Brasil: de dueños a peones
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Yo no sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero miro los acontecimientos y digo “cómo hay cambios que nos atraviesan”. Si hago una línea del tiempo podría tomar como hito la caída del muro de Berlín, y situar a partir de allí el momento en el que se inician los procesos globalizadores.
Y digo esto, porque décadas atrás había elecciones en otros países y era esa, la noticia: ganó X candidato. Recuerdo que era un comentario en la mesa familiar, ganó “Fulano” y esa era toda la noticia.
Y traigo esto porque en periodismo, uno de los criterios para que algo sea noticiable es la cercanía. Desde este criterio Brasil no es una elección cercana, pero si tenemos en cuenta que la realidad se debe abordar desde un paradigma sistémico, lo que pasa en Brasil no queda en Brasil, y obviamente tiene impacto en nuestro territorio y en nuestra región.
El domingo 4 de octubre Flávio Bolsonaro obtiene el 47,03% de los votos y Lula el 45,16%. Ninguno supera la mitad de los votos válidos y Brasil definirá a su presidente en el balotaje del 25 de octubre.
Pero Brasil no es una excepción, es el último capítulo de una serie. Desde 2025 las derechas ganan las presidenciales en Ecuador, Bolivia, Chile, Honduras, Costa Rica, Perú y Colombia. Hoy, once de los diecisiete países que van de México hacia el sur tienen gobiernos de derecha o centroderecha. Y buena parte de ese nuevo mapa político converge en el Escudo de las Américas, la alianza que Donald Trump lanzó en Miami en marzo. ¿Escudo o peones delante del tablero?
Mientras Javier Milei felicita a Flávio Bolsonaro y le escribe "Espero que pronto podamos empezar a trabajar juntos", más de 33 millones de brasileños no votaron y es la abstención más alta en una primera vuelta desde 1998. De un lado, el entusiasmo de los gobiernos alineados. Del otro, millones de personas no acuden a votar cuando en Brasil el voto es obligatorio.
Entonces, desde la Psicología Política la pregunta es: ¿por qué las derechas ganan terreno en una región que luego termina al servicio de otro? ¿De dueños a peones?
La democracia nos garantiza que somos los dueños de las decisiones, a través de las personas que votamos. Pero ser dueño no es tener el título guardado en un cajón, es que lo que se resuelve en el Congreso o en la Casa de Gobierno responda a las necesidades del pueblo. Cuando las decisiones se toman afuera, en organismos, acuerdos y potencias que nadie eligió, y condicionan a quienes elegimos para gobernar, la democracia se desvirtúa. Y si esas decisiones llegan como recetas que achican el Estado, el sueldo deja de alcanzar y el trabajo se vuelve más precario, ese título, ser dueños es un mero papel. Seguimos siendo dueños en los registros, pero ya no en la experiencia.
De hecho, Cristina Fernández de Kirchner planteó en 2023, en una entrevista con Rafael Correa, la idea de insatisfacción democrática. Explicaba el malestar de pueblos que votan, pero ven que su vida no cambia, porque la democracia se queda en el acto de votar y no llega a la economía de todos los días. Sin dudas, detrás de cada voto a estas derechas hay emociones y hay historias de esa insatisfacción, que no afecta solamente la relación con la democracia, sino que también toca algo más profundo: la pertenencia.
Henri Tajfel, psicólogo social nacido en Polonia que dedica su obra a estudiar el prejuicio y la pertenencia, y su discípulo John Turner desarrollan la teoría de la identidad social. Para ellos, una parte de lo que somos viene de los grupos a los que pertenecemos, y necesitamos que esos grupos tengan valor ante nuestros propios ojos.
Ser parte de un pueblo que decide es una de esas pertenencias, el tema es que cuando las decisiones se toman afuera, no solo hay malestar económico sino identitario. La pregunta ya no es qué me falta, sino cuánto valgo como parte de este país.
Y la Psicopolítica mira qué hace el poder con esa pertenencia dañada. Las nuevas derechas no la reparan, la usan, es más, profundizan el daño y hasta destruyen todo lo colectivo. Luego, señalan culpables: el inmigrante, el que cobra un plan, el político que amplía derechos, el que piensa distinto. No construyen un nosotros, construyen un ellos, un enemigo.
Y acá volvemos al mapa regional. Que el continente esté gobernado por derechas no significa que sus pueblos se hayan vuelto de derecha. La paradoja es otra. La paradoja es que pueblos que sienten que perdieron el control de sus decisiones terminan votando a gobiernos que ceden todavía más ese control, que se alinean con Washington y toman sus decisiones según lo que se acuerda afuera, y no según lo que necesita su propio pueblo.
Por eso la cumbre de Miami, donde nace el Escudo de las Américas importa tanto como el resultado de Brasil. Si Flávio Bolsonaro gana el 25 de octubre, la economía más grande de América Latina se suma a ese alineamiento, es decir más peones para el tablero de Trump.
Estoy convencida de que la región necesita volver a negociar en bloque y reconstruir sus espacios de integración, para sentarse frente a cualquier potencia como socia y no como empleada. Es triste, pero el recorrido del continente indica lo contrario. Fuimos dueños, nos volvimos empleados y ahora nos ofrecen ser peones de este tablero geopolítico. Puerto Rico, al menos, es un Estado Libre Asociado. Nosotros ni siquiera eso. Ni libres, ni asociados.