“Brasil, decime qué se siente…”
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…tener un líder de verdad.
“Brasil, decime que se siente…” es la frase de una canción que nació como burla en las tribunas argentinas, pero esta semana la pensé en serio. En épocas en que se piden nuevas canciones, Brasil compuso, desde la debilidad, no solo una nueva canción sino una sinfonía completa, y dio vuelta un resultado que muchos daban por cerrado.
El 4 de octubre Lula perdió la primera vuelta, y desde el regreso del voto directo en Brasil ningún candidato que salió segundo ganó el balotaje. Tres semanas después, el domingo 25, lo consiguió. En ese tiempo pasaron muchas cosas que no entran todas en esta columna, así que vamos con algunas de ellas.
La abstención bajó del 21 al 19%, la más baja en un balotaje en dos décadas, lo que significa que millones de personas que se quedaron en su casa en la primera vuelta fueron a votar. Hubo calles llenas y redes encendidas. Y hubo una escena en el último debate, cuando Flávio Bolsonaro llamó “nueve dedos” a Lula, burlándose del dedo que perdió de adolescente en un accidente en una fábrica metalúrgica. Lula miró a cámara y no aceptó la burla. Nadie sabe si esa noche definió la elección, pero mostró algo. La herida que el otro usó como insulto era la marca de una vida de trabajo, y millones se reconocieron en ella.
Entonces, desde la Psicología Política me pregunto: ¿qué hace que un pueblo que tal vez había dejado de creer en su voto vuelva a votar?
Ignacio Martín-Baró, psicólogo social español que desarrolló su obra en El Salvador, estudió el fatalismo como la manera en que las personas explican un mundo que encontraron cerrado y fuera de su control, una actitud que se traduce en resignación y conformismo. Para él no es un rasgo de nuestro carácter latinoamericano ni un problema de cada individuo, sino el fruto de la experiencia cotidiana con una sociedad que oprime y que alienta esa actitud porque le resulta conveniente. Por eso sostenía que, además de tomar conciencia, las personas necesitan vivir una experiencia real de transformar su mundo y de decidir su propio futuro.
Así leo lo que pasó en Brasil. Cuando alguien que no pensaba votar se levanta un domingo y va a votar, no solo elige un candidato, también vive esa experiencia de decidir y desmiente la idea de que todo estaba resuelto de antemano. Ahí empieza la sinfonía, con instrumentos que estaban guardados y vuelven a sonar.
En paralelo, de este lado de la frontera, la música es otra. Javier Milei venía de una semana de alto volumen. En Madrid trató de “impresentable dictador” a Pedro Sánchez, días antes escribió “zurdo ladrón” para referirse a Lula, y sostiene desde hace meses una guerra verbal contra los periodistas que corona cuando manda a la hoguera a varios de ellos. Sin embargo, el presidente que tiene un adjetivo para cada uno no encontró ninguno para felicitar al ganador. El martes 27, su vocero, Adrián Ravier, anunció que no lo felicitará, habló de una diferencia ideológica y dijo que el Gobierno ya tomó nota del resultado. Hasta el partido de Flávio Bolsonaro reconoció la derrota.
El lunes 26, en lugar de un mensaje, salió al balcón de la Casa Rosada con parte de su Gabinete a hacer el "Six seven", un gesto que se volvió viral entre adolescentes, con las palmas hacia arriba subiendo y bajando como una balanza. No tiene un significado fijo, y Dictionary.com, que lo eligió palabra del año 2025, lo describió como algo intermedio o como un gesto de indiferencia. Indiferencia en el balcón, mientras una encuesta de Zuban Córdoba realizada del 16 al 19 de octubre registra un 65,2 por ciento de desaprobación a su gestión, “Six seven” casi el número del meme.
Entonces me pregunto: ¿Por qué el que insulta a todos no puede felicitar a nadie?
Ernesto Laclau, filósofo político argentino, desarrolló el concepto de dislocación para referirse a lo que pasa cuando hay un acontecimiento que un discurso político no puede nombrar, porque rompe la manera en que ese discurso explicaba el mundo, al menos el mundo “del Javo”. Todo discurso político interpreta la realidad con sus propias categorías, y el de Milei tiene pocas pero muy usadas tales como la casta, los zurdos y los periodistas, siempre ubicados abajo y siempre listos para ser degradados.
Me animo a pensar que el triunfo de Lula funciona como una dislocación para ese relato. El “zurdo ladrón” no fue derrotado ni humillado, ganó en las urnas y se convirtió en un par. Ante eso, el insulto deja de ser una demostración de fuerza y empieza a exhibir impotencia, y felicitar sería reconocer que del otro lado también hay un pueblo que decide. Entonces queda el silencio, queda el ninguneo.
Un líder de verdad es el que en tres semanas logra dar vuelta un resultado y poner en movimiento a quienes se quedaron en su casa. Lula lo hizo con un mensaje que fue de lo más grande a lo más cercano. En lo macro, planteó la elección como una defensa de la soberanía, frente a un gobierno de Estados Unidos que castigó a Brasil con aranceles y frente a una familia Bolsonaro a la que acusó de estar subordinada a esos intereses. Ya lo anticipó en Naciones Unidas, cuando advirtió que Brasil no cabe en el patio trasero de nadie.
Un líder de verdad es el que, cuando en la campaña denunció que Meta le restringía el alcance en las redes, no se quedó esperando que la plataforma lo resolviera. Construyó su propio canal. El diputado André Janones armó en WhatsApp el Ejército de Lula, que pasó de decenas de miles a más de diez millones de seguidores, y lo valioso no fue solo el número sino lo que les proponía. Cada día había una tarea, un video para compartir, una mentira para responder. El mensaje era que nadie miraba la elección desde afuera y que cada uno tenía algo para hacer. Esta vez la experiencia de la que hablaba Martín-Baró no fue casual, la campaña la construyó todos los días.
Un líder de utilería, en cambio, se sostiene en la escenografía, en el gesto viral y en la frase pensada para las redes, y cuando la realidad no cabe en esa escenografía, no tiene nada para decir.
Durante años cantamos “Brasil, decime qué se siente” para burlarnos desde la tribuna. Esta vez la pelota vuelve, esta vez la pregunta cruza la frontera en sentido contrario y nos encuentra sin respuesta. Brasil ya sabe qué se siente. A Argentina le queda un año para recordarle a quien gobierna a los gritos que no puede obligar a un pueblo a quedarse callado.