 21, no pude continuar el recorrido porque una chata de hierro, al que le decíamos 'chatón', había quedado atravesada frente al puente La Niña. La gente podía pasar caminando, pero ningún vehículo lograba avanzar", describió.

Era un sector de White acostumbrado a convivir con el agua, las mareas y las inundaciones.

"Si el agua crecía había que proteger a las gallinas y los conejos; pero también a los perros, que ingresaban a la cocina o algún lugar de la casa. Si salías al patio te hundías hasta las rodilla, jajaja. Había que esperar a que la marea bajara y todo volvía a la normalidad", recordó Pochi, quien también se detiene en las fotografías de allegados, donde aparecen, uno por uno, los rostros de una familia numerosa y de una comunidad que compartía calles, escuela y juegos.

En una de las imágenes, de izquierda a derecha, aparecen Pochi; Beba con su hijo Claudio; Patricia, una de las niñas; Marcelo; Pinki y Mariela; Zara Roldán con su hijo Roberto; Serafina Teresa Elena, la abuela; Omar, hermano de Pochi, con su sobrino Pablo y Víctor Marcos Marinissen, padre de Pochi.

En otra fotografía están Cali Redivo, Pochi y Marcelo, mientras que también son recordados Adrián, de espaldas, Pirucha y los perros Flamenco y Negro.

Otra imagen reúne a Pirucha, Marcelo y Pochi. En otra están Pochi y su amiga Ana María Barci.

También se atesora una fotografía donde aparecen Diego y Adrián Iglesias, Marcelo Caserma y Norma.

Son nombres que, más allá de la imagen familiar, reconstruyen una red de vínculos y amistades de aquel Ingeniero White.

En la calle Sisco, a la vuelta de la casa de los Marinissen, también quedaron otros vecinos en la memoria, como un hombre solitario de apellido Aparicio; además de Anita Marsolovich junto a sus padres; un matrimonio de apellido Tejeda; la familia Marzola, con sus hijos Roberto y Chiche; y la familia Cabrera, con tres hijos.

Son apenas algunos de los nombres o apellidos que quedaron registrados en la memoria de Pochi. Pero, detrás de cada uno, aparece una casa, una familia, una conversación, una amistad o una tarde de verano.

El paisaje cambió. La playa desapareció, algunas calles se asfaltaron, muchas de aquellas casas y comercios ya no están o fueron reemplazados por sitios más modernos.

Sin embargo, para los Marinissen, aquel rincón del boulevard sigue existiendo en los nombres y en las voces de quienes alguna vez lo habitaron.

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