Cuando el trabajo deja de ser empleo: el avance del "cuentapropismo"
Con una economía estancada desde 2012, el mercado laboral argentino se reconfigura hacia la informalidad extrema.
Recibido en 1993, acumula 28 años de trayectoria en el periodismo local. Ex jefe de la sección Deportes y La Ciudad y actual secretario de Redacción de La Nueva. Ex profesor de los dos institutos de Periodismo de la ciudad. Especialista en temas deportivos, sociales y gremiales.
En la Argentina actual, trabajar ya no siempre significa tener empleo. La diferencia, que durante décadas pareció apenas semántica, hoy describe una transformación profunda del mercado laboral. Mientras el país acumula más de diez años sin crecimiento sostenido, la única ocupación que aumenta es la que queda fuera de cualquier registro: el cuentapropismo informal.
El fenómeno no surge de un proceso de expansión económica ni de un auge emprendedor, sino de una dinámica más cruda: la necesidad de subsistir.
Un reciente informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA) advierte que el incremento del trabajo en 2025 no provino de empresas ni de nuevas actividades formales, sino de trabajadores que generaron sus propios ingresos al margen del sistema.
“Argentina hace más de 10 años, desde el año 2012, que la economía no crece”, explicó Jorge Colina, presidente de la entidad.
El diagnóstico tiene consecuencias directas sobre el empleo: sin crecimiento productivo, las empresas no amplían sus plantillas.
“Si las empresas no venden más, no van a tomar más gente”, sintetizó.
El empleo que no aparece en las estadísticas formales
En ese escenario, el mercado laboral empezó a llenarse por los bordes. Según IDESA, el único sector que registró crecimiento fue el del trabajo por cuenta propia sin inscripción tributaria, es decir, actividades realizadas fuera incluso del régimen de monotributo.
El dato es contundente: todo el aumento del empleo en 2025 provino del cuentapropismo, pero sin reflejarse en los registros fiscales.
La conclusión es que la expansión fue casi completamente informal, con trabajadores que generan ingresos sin aportes previsionales ni cobertura social.
Más que un cambio estructural hacia nuevas formas laborales, el estudio plantea una señal de alarma: la economía no está creando empleo, sino empujando a miles de personas a resolver su sustento por fuera del sistema.
Un mercado laboral que se cerró desde adentro
Para Colina, uno de los factores centrales que explican la falta de empleo asalariado es el marco legal vigente. Según su análisis, las normas laborales generan costos y riesgos que desalientan la contratación formal.
“Los empleadores quedaron espantados con el tema de emplear a algún trabajador por los riesgos que eso significa”, sostuvo.
El economista señaló que la legislación se volvió “muy penalizadora del empleador” a partir de reformas implementadas en 2008.
Entre 2004 y 2012, pese a ese esquema normativo, el empleo creció. Pero había un factor que actuaba como compensación: los salarios reales estaban deprimidos, lo que permitía absorber mayores costos laborales. Ese escenario ya no existe. Con una economía estancada y salarios más presionados, el sistema laboral quedó prácticamente bloqueado.
La advertencia es que incluso ante una eventual recuperación económica, el empleo podría seguir expandiéndose en la informalidad si no se modifican las reglas estructurales.
Inflación en retroceso, pero con efectos desiguales
El contexto macroeconómico ofrece señales mixtas. La inflación cerró 2025 en 32% interanual, muy por debajo del 211% registrado al inicio de la actual gestión y del 118% con que finalizó 2024. Sin embargo, la reducción del ritmo inflacionario todavía no alcanza para consolidar un escenario de estabilidad.
Si la inflación se mantuviera cerca del 2% mensual, 2026 terminaría en torno al 25% anual. Para alcanzar la meta oficial del 10%, debería descender al 0,8% mensual, y para acercarse a los niveles promedio de Sudamérica —alrededor del 5% anual— tendría que ubicarse cerca del 0,5%.
En este escenario aparece un dato que puede resultar contradictorio. Según el Indec, los salarios informales crecieron 84% durante 2025, superando la inflación y también la evolución de la línea de pobreza.
Sin embargo, Colina advierte que esa mejora debe analizarse en perspectiva.
Con datos de la Encuesta Permanente de Hogares, IDESA estimó que el ingreso promedio informal alcanzó los 500 mil pesos en 2025, medidos a precios constantes.
Aunque representa una mejora frente a los dos años anteriores, apenas iguala los niveles registrados en 2020, en plena pandemia.
El economista explica este fenómeno con lo que denomina un “efecto resorte”. Cuando la inflación se acelera, el salario informal suele deteriorarse con mayor rapidez porque se ajusta con retraso.
En cambio, cuando el ritmo inflacionario se desacelera, esos ingresos muestran recuperaciones más pronunciadas.
La informalidad como nueva normalidad
Más allá del nivel salarial, el problema central radica en la magnitud del fenómeno. Actualmente, los trabajadores informales representan cerca de la mitad del mercado laboral argentino.
La cifra marca un cambio de escala. La informalidad dejó de ser un segmento periférico para convertirse en un componente estructural del empleo.
En ese escenario, millones de trabajadores quedan sin cobertura social, sin estabilidad laboral y sin acceso a sistemas previsionales.
El diagnóstico abre interrogantes sobre el futuro del mercado laboral argentino.
No se trata solo de cuántos puestos de trabajo existen, sino de qué tipo de empleo se está generando y qué posibilidades reales ofrece para garantizar ingresos sostenibles y protección social.
Mientras la economía no logre recuperar un sendero de crecimiento sostenido, el trabajo seguirá multiplicándose fuera del radar formal. Y, con ello, la frontera entre empleo y supervivencia continuará difuminándose.