El Gobierno repite, la sociedad marcha
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Otra vez estoy escribiendo sobre lo mismo. Otra vez marchando por lo mismo. Sin dudas hay algo que no se termina de resolver, o lo que es peor, al que gobierna no le interesa resolver. El 15 de octubre la comunidad universitaria salió por quinta vez a la calle, Marcha Federal Universitaria, y es como "el cuento de la buena pipa".
La universidad reclama que el Gobierno cumpla la Ley de Financiamiento Universitario. El Congreso aprueba esa ley, el presidente Milei la veta y el Congreso vuelve a votar para rechazar ese veto. Después el Gobierno frena la ley con un decreto, pero un juez federal declara inconstitucional ese decreto. Y, aun así, el Gobierno sigue sin cumplirla.
Ante semejante atropello la universidad no marchó sola. Las dos CTA convocaron a trabajadores de la educación, estudiantes, jubilados y familias de personas con discapacidad que piden la prórroga de la emergencia, la CGT adhirió, y todo coincidió con la sesión que Diputados tenía convocada para tratar el decreto con el que Milei, apenas asume, cambia cientos de leyes.
De un lado, un Congreso que vota y vota otra vez. Del otro, un Gobierno que veta, decreta y no cumple. Freud llama compulsión a la repetición a actuar en lugar de pensar lo que pasa. Se actúa y se repite el mismo acto, aunque traiga problemas, aunque se sepa que no funciona y aunque todo indique que se debería tomar otro camino. No se elabora, se repite. Eso hace este Gobierno con la ley universitaria. El Congreso vota, la Justicia ordena, y el Gobierno incumple como si la ley y el fallo no existieran. Con una diferencia, para Freud la repetición es inconsciente, acá es elegida. Por eso no la interrumpe el que la ejerce, la interrumpe la sociedad poniéndola en palabras. Y otra vez la sociedad marcha.
Entonces desde la Psicología Política me pregunto: ¿qué le pasa a una sociedad cuando el Gobierno la obliga a reclamar una y otra vez lo mismo? ¿Qué emociones se ponen de manifiesto cuando marchamos?
Una primera respuesta podría ser el cansancio; reclamar supone esfuerzo, requiere tiempo, organización y una energía emocional que es limitada. Sin embargo, la persistencia de las movilizaciones nos muestra que el desgaste no conduce necesariamente a la resignación y que, para comprender por qué las personas siguen participando, hay que mirar más allá de las condiciones que originan el reclamo.
Anna Sach, investigadora de la Universidad de Ámsterdam, estudia el rol de las emociones en las protestas y explica que la participación tiene tres motores psicológicos: percibir una injusticia, creer que es posible modificarla y sentirse parte de una comunidad con la que se comparten valores. Lo interesante es que un solo motor no alcanza, quien ve una injusticia, pero cree que protestar no sirve de nada, puede sentir desesperanza.
Además, las emociones se transforman durante la participación. Sach distingue aquellas que experimentamos cada uno por su cuenta, las que sentimos en nombre de un grupo y las que compartimos con otros en un mismo espacio. Marchar, acompañarse y confluir en cantos que operan como catarsis y reclamo producen una sincronización emocional que transforma la experiencia de marchar. A cada paso se percibe que el enojo, la bronca, la tristeza o la emoción que sea están presentes en quien camina a mi lado.
La investigación señala que los que se suman por primera vez viven la experiencia con mayor intensidad emocional que quienes ya tienen una trayectoria de movilización. Una marcha recicla el desgaste de quien viene reclamando con la presencia del que se suma por primera vez.
Lauren Duncan, psicóloga del Smith College, a su vez, distingue entre movimientos que surgen como reacción a un acontecimiento crítico y aquellos que se sostienen sobre una conciencia política más elaborada. Tal vez el enojo es una primera reacción que convoca, pero una quinta marcha ya no es mera reacción, es un reclamo sostenido.
Y cuando un reclamo se sostiene, se contagia y distintos sectores, cada uno con su propio reclamo, coinciden en un mismo espacio, eso es para Duncan un punto de inflexión, ya que participan personas que no están directamente afectadas, pero reconocen la injusticia y sienten que el dolor ajeno moviliza.
Y aquí hay una cuestión que desde la Psicología Política los invito a pensar. En psicología siempre decimos “la solución está en el problema”. Y uno de los problemas de fondo es que el que gobierna, y todo su séquito, además de no tener empatía, ostentan esa falta como prueba de firmeza y relato de poder.
Por eso, entiendo que "de esta" se sale con empatía, generando lazo, volviendo a tejer el entramado que cada día se empecinan en destruir y no es casual que en esta quinta marcha hayan confluido distintos sectores.
Es similar a lo que pasó con los indignados españoles del 15M. El jueves no marchamos juntos porque compartiéramos objetivos o ideología, sino porque compartíamos la sensación de que esto ya no se aguanta más.
Mientras el Gobierno repite, no cumple, y todo parece compulsión a la repetición, gran parte de la sociedad comprendió que en esta situación no hay responsabilidad ni culpa individual, que no hay lugar para la resignación, y por eso lo colectivo toma fuerza y los sentimientos se comparten.
Y seguiremos marchando, para desmantelar con la palabra un relato que manipula el presente, seguiremos marchando porque es el contrapeso ciudadano el que interrumpe tanta crueldad, y porque en cada marcha ponemos en primer plano una ley que el Congreso votó, que la Justicia ordenó cumplir y que un gobierno se obstina en vulnerar.