Protestas: el fuego no empezó en las calles
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En Francia, los estudiantes secundarios bloquean liceos desde septiembre por la falta de profesores, las aulas superpobladas y los edificios deteriorados, mientras el Gobierno prepara recortes presupuestarios. En Bélgica, los estudiantes marchan contra las reformas educativas y el aumento de las matrículas. En Italia, el “No Meloni Day” reunió a miles de jóvenes contra el costo de vida, el deterioro de las escuelas, las restricciones a alumnos extranjeros y el aumento del gasto militar. En España, la crisis de la vivienda llenó de carpas la Puerta del Sol, precipitó una convocatoria electoral y llevó a los principales sindicatos a anunciar una huelga general. En Portugal, las protestas reclaman mejores salarios, jubilaciones y servicios públicos.
Pero hay más…
En Albania, hace meses que hay protestas en contra de la construcción de un resort de lujo en una zona costera protegida y la empresa pertenece al yerno Donald Trump, y en octubre se sumaron los estudiantes, que reclaman por el costo de la universidad, hubo enfrentamientos, un incendio en el Ministerio de Educación y pedidos de renuncia al primer ministro.
En Ecuador, sindicatos y docentes marchan por medicamentos, empleo y costo de vida. En Chile, los estudiantes rechazan posibles recortes educativos. Y en Argentina, la quinta Marcha Federal Universitaria del 15 de octubre exigió el cumplimiento de la ley de financiamiento.
El fenómeno tiene antecedentes recientes. En Nepal, los jóvenes que derribaron un gobierno en 2025 volvieron a protestar este año, ahora contra el gobierno que ellos mismos eligieron. En Alemania, los estudiantes se movilizan contra el servicio militar.
No son focos aislados. Es como si una ciudad encendiera a otra y las protestas se propagaran de un país a otro. Los reclamos son diferentes, pero cada uno aporta combustible emocional a un malestar que cruza las fronteras.
Entonces desde la Psicología Política me pregunto qué está pasando para que, al mismo tiempo, sociedades tan diferentes salgan a la calle a protestar por sus condiciones de vida. ¿Por qué en muchos casos son los jóvenes? ¿Tal vez sienten que el futuro se les escapa?
¡Sin dudas les está cayendo la ficha!
Así como las protestas se propagan, también se propaga la toma de conciencia sobre quién paga el costo. La desigualdad explica buena parte del malestar, pero se le suma la sensación de que el esfuerzo ya no alcanza para construir un proyecto de vida. La distribución de la riqueza es el común denominador en muchos países, ya que los más ricos se llevan los dividendos mientras buena parte de la población vive al día, sin poder proyectar la vivienda propia, la educación en condiciones dignas o un trabajo que garantice el acceso a lo mínimo e indispensable. El presente es complicado y el futuro, imposible de avizorar.
Pero ¿por qué esa ficha tardó tanto en caer?
Mark Fisher, filósofo británico, hablaba de la privatización del estrés. Y sí, hasta eso nos privatizaron. Explicaba que la angustia provocada por la precariedad y la incertidumbre se vive como un problema personal, que se busca resolver de forma individual, mientras sus causas sociales y políticas quedan invisibles. Pero en 2011, ante las protestas de los jóvenes británicos contra el aumento de los aranceles universitarios y los recortes, Fisher observó que ese mecanismo empezaba a resquebrajarse y las depresiones individuales y medicadas daban paso a “explosiones de ira pública”. Algo de eso vemos en 2026, ya que el malestar que antes se padecía en soledad comienza a expresarse como indignación y protesta colectiva.
Siempre digo que, para que un problema surja, hay un entramado que lo condiciona. Y si miramos qué está pasando en el mundo, lo vemos con claridad. La guerra con Irán cerró el estrecho de Ormuz, disparó el precio del petróleo y del gas, y hoy ese aumento se paga en cada país, en el surtidor y en el supermercado. Al mismo tiempo, Europa se rearma, pues los gobiernos aumentan el gasto militar, con Alemania a la cabeza, que además quiere volver al servicio militar. Con más gasto en defensa, deudas altas y precios en alza, varios gobiernos discuten presupuestos de ajuste para 2027, y la cuenta llega a la escuela, a la universidad y a los salarios.
Por eso, en distintos países, la gente sale a la calle. Y todo esto cae sobre una generación que ya venía protestando, en un mundo que registra la mayor cantidad de protestas antigubernamentales desde 2017, muchas de ellas encabezadas por jóvenes, desde Nepal hasta Marruecos e Indonesia.
Maritza Montero, una de las fundadoras de la psicología comunitaria latinoamericana, habla de “desnaturalización” para nombrar el momento en que las personas dejan de decir “así es la vida” y se dan cuenta de que ese sufrimiento no es natural, sino que alguien lo decidió. Y si alguien lo decidió, se puede cambiar.
India lo mostró de manera brutal. El presidente de la Corte Suprema llamó “cucarachas” y “parásitos” a jóvenes desempleados, “un insulto que culpaba a cada joven por no tener trabajo. Esos jóvenes tomaron el insulto, lo convirtieron en el nombre de un movimiento que empezó como una parodia en las redes (“Partido Popular de las Cucarachas”) y terminaron llevándolo a la calle. La vergüenza individual se volvió identidad colectiva.
Este malestar no reconoce ni límites geográficos ni generacionales. Los jóvenes reclaman por un futuro incierto mientras los adultos enfrentan salarios que no alcanzan, alquileres que absorben buena parte de sus ingresos y empleos cada vez más inestables. Lo que los jóvenes temen para mañana, muchos adultos ya lo padecen hoy, y por eso el reclamo de una generación empieza a convertirse en el de otras.
Las protestas de este octubre dejan una advertencia que trasciende gobiernos y fronteras. Si distintas ciudades se están “encendiendo”, no es impaciencia, a la gente se le terminan las condiciones para vivir dignamente. Las sociedades están cuestionando hasta dónde se les puede exigir soporta lo insoportable. El fuego no empezó en las calles, sino que en las calles se hace visible lo que lleva años ardiendo en la vida de millones.